Parte de la izquierda española mira para otro lado ante el deterioro de la democracia en Venezuela

Nicolás Maduro. / RRSS
Nicolás Maduro. / RRSS

La posición de apoyo a un gobierno cuyas prácticas no serían aceptables en ninguna democracia europea tiene precedentes notorios en el apoyo a la dictadura castrista en Cuba y anteriormente en la dificultad histórica de un amplio sector de la izquierda europea para condenar el Gulag

Parte de la izquierda española mira para otro lado ante el deterioro de la democracia en Venezuela

La situación política venezolana, día a día más deteriorada, está provocando debates en las cámaras legislativas españolas, Cortes y Parlamentos regionales. Podemos, Mareas, ERC y BNG han defendido al gobierno de aquel país, han negado la existencia de presos políticos que sí reconocen otros países latinoamericanos, incluso han acusado de terroristas a los opositores al régimen venezolano, encastillado en una severa represión. La división ha llegado también al seno de algún otro partido como la CUP donde conviven las dos posiciones de apoyo y rechazo simultáneo.

El debate no es ajeno a la política española pues en ese país residen 188.000 españoles ya que durante muchos años fue destino preferente de la emigración. Hoy sus hijos y nietos, con nacionalidad española, sufren los mismos problemas que los demás venezolanos.

Hay una línea  divisoria  entre los partidos socialdemócratas, partidarios siempre del reformismo en el marco del Estado de Derecho, y los partidos comunistas y allegados, dispuestos a aceptar fórmulas revolucionarias aunque hipotequen las libertades civiles

La posición de apoyo a un gobierno cuyas prácticas no serían aceptables en ninguna democracia europea tiene precedentes notorios en el apoyo a la dictadura castrista en Cuba y anteriormente en la dificultad histórica de un amplio sector de la izquierda europea para condenar el Gulag y la represión de disidentes en el Bloque del Este. El problema tiene hondas raíces y ha sido línea  divisoria  entre los partidos socialdemócratas, partidarios siempre del reformismo en el marco del Estado de Derecho, y los partidos comunistas y allegados, dispuestos a aceptar fórmulas revolucionarias aunque hipotequen las libertades civiles.

Como es frecuente en los partidos políticos, la abundante información accesible sobre Venezuela o cualquier otro país no sirve para modificar las posturas. Como en una secta, los creyentes solo leen aquello que ratifica sus creencias previas y sólo reconocen como fuente de autoridad a quien oficia el mismo credo. El presidente Maduro, consciente de ese debate, tercia frecuentemente, con acusaciones gruesas dirigidas contra el Gobierno español, su Presidente u otros políticos, alimentando así una visión maniquea de la realidad donde nada une más que un enemigo común.

La democracia ha tardado tiempo en consolidarse en América Latina, amenazada durante décadas por las dictaduras y el caudillismo. Hoy está generalizada, más allá de los problemas propios de cada país. Alentarla es una obligación de los organismos internacionales como lo es alertar de las derivas autoritarias. Ignorar éstas o reducirlas a consignas no favorece a quienes las sufren. Defender para otros lugares lo que no aceptamos en nuestro país es siempre difícil de explicar. En consecuencia se opta por provocar un altercado parlamentario con palabras subidas de tono que tapen la inconsistencia argumental.

Parte de la izquierda española mira para otro lado ante el deterioro de la democracia en Venezuela
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