Obama: el descendiente del Tío Tom que se transformó en un implacable Tío Sam

Tío Sam.
Tío Sam.

El tío Barak, con el que la humanidad se las prometió muy felices en 2009, ha aplicado durante siete años una variante del célebre slogan de la General Motors: “lo que es bueno para los americanos es bueno para Obama” ¡Al resto del mundo, que le zurzan…!

Obama: el descendiente del Tío Tom que se transformó en un implacable Tío Sam

Siete años y 23 días después de que Barak Obama, el hombre que pudo haber diseñado la Trinidad onírica universal del sueño noctámbulo de Martín Luther King, los sueños taciturnos de un lugar llamado mundo y el sueño endogámico genuinamente americano,   fuese investido como cuadragésimo cuarto Presidente de los Estados Unidos de América, hay que reconocer que se han dado pequeños pasos para el hombre, pero nos abruma la sensación de que no se ha dado un gran paso para la humanidad.

Y, sin embargo, aquel día de enero sólo faltaba Jesús Hermida narrando el aterrizaje del primer hombre de color en La Casa Blanca, con el mismo énfasis con el que nos mantuvo despiertos en la madrugada, ¿recuerdas?, describiendo la llegada del primer hombre a la luna. La primera pisada de Obama en The White House, a mis escasas luces, transmitía la transcendencia histórica de aquella pisada de Neil Armstrong en el inquietante y paradójico Mar de la Tranquilidad. Y porque no se le pasó por la cabeza a aquel profético y prolífico viajante al futuro al que llamamos Julio Verne, oye, si, no, tendríamos ahora en las bibliotecas un viejo libro de ciencia ficción llamado “Viaje a La casa Blanca”, compartiendo estanterías y honores con el célebre y celebrado “De la tierra a la luna”.

El hombre que pudo ser el Mesías 2.0, 3.0

Aún resuena en mi cabeza la sublime voz de Aretha Franklin souleando, anegrando, tuneando de Góspel el Himno de United States of América como una segunda y definitiva abolición de la esclavitud, coincidiendo precisamente con el 2º centenario del nacimiento de Abraham Lincoln. Aún rebobino el discurso de aquel flamante senador por Illinois a punto de iniciar el sueño de hacer realidad aquel otro sueño irrealizable de Luther King. Aún, verás, me deslumbran los brillos de los ojos de distintos y distantes habitantes de la tierra, clavados en millones de pantallas de televisión emitiendo en centenares de idiomas, como si estuviesen contemplando talmente a un nuevo Mesías Prometido, un nuevo Profeta Mahoma, un nuevo Siddharta, un nuevo salvador ecléctico 2.0, 3.0, a gusto de consumidores de esperanzas en los cuatro puntos cardinales del planeta.

Cuando Dios sólo bendice a América…

Parece que fue ayer, ¿verdad? Un 20 de enero de 2009, en el que los españoles nos preparábamos para celebrar el vigésimo octavo aniversario de la larga noche de Tejero que nos pasamos en vela al filo de la navaja. Pero han pasado siete años, Director, y nos han azotado versiones actualizadas de las dichosas plagas de Egipto. Allí dentro, donde cuarenta y cuatro presidentes consecutivos han ido terminando sus discursos de investidura con la convicción de que Dios es americano: ¡que Dios bendiga América!, no ha florecido la sanidad universal en el desértico laberinto social donde la salud es un lujo al alcance de una minoría; y las pocas lágrimas que ha derramado Obama con luz y taquígrafos, se han teñido de rojo, como las aguas del Nilo, ante la impotencia de no haber podido escribir una ley con el mismo argumento del célebre libro de Ernest Hemingway: ¡Adiós a las armas!; y los polis blancos siguen disparando a chicos negros en el país que estos días entierra a Harper Lee, la mujer que conmocionó a un mundo que aún miraba hacia otro lado cuando se mataba a un ruiseñor impunemente; y, ya ves, al final, en su octavo y último año antes de empezar a desvanecerse en la historia, resulta que lo que puede ser bueno para los americanos es un energúmeno teñido de rubio, que convierte al Tea Party en un grupo de inofensivos Boy Scouts, al que hemos empezado a llamar Donald Trump.

Un Moisés que ha dejado tierras y pueblos devastados

Ahí fuera, donde a Dios, ¡my God!, ya no le quedan fuerzas para bendecir a más territorios de lo que queda del occidente, Europa sigue buscando vacunas contra el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida del Lehman Brothers, rebrota la guerra fría entre Washington y Moscú, llueven bombas sobre mojado en lo que va quedando del oriente y mueren los hijos de los refugiados sirios, como in illo témpore murieron los hijos del pueblo de un Faraón. Es lo que tienen los Moisés, los Obama, los seres elegidos para llevar a sus pueblos a una Tierra Prometida, oye, que no dejan piedra sobre piedra de los demás. Agitan el báculo sagrado o le dan a la manivela del Tesoro Federal, y se te vienen encima 7 años de sequía, de vacas flacas, de cosechas perdidas, de hambre, de pobreza y de interminables colas en las oficinas de empleo, mejor dicho, de desempleo. Puestos a exportar, Barak Hussein Obama pasará la historia como el hombre que consiguió exportar a la Europa del siglo XXI el producto financiero más genuinamente americano del siglo XX: el Crack del 29.

El primer rostro de un Tío Sam de color

¡Muy bueno lo suyo, Mister Obama! Ahora, claro, resulta sencillo digerir que el cabeza de una familia descendiente de los inquilinos de la cabaña del Tío Tom se siente cada mañana en el despacho Oval en The White House. Pero deberíamos contarles a nuestros hijos, a nuestros nietos menores de siete insignificantes años que, durante 220 años, dos siglos y dos décadas, ha sido el gran despacho de América, de Occidente, del mundo, con una cláusula tácita de exclusividad para 43 inquilinos sucesivos de raza blanca, desde George Washington a George Bush, entre los que, muchos de ellos, eran el precedente y siguieron siendo el reflejo de ese rostro de labios apretados y mirada inquisidora al que llamamos Tío Sam, proclamado símbolo oficial de los Estados Unidos en 1961. Hombre, si, hubo un Tío Sam original de aspecto bonachón y tal que, con todos los respetos y dicho sea sin ánimo de molestar, era talmente un carnicero. Si, si, un carnicero que suministraba carne en barriles al ejército USA durante la guerra de 1812 contra el Reino Unido, a ver si me entiendes. Pero, claro, acabó siendo víctima propiciatoria de la implacable teoría de la evolución de las especies.

Ahora, el Tío Barak, aquel joven abogado de color que nos hizo soñar que la raza humana podría alcanzar el Mar de la Tranquilad, del progreso y de las paz, está a pocos meses de quedar inmortalizado en el salón de los retratos de la Casa Blanca. Francamente, señores, no va a dejar el mundo precisamente como un bálsamo de aceite. Aplicó una versión particular del célebre slogan de la General Motors: “lo que es bueno para los americanos es bueno para Obama”, y dejó al resto de aquella humanidad esperanzada a merced de los buitres de los mercados, de los fanáticos de la yihad, de la desesperada indignación, del desesperador populismo, de centenares de millones de seres humanos esperando su turno para empezar a exclamar una mañana cualquiera, los que exclaman ya hace muchas y muchas mañanas cualquiera otros centenares de millones de terrícolas: ¡buenos días, pobreza!

Obama: el descendiente del Tío Tom que se transformó en un implacable Tío Sam
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