El peso del pasado en la crisis de Ucrania

Vladimir Putin.
Vladimir Putin.
Si hay voluntad política existe margen suficiente para acordar los términos de una solución satisfactoria para todas las partes involucradas.
El peso del pasado en la crisis de Ucrania

La llamada crisis de Ucrania está siendo un buen termómetro para medir la temperatura actual del escenario internacional, los cambios registrados respecto al pasado y las incógnitas que se abren para el futuro.

Si hubiese que enumerar los principales actores presentes, directa o indirectamente, en esta crisis, no existirían dudas: los EE UU (y la importante alianza militar que representa la OTAN); Rusia; la UE y China. Si hubiésemos tenido que hacer lo mismo hace 60 años para ilustrar lo sucedido en la isla de Cuba con la instalación de misiles en aquel territorio, el catálogo se reduciría a dos protagonistas decisivos: los Estados Unidos y la URSS. He aquí un indicador muy significativo de las diferencias entre ambas situaciones.

A pesar de que conserva una indiscutible hegemonía militar, los EE UU vienen ofreciendo indicios reveladores de una mayor debilidad en la arena internacional: los fracasos de su intervención armada en Irak y Afganistán; la fuerte polarización que se vive en el seno de la sociedad norteamericana –de la mano del trumpismo– y la grave pérdida de calidad democrática que se manifiesta en las estructuras institucionales y que tuvo su máxima expresión en el intento de ocupación del Capitolio en los primeros días del 2021; las dificultades para promover un desarrollo económico inclusivo...

La Rusia de hoy no tiene la influencia que poseía la vieja URSS. A pesar de que conserva una capacidad militar muy considerable, padece importantes defectos en su arquitectura política interna y en su estructura económica. Hay 20 o 30 años parecía evidente que, en una comparativa con China, Rusia resultaba dominante para la mayoría de los analistas. Hoy nadie cuestiona la superioridad económica del país asiático y su mayor capacidad para tejer vínculos y alianzas en diversos continentes del planeta.

La imagen que está ofreciendo la UE en este conflicto es deudora de la conocida inexistencia de una política exterior común y de su dependencia militar de una organización -la OTAN- en la que los Estados Unidos disponen de una hegemonía poco discutible. A esta realidad cuasi genética, se añaden nuevos factores que provocan un mayor debilitamiento: la salida de GB del club comunitario, el nivel de dependencia energética de Alemania con el gas procedente de Rusia y la presencia de algunos nuevos Estados del este que mantienen posiciones afines con ciertas políticas que promueve Putin. Los aspectos más positivos que se predican habitualmente cuando se habla de la UE (presencia de determinados países que tienen niveles de bienestar social y de solvencia democrática superiores a los que se constatan en la gran mayoría de los territorios del mundo) no cotizan suficientemente en el mercado de la geopolítica y provocan esta situación de subalternidad de la principal alianza europea.

Descartada -por poco verosímil- la hipótesis de la confrontación bélica, la salida negociada a este conflicto debería ser capaz de armonizar dos objetivos deseables: la no presencia de Ucrania en la OTAN (para no alimentar dinámicas de beligerancia contra Rusia) y el respeto a la libre decisión de cada nación sobre sus políticas de alianzas internacionales (clausurando la vieja teoría de las “soberanías limitadas” vigente durante la “guerra fría”). Si hay voluntad política, existe margen suficiente para acordar los términos de una solución satisfactoria para todas las partes involucradas.

En cualquier caso, esta crisis podría ser una oportunidad para discutir -y, en su caso, revisar- la pertinencia de la continuidad de la OTAN tal y como fue creada en su momento. Hace treinta años, cuando desapareció la URSS, se perdió una ocasión única para sustituir la política de bloques y abrir una nueva lógica en las relaciones internacionales. Tal y como se ha recordado en estos días, la Administración norteamericana de aquella época asumió -ante Gorbachov- el compromiso de no ampliar la Alianza Atlántica en los territorios europeos del que había sido el Pacto de Varsovia. Por lo que se vio posteriormente, aquella promesa no se cumplió. @mundiario

El peso del pasado en la crisis de Ucrania