Parábola de España: mis abuelos, socialista uno; de derechas otro

Mis dos abuelos [640x480]
Dos abuelos: uno socialista; otro de derechas

Rebrota el odio entre españoles en un clima que ya conocieron nuestros mayores. Hay que atajarlo con inteligencia y energía. No queda otro remedio.

Parábola de España: mis abuelos, socialista uno; de derechas otro

Vuelve a surgir el odio entre españoles y lo desencadenan no sólo el nacionalismo catalán y vascongado extremo, sino la izquierda de salón, la extrema derecha y otros. El clima se parece a otros del pasado. Conocí y entrevisté a quienes lo vivieron como protagonistas, fuera el general comunista Enrique Líster o el político José María Gil Robles que escribió “No fue posible la paz”. Ese clima nos condujo a la guerra civil como repetidamente concluyen los historiadores extranjeros más fiables que han estudiado nuestro pasado. Por cierto, que uno de ellos ha escrito que la Ley de la Memoria histórica de Zapatero es una ley sesgada. Frente a ellos, alcemos la España de la convivencia y el respeto. Claro que hay que recuperar y enterrar dignamente a los españoles que yacen en las cunetas, pero sin olvidar los asesinatos de la República. Memoria histórica, por ejemplo, es recordar las checas de Madrid o Barcelona, como la célebre del socialista Agapito García Atadell. Y no me consta que el PSOE haya condenado ni pedido perdón nunca por este asesino y ladrón

De mis dos abuelos, uno, el gallego era un hombre de derechas, campesino y carpintero; el otro, ferroviario andaluz, era socialistas y de UGT. Yo me considero la síntesis de ambos. Y quiero contar una historia. En los comienzos de la República estaba mi abuelo con su suegro, mi bisabuelo, sementando en el campo, cuando pasó un pariente y les dijo que dejaran el trabajo para ir a la huelga. Mi bisabuelo que era hombre recio, le dijo al pariente: “Mira, vai ti a folga que nos sementamos e vos recolleredes….” (Mira, vete tú a la huelga, que nosotros sementamos y vosotros recogeréis”. Y siguieron a lo suyo sin que nadie los molestara.

Una de las cosas de las que más orgulloso estaba mi padre, ferroviario, maquinista de la RENFE, era de un sucedido del suyo, mi abuelo, el campesino de Vilamartín de Valdeorras en la provincia de Ourense. Mi abuelo, Luis Ramos, era al mismo tiempo, como los hombres de antes, persona diestra de más de un oficio. Carpintero y labrador, cultivaba aquel excelente vino de una de las mejores zonas con denominación de origen de Galicia. Además, comerciaba con ganado y era muy diestro en curar las enfermedades y heridas del ganado, pues poseía los conocimientos heredados de sus mayores y refrendados por la experiencia de siglos de práctica de generación de generación en la Galicia profunda.

Tenía mi abuelo unas manos grandes, encallecidas, con profundos surcos como los que labraba a diario, manos forjadas por el arado y la viña, refinadas en el banco de carpintero, pero suaves para la caricia a sus numerosos nietos. Recuerdo que me gustaba ver sus manos cuando me contaba historias de la guerra de África, donde sirviera como soldado valiente y se emocionaba al recordar a los compañeros y amigos que allí quedaron para siempre, pero que seguían vivos en la memoria de sus camaradas.

Las manos de mi abuelo parecían como la misma tierra que mimaba y sus callos eran como unos promontorios rotundos y hermosos de quien se ha dedicado al trabajo honrada cada día, todos los días, de sol a sol, pues tal era en aquel tiempo la jornada d los campesinos allá donde estuvieren. Precisamente, el episodio del que tan orgulloso estaba mi padre y que yo trasmito a mis hijos y nietos se desarrolló al final de nuestra Guerra Civil y tiene que ver con lo que anteriormente relato.

Era obligatorio en aquel tiempo llevar consigo cada ciudadano una cédula de identificación, o sea, el antecedente del actual carné de identidad. Venía mi abuelo de una feria de vender un ternero (por cierto que entonces los labradores y ganaderos transitaban a pie por corredoiras, veredas y caminos con su ganado, sin importancia la distancia, el tiempo, incluso, los días de viaje, acampando si fuera preciso al raso), digo que venía de vuelta mi abuelo, cuando lo paró una pareja de la Guardia Civil que patrullaba por la zona.

Los agentes le dieron el alto y requirieron a mi abuelo que se identificara; es decir, que les mostrara la famosa cédula que en aquel momento no llevaba encima. En aquel tiempo y por el monte, aquello era peligrosísimo, pues en algunas zonas había partidas de bandoleros. Pero como mi abuelo era un hombre inteligente y de rápidos reflejos, sin decir palabra les mostró sus manos. Los guardias entendieron. No era preciso más: aquellas eran las manos de un trabajador, de un hombre de bien. ¡Qué cédula mejor! “¡Siga usted, buen hombre! Y buenas tardes”.

Aquella anécdota forma parte del mejor patrimonio que me legaron mi abuelo y mi padre y ha sido siempre un ejemplo, una guía para conducirme en la vida.

Mi otro abuelo, Francisco Fernández Alcántara, era andaluz, como digo y ferroviario y de UGT. Formaba parte de la pareja de maquinistas que circularon el 18 de julio de 1936 con el tren entre A Coruña y Monforte. En Lugo permitieron que subirán al tren jóvenes y milicianos que habían intentado oponerse al alzamiento de Franco en Lugo. Hubo una delación, y al llegar a Monforte él y su compañero fueron detenidos y encarcelados por “auxilio a la rebelión”. Estuvieron en trance de ser fusilados de inmediato, pero pasaron cierto tiempo en la cárcel. Mi abuelo nunca quiso jugar conmigo al ajedrez. Supe la razón muchos años después: la última partida de su vida la dejó inconclusa tras jugarla toda la noche con un asturiano que sería fusilado al alba. Mi abuelo se juró que tras no poder terminar aquella partida no volvería a jugar nunca más.

Yo creo que en miles de familias españolas anidan historias semejantes. Una guerra civil divide a los hermanos y coloca la fuerza en uno u otro bando. No se olviden que las mayores tropelías y asesinatos se perpetraron en los dos bandos en la retaguardia y tengo la certeza moral que las escuadras del amanecer de los falangistas estaban formadas por los mismos tipos humanos del otro lado que levantaban el puño o lo que fuera.

El mal existe y vuelve a anidar el odio. Atajemos con energía los brotes de esa planta del mal. @mundiario

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