De los parlamentos a las tertulias

Carmen Calvo, Pablo Iglesias y Margallo en la Ser. / RR SS
Carmen Calvo, Pablo Iglesias y Margallo en la Ser. / RR SS
¿Dónde existe más capacidad para conformar climas de opinión entre la ciudadanía? ¿En la labor parlamentaria o en las tribunas mediáticas?
De los parlamentos a las tertulias

La reciente incorporación de Carmen Calvo y Pablo Iglesias a una tertulia nocturna de la Ser –junto con Margallo, anterior ministro de Exteriores en el Gobierno de Rajoy– provocó diversas reacciones en el mundo de la opinión publicada.

No es la primera vez que algunas televisiones y radios privadas, además de otras de carácter público, cuentan con personas que tuvieron responsabilidades institucionales –en el legislativo y/o en el ejecutivo– para configurar programas de debate político en distintas franjas horarias. Lo que destaca, en esta ocasión, es la relevancia de los cargos desempeñados por Calvo e Iglesias (vicepresidencias primera y segunda en el equipo de Pedro Sánchez) y el poco tiempo transcurrido desde la finalización de las respectivas trayectorias gubernamentales y la presencia en esa tertulia radiofónica.

Hubo quien hizo una abusiva comparación entre este hecho y las puertas giratorias que propiciaron el desembarco de ex-presidentes o ex-ministros de gobiernos del PP y del PSOE en los consejos de administración de importantes empresas del Ibex-35. Entre otras diferencias, existe una que inhabilita semejante analogía: las empresas eléctricas –-por citar un ejemplo– tenían razones para agradecer el trato recibido de los cargos gubernamentales afectados mientras que la Ser no tenía deudas pendientes con Pablo Iglesias. Sin ir más lejos, no consta que esta cadena radiofónica hubiese adoptado una posición beligerante frente al linchamiento mediático generalizado que padeció el antiguo dirigente de Podemos.

El fichaje de figuras relevantes de la política obedece, sobre todo, a una estrategia competitiva para maximizar la cuota de audiencia mediante la conversión de los debates en una sucesión de momentos espectaculares donde prácticamente desaparece el interés por un tratamiento en profundidad del tema abordado. En ese marco así definido, el pensamiento crítico queda subordinado inevitablemente a la superficialidad analítica; las formas predominan sobre el fondo. Ciertamente, los distintos medios -sobre todo, los privados- seleccionan a las personas que participan en sus programas en base al nivel de afinidad con la adscripción, pasada o presente, de cada una de ellas. Sin embargo, esa coincidencia ideológica o política resulta, en muchos casos, una condición necesaria pero no suficiente. Se requieren dosis abundantes de “show” que propicien una conexión con las pasiones de los forofos sin que preocupe la promoción de la razón informada.

Para quien haya tenido la oportunidad de formar parte del poder legislativo, la presencia en las tertulias suscita una interrogante inquietante: ¿dónde existe más capacidad para conformar climas de opinión entre la ciudadanía? ¿En la labor parlamentaria o en las tribunas mediáticas? Si hablamos del poder ejecutivo -legitimado, obviamente, por una mayoría de la cámara de representantes de la soberanía popular- la duda no resulta pertinente: la capacidad decisoria de los gobiernos es indiscutible y superior a cualquier programa radiofónico, televisivo o sección de opinión de los periódicos tradicionales o digitales. Pero si consideramos las dimensiones asociadas al rol teóricamente asignado a las minorías parlamentarias -controlar a los gobiernos, trasladar preocupaciones del cuerpo social, abrir campos para el debate de ideas e impulsar nuevas leyes- las conclusiones no están tan claras. En muchas ocasiones, el llamado cuarto poder posee más posibilidades de influencia en la dinámica social que el derivado de la obtención de un determinado nivel de representación parlamentaria.

En el ámbito del territorio español se está viviendo, desde hace un tiempo, una crisis relevante en el juego de equilibrios que debe existir entre los tres poderes que sustentan un Estado de derecho. La obscena pretensión controladora exhibida por el PP respecto a la composición y funcionamiento de los órganos de gobierno del poder judicial contribuye a devaluar el papel fulcral que debe desempeñar el Parlamento en la arquitectura de un sistema democrático. En un contexto como este, adquiere más importancia contrastar, de manera continuada, si el poder mediático está hegemonizado por actores que pretenden traspasar las líneas rojas características de una democracia de calidad merecedora de tal nombre. @mundiario

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