El nuevo año ha empezado ruidoso

Congreso de los Diputados. / Mundiario
Congreso de los Diputados. / Mundiario

Habrá que distinguir el polvo de la paja, la falsedad y el conocimiento; salvo que creamos que todo es buena música y no se vea la diferencia.

El nuevo año ha empezado ruidoso

Hemos iniciado un año, nuevo en la cronología y viejo en las maneras. Ahora, hasta las vacas, pollos y ovejas andan en danza para no ser maltratadas; se han convertido en una parte del argumentario en este teatrillo recién estrenado, con libreto aviejado y cansino. De querer andar este 2022 con buen pie, tampoco vendrán mal advertencias antiguas.

Hay tendencias en las relaciones humanas que ya existían mucho antes de nacer las generaciones actuales, y que Twitter, Facebook, Instagram y demás trampolines para el cotorreo difundieran información ajustada a la cortedad de lo que parece querer reiterarse: no me fastidien, que lo sé todo y a mí no me mueve nadie de lo que no sé; no puede ser que las cosas sean de otro modo del que yo pienso. Todo eso ya existía antes. En realidad, poco más puede decirse si, de las aproximadamente trescientas mil palabras que tiene el idioma español, gran parte de la población adicta a estas Redes apenas sobrepasa las trescientas, de las que muchas son groseras, otras falsas, y todas se acompañan de muchos emoticones. El tipo de conversación, capacidad comprensiva y crítica de lo que sucede alrededor es deducible, confiere gran emoción narcisista, y poca inteligibilidad a las conversaciones y perspectivas de los supervivientes en este recién estrenado 2022. Respecto a los cotilleos de antes, solo añade rapidez y multitud de oyentes.

Narcisismo público

Tampoco es nuevo que los que están en las tablas de lo público, que dicen representarnos, les da presencia en los medios y, de algún modo, les hace aparecer como ejemplo cívico a seguir y votar, no suelan brillar por su capacidad de hacernos ver qué pasa y cuáles son los problemas reales que tenemos que afrontar para salir adelante del mejor modo posible. No. Siguen esforzándose mucho –con sus equipos de comunicadores- en cuidar su imagen diferencial respecto a posibles competidores; el problema o los problemas que tenga “la realidad” los ajustan a la imagen que quieren proyectar y que, según les aconsejan, mejor les puede valer para engatusar a posibles seguidores. Coinciden con los medios en el objetivo de hacer crecer la audiencia, más que en proporcionar conocimiento de lo que dicen: el medio (o el puesto político) es el “masaje” y no tanto el mensaje (según anunciaba McLuhan en 1967).

El momento actual, con tantos problemas acechando las vidas inciertas de la población, es propicio para seguir con este juego. Da igual cuál sea el asunto subyacente; puede ser la producción cárnica española, como puede serlo el uso de las mascarillas, la inflación o la reforma laboral. Es lo mismo; la tendencia dominante no es la de ahondar en el asunto, ver los elementos que lo hacen desasosegante y cómo se podría subsanar su parte problemática. Eso es pérdida de tiempo; se aprovecha la ocasión para ver qué partido se le puede sacar a lo que dice o no dice, y debía haber dicho el adversario, restarle credibilidad y, en el momento oportuno, con todo tipo de artes intermedias, sustituirle y tomar las riendas desde una óptica supuestamente más abierta a quienes pudieran resultar perjudicados con las palabras del otro.

El arte de tener siempre razón

Se puede ir más atrás, hasta Sócrates y su época, y quien lo prefiera, al plato de lentejas bíblico que hizo que Esaú perdiera sus derechos de primogenitura a favor de Jacob. En estas alternancias de poder, habituales en las empresas y corporaciones, en los debates del Congreso de Diputados, y particularmente en los mítines propagandísticos –que estos días cogen fuerza de nuevo para buena parte del año-, no está mal acordarse de las treinta y ocho estratagemas que el brillante filósofo alemán Arthur Schopenhauer dejó recopiladas para salir bien en cualquier debate. El arte de tener siempre razón es su libro póstumo, publicado en 1864, pero un buen manual que todavía siguen muchos de los que aconsejan a los prohombres de empresa, de la política y hasta del confesionalismo, en las batallas dialécticas con sus oponentes e, indirectamente, con cada ciudadano, en la medida en que los medios trasladan muchas de sus tomaduras de pelo, para que circulen como gran iniciativa de cambio y mejora del mundo.

Como indica este filósofo –de quien alguien recopiló también un precioso manual del Arte de insultar, último recurso para tratar de derrotar a un oponente con independencia de la verdad-, el fundamento de la dialéctica no son las realidades, sino los conceptos, juicios y conclusiones con que formalmente nos referimos a ellas. La trampa está en llevar a pensar al oyente a que si esas formalidades, y las relaciones que puedan establecerse entre ellas, son erróneas, la perspectiva de análisis de la realidad que tiene el otro lo es también. No se trata por tanto, de hacer comprender mejor qué pasa, por qué pasa y cómo se hace para que cambie a cómo deba ser una determinada cosa o asunto, sino de pillar al contrario en renuncio. El experto en dialéctica o herística de este tipo ha visto que, habitualmente, en cuanto decimos suele haber problemas de acoplamiento total de sentido entre el todo y la parte, lo principal y lo secundario, lo esencial y lo colateral, entre las causas y los efectos, una cualidad o su contraria, la posesión o la pérdida de algo más o menos preciado,  aspectos todos que siempre entran de algún modo en todo juicio o apreciación. Es más, muchas palabras que usamos nunca expresan del todo las cosas a que nos referimos, como ya estudió Foucault. Y, además, según que las opiniones, tesis o juicios, que emitimos sean propicios a los intereses y afectos de uno de los contrincantes, propician que puedan ser considerados de inmediato equivocados o falsos respecto a una supuesta verdad de la que el  otro se siente egregio defensor.

Tendencias naturales

Una de las diferencias principales entre democracia y dictadura consiste en que la verdad sea única o pueda ser plural en cómo se miren las cosas. Pero, para que al ciudadano le merezca la pena la pluralidad ha de ser capaz de no confundir la verdad con su apariencia. En toda controversia, lo que suele estar en juego, formalmente, son las relaciones entre las palabras que usamos, independientemente de lo que suceda en la realidad; y en muchas de las que ocupan el tiempo mediático y político, la realidad es lo que de ordinario se trata de evitar: hablar de lo que realmente sucede suele ser lo de menos en demasiados casos. Por otro lado, cuando se advierten estos juegos malabares, no es para escandalizarse demasiado; son estratagemas que usamos a diario; cuando nos vemos acorralados, solemos refugiarnos en verdades más o menos genéricas que valen para casi todo, por diversos que sean los asuntos por separado. Según Schopenhauer, “el hombre tiene incluso de forma natural la tendencia, cuando está en mala posición en una controversia, a refugiarse detrás de cualquier tópico general”; según él, sería esta una ley de la naturaleza tendente a economizar esfuerzos y, tal vez, por ello, en refranes prácticos que tanto valen para un roto como para un descosido. Otra ley que tampoco se debiera olvidar es que cuando la mayoría de nuestros políticos aprecian tan poco la enseñanza de calidad para todos los ciudadanos, es que les sale más barato apuntalarles en la conciencia que todo irá mejor si les votan a ellos. @mundiario

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