El racismo como bandera: la estrategia destructiva de Vox y el colapso del discurso democrático
La escalada verbal de Vox contra la inmigración ha cruzado en las últimas semanas un umbral del que será difícil regresar. Ya no hablamos de insinuaciones ni de eufemismos, sino de una campaña propagandística orquestada con estética pop y mensaje abiertamente racista. El ejemplo más flagrante es el videoclip titulado “Billete de vuelta”, donde se caricaturiza a los inmigrantes como delincuentes armados a punto de ser embarcados hacia África por un Santiago Abascal en modo ‘macho alfa’. Una parodia siniestra que apela al humor cruel, a la estética gamberra y al sadismo legitimado. Pero lo más inquietante es que no se trata de una excentricidad marginal: es contenido oficial del partido, diseñado para viralizarse, compartirse y calar entre los más jóvenes.
Vox ya no se esconde. Con la portavoz Rocío de Meer abogando por la expulsión masiva de inmigrantes, incluso nacidos en España, bajo criterios tan etéreos como la "adaptación cultural", el partido abandona cualquier contención formal. A esto se suma la habitual referencia al “reemplazo poblacional”, una teoría de la conspiración de origen supremacista que justifica políticas de limpieza étnica con la excusa de preservar la "identidad nacional".
Más grave aún es el cambio de eje del discurso: del vínculo entre inmigración y delincuencia, recurrente en la derecha extrema, se ha pasado a una visión esencialista en la que el inmigrante —en particular el musulmán— es incompatible per se con la nación. Es un paso cualitativo. Cuando se defiende la expulsión no en función de delitos o situaciones legales, sino por identidad cultural o religión, lo que se propone no es una política migratoria, sino un programa de segregación nacional. La “inadaptación” se convierte así en una forma moderna y políticamente encubierta de racismo institucional.
El impacto no es únicamente retórico. El discurso viene acompañado de iniciativas parlamentarias que apuntan a legislar la exclusión: eliminación del árabe en el currículo educativo, prohibición del velo islámico en espacios públicos o prioridad “nacional” —es decir, autóctona— en el acceso a ayudas sociales. Medidas que generan efectos discriminatorios directos, erosionan la igualdad ante la ley y contribuyen a consolidar la percepción del inmigrante como un invasor parásito.
Este discurso se difunde, además, en una estructura mediática paralela al margen de los cauces tradicionales. Canales de YouTube, cuentas de TikTok o perfiles de Instagram amplifican mensajes cada vez más deshumanizantes. La extrema derecha ha entendido como nadie el algoritmo de la rabia: los contenidos que generan indignación o miedo se comparten más, tienen más impacto y obtienen más rédito político. Y en ese juego Vox lleva la delantera.
El problema, sin embargo, no reside solo en Vox. Lo más inquietante es su capacidad para arrastrar al resto del tablero político hacia su terreno. El PP, lejos de marcar distancias, ha asumido parte del marco discursivo. Su reciente ponencia que desvincula la residencia legal del derecho a recibir prestaciones sociales es una concesión clara a los postulados ultraconservadores. Esa deriva no neutraliza a Vox, como han demostrado múltiples estudios académicos, sino que le otorga legitimidad y espacio. Cuando el centro asume el lenguaje del extremo, el extremo parece el nuevo centro.
🔴 Canción VIRAL de VOX contra la inmigración ilegal: BILLETE DE VUELTA.
— VOX por España 🇪🇸 (@VOXpEspana) February 22, 2025
🔄🔥 Vamos a difundirla MASIVAMENTE en las redes. pic.twitter.com/YKq1zL3C1m
Lo mismo ocurre en Cataluña, donde el partido Aliança, con una retórica abiertamente islamófoba, empuja a Junts a posiciones cada vez más reaccionarias. Y lo vemos también en el eco internacional, con referentes como Trump o Bolsonaro legitimando un estilo de liderazgo que premia la brutalidad, la humillación al débil y la apelación a un pueblo imaginario en guerra contra el otro.
Frente a ello, las democracias deben reaccionar. No basta con condenas morales o posicionamientos simbólicos. Es urgente recuperar el terreno del discurso, dignificar el debate público y reforzar las políticas de cohesión social que hagan imposible sembrar la división. Hay que reconstruir el pacto social sobre el principio de que todos, nacidos aquí o llegados de fuera, tienen los mismos derechos y deberes. Lo contrario es abrir la puerta a un autoritarismo de rostro amable pero fondo brutal.
La ultraderecha ha dejado de jugar a insinuar. Ahora grita, señala y amenaza. Y lo hace con una estrategia clara: blanquear el odio hasta convertirlo en una opción de gobierno. La pregunta ya no es si Vox se ha radicalizado, sino si la sociedad española será capaz de frenar esta deriva antes de que la democracia se convierta en el último de los disfraces. @mundiario


