Perdir perdón y sus sucedáneos

Isabel Celaá. / RR SS
Isabel Celaá. / RR SS

Un ejemplo: la señora Celaá en el Congreso de los Diputados.

Perdir perdón y sus sucedáneos

Pedir perdón dignifica y engrandece a quien lo pide y a quien lo otorga; es una expresión de humildad de quien lo solicita y restituye la paz a ambos, sobre todo a quien lo concede, al tiempo que desvanece el rencor y el resentimiento. Vivir sin perdonar equivale a permanecer confinado en una prisión; perdonar, es la liberación.

Obviamente el perdón debe nacer de la libertad y del corazón de ambas partes, sin injerencias externas que lo condicionen o mediaticen, y con el soporte de las emociones. Pedirlo y concederlo es tarea difícil, necesita rodearse de serenidad y meditación, y tiempo. Sólo se aprende a perdonar cuando uno mismo ha necesitado ser perdonado, decía don Jacinto Benavente

Pedir perdón con excusas y matices como no me has  entendido, no quise decir... o se han interpretado mal mis palabras, supone arruinar el perdón.

Hace unas semanas hemos asistido a una lamentable sesión parlamentaria, una más. Preguntaba el diputado Matarí a la ministra Celaá: “¿Por qué el Gobierno legisla en educación al margen de la Constitución?”. Pregunta respetuosa en la que expresaba su opinión y la de su grupo parlamentario, sobre la forma en que la ley de educación recientemente aprobada, había tratado el tema de los centros especiales de educación.

El diputado Matarí hablaba, además, desde la experiencia familiar sobre tan delicado tema, pues es padre de una hija de 25 años con síndrome de Down, que, gracias a la educación recibida en uno de estos centros cuya desaparición paulatina se aprobó en el Congreso, pudo estudiar en la Universidad Autónoma de Madrid e integrarse en la sociedad.

Discrepar de forma educada, no es atacar, y los diputados que, cuando acuden al Congreso, y dejan en su casa este principio fundamental para el debate y el entendimiento, no están habilitados para cumplir su mandato.

La señora Celaá respondió de la siguiente forma: “¿De dónde viene usted? (las risas de la bancada socialista dan fuerza a la ministra) Usted viene de muy lejos. Usted no tiene ningún contacto ni con el mundo educativo, ni con los padres, ni con los hijos, ni con los profesores. No sé de qué habla usted.”

Un insulto de un miembro del Gobierno a todas las familias que tienen un hijo con síndrome de Down o se encuentran en situaciones similares. Una afrenta personal a quien ha vivido cada día las dificultades de Andrea para superarse e integrarse en la sociedad.

También refleja una actitud altanera, hipócrita –y hasta chulesca- de la ministra, porque la ley se ha tramitado con prisas, de forma chapucera y sin dar audiencia a la comunidad educativa que conoce el problema: el señor Matarí y su propia hija conocen la situación mucho mejor que usted, porque la han vivido en familia, junto a otros padres, con los profesores y con los alumnos de los centros especiales, durante años.

La igualdad, el trato igual, no siempre es lo más justo; ustedes ponen a todos los españoles el mismo uniforme y les dan un palo con un trapo que lleva la palabra “igualdad” y creen que de esa manera son más justos: están equivocados.

En suma, una actuación deplorable de la ¡ministra de la cosa educativa!, que luego quiso arreglarlo pidiendo disculpas matizadas: si le he ofendido, creía que se refería... @mundiario

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