La pinza y la conciencia

Congreso de los Diputados.
Congreso de los Diputados.
Hay ocasiones en las que la disciplina de partido no puede estar por encima del sentido de obligación que imponen los principios democráticos.
La pinza y la conciencia

Si el Partido Popular de Pablo Casado no tiene unos nombres más idóneos que proponer, para formar parte del Tribunal Constitucional, que Concepción Espejel y Enrique Arnaldo, significa que tiene una cantera muy pobre, o que pocas personas de reconocida valía e independencia confían en el partido o en su presidente. Si, por el contrario, teniendo mejores opciones, los nombres que proponen son esos dos, el tema es aún más grave porque en realidad lo que hacen es un acto de provocación, y otorgar muy poco valor al Tribunal Constitucional, y degradar su imagen.

De Concepción Espejel ya quedó muy clara su falta de independencia, cuando tuvo que ser retirada del tribunal que juzgaba el caso Gürtel. Y, con todo, ha quedado blanqueada por el otro personaje de la pareja en la que la han colocado.

El tal Enrique Arnaldo constituye un caso más grave. Se ha analizado sobradamente su falta de sintonía con el Estado de Derecho, y su actitud reiteradamente desafiante a una amplia gama de leyes democráticas, que afianzan los derechos ciudadanos y refuerzan nuestra tolerancia y nuestra convivencia. Hechos que -además de resaltar su talante negacionista y hasta "antisistema"- lo convierten, puesto en el Tribunal Constitucional, en carne de frecuente recusación. Amén de la dudosa catadura moral de sus oscuros tejemanejes dinerarios y contractuales con Administraciones habitualmente del Partido de Casado.

Sobre el caso Arnaldo ha corrido durante todos estos días mucha tinta, aunque nunca está demás reiterar la advertencia sobre la toxicidad de un personaje con semejantes rasgos. Hasta el punto de que ha habido diputados que -ya antes del pleno que lo ha designado- declaraban que votarían siguiendo las directrices de sus respectivas formaciones, pero con una pinza en la nariz.

Pero llegado el momento de la verdad, ha habido al menos once diputados que se lo han pensado mejor, y han tirado la pinza para hacer valer, desde su escaño, su propia conciencia. Tal vez hayan generado con ello un conflicto entre ética política y disciplina de partido. Pero no es la primera vez que ocurre, y es posible que por el bien de nuestra salud democrática y de nuestra ética pública, tampoco sea la última vez.

Lo hizo Antonio Gutiérrez, frente a la modificación del articulo 135 de la Constitución, respaldándose en aquel caso en que él estaba en la lista socialista como independiente. Y ocurrió en octubre de 2016, cuando quince diputados socialistas votaron no a la investidura de Rajoy, después de que Pedro Sánchez, antes de la votación, renunciara a su escaño para no aparecer, como secretario general, oponiéndose de plano a la mayoría de la dirección de su partido. Que se sepa, uno de aquellos quince ha repetido en la actitud de elegir entre la conciencia y la pinza. Se trata de Odón Elorza, que no se distingue por ser un “rebelde sin causa”, y que más bien se comporta de manera habitual como alguien dialogante, razonador y flexible, aunque claro y fiel a sus principios.

Las direcciones de los dos partidos de la coalición de gobierno consideraban que había que transigir para poder cumplir el mandato constitucional de renovar cuatro de las instituciones caducadas, y con la esperanza -puede ser que a partir de alguna promesa negociada al respecto- de que se pueda también renovar el Consejo General del Poder Judicial. No será quien suscribe el que censure sus motivos, o en este caso sus creencias, pero tengo que confesar que, entre la pinza y la conciencia, me quedaría muy mal cuerpo si no optara por la conciencia.

Y no limito la palabra conciencia a un problema individual, sino a un concepto más amplio -social y político- de respeto profundo por la democracia y por sus instituciones. Porque el caso del tal Arnaldo ya sobrepasa aquello de “serlo y parecerlo”, para colocarse en la tesitura de ni serlo ni parecerlo. Lo cual deja al Tribunal Constitucional (como si no tuviera ya bastante con el desgaste de sus últimas sentencias) en una situación de cuestionado “pato cojo”, casi con tanta inconsistencia como la que le proporciona su situación caducada.

Sólo espero que las direcciones de los partidos de la coalición de gobierno sepan entender que hay ocasiones en las que la disciplina de partido no puede estar por encima del sentido de obligación que imponen los principios democráticos. Y que recuerden que, gracias a esa actitud y conciencia, el Partido Socialista pudo comenzar su recomposición hasta llegar a consolidar ese partido definido y consistente que ha podido exhibir en su congreso de [email protected]

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