¿Necesita cada español un vigilante con gorra y silbato?

Guardia Civil. / Mundiario
Guardia Civil. / Mundiario

Yo diría que sí, tal y como va produciéndose el desconfinamiento –perdón, la desescalada.

¿Necesita cada español un vigilante con gorra y silbato?

A lo largo de la historia, el pueblo español ha demostrado su fortaleza a la hora de arrostrar circunstancias difíciles, llámense guerras, revueltas sociales, enfermedades o hambre.

Y siempre lo ha hecho con denuedo, sobre todo si el enemigo era exterior; solidariamente, mediante la ayuda a los más necesitados, la compañía y el consuelo; con una resignada actitud, no exenta de dinamismo y eficacia; con estoicismo, es decir, con una fortaleza que se impone a la sensibilidad, sin quejas ni lamentos estériles; con imaginación, para obtener experiencias positivas en las situaciones más comprometidas, e, incluso, aderezando el ingenio con chispas de alegría.

La pintura, música, literatura, dichos populares, coplas y romances, han sabido reflejar el espíritu del español ante la adversidad.

Y, una vez más, lo está haciendo ahora, ante una situación inédita, de consecuencias imprevisibles, sociales, económicas y sanitarias.

Durante la fase espartana del confinamiento han salido a la luz los valores a los que me refería al principio. El comportamiento general ha sido admirable: niños, ancianos, enfermos, sanos, quienes han tenido que abandonar sus puestos de trabajo; los que han compartido el trabajo en casa con el cuidado de la familia y las tareas del hogar; el personal de los servicios mínimos fundamentales para la subsistencia y el conjunto del personal sanitario.

Y todo ello, en el reducido espacio de una vivienda y, en muchos casos, en unas condiciones económicas precarias y con un futuro laboral incierto.

Pero tan pronto se suavizaron las reglas del confinamiento, el comportamiento se relajó: inobservancia de las normas de auto protección; incumplimiento de horarios; repentina y desbordante afición al deporte callejero; invasión de mascotas paseantes; las terrazas de los locales de hostelería abarrotadas y con lista de espera. En fin, otro pueblo, que no parece el sufrido y tenaz pueblo español.

A esto hay que unir la distensión en la vigilancia del cumplimiento,  para evitar evitar las protestas en las calles contra el prolongado encierro. Y los españoles, sin vigilancia, nos hemos echado a las calles, con el auxilio del buen tiempo, al grito de “¡fuera las cadenas!”

Otros países, en vez de imponer conductas han recomendado determinados comportamientos, y de este modo han conseguido  atenuar las consecuencias.

Y, así las cosas, el Gobierno ya no puede impedir las protestas, ni en los balcones ni en las calles; en éstas, en muchas ocasiones, incumpliendo  las más elementales normas de prudencia. Tampoco puede hacer frente a la difusión de bulos y falsas noticias, dada la irresponsabilidad de quienes de forma inconsciente reenvían todo lo que les llega, porque el Gobierno, con sus continuos cambios de criterios, que se prestan a la chunga y a sembrar el desconcierto entre el personal, son campo abonado para la expansión de falsedades.

A medida que pase el tiempo, las consecuencias pueden seguir empeorando y creando un ambiente cada vez más hostil en la calle, ante la improvisación y la ineficacia del Gobierno. Sus voceros siempre se expresan en términos de futuro: “estamos trabajando”, “vamos a facilitar”, “los ERTES serán”, “el mes próximo”; y, entretanto, crecen las colas ante las instituciones –me refiero a las privadas, porque no sé de ningún sindicato, partido u organización pública que se dedique a ello- que prestan ayuda a los más afectados en forma de alimentos, ropa, pago de alquileres y servicios públicos, etc.

Si el Presidente del Gobierno no siente vergüenza por la actitud y discurso de algunos de sus ministros, los españoles sentimos sonrojo cuando hablan en público y, sobre todo, cuando los oyen en el extranjero. Recordemos una vez más a la Ministra de Trabajo, al Ministro de Comercio, a la de Transición Ecológica, al de Sanidad,…; sin olvidarnos de los que parecen “tancredos”, porque no hablan y ni siquiera sabemos sus nombres ni sus méritos para estar donde están.

¿Qué ha hecho la comisión parlamentaria de reconstrucción desde su creación?, ¿qué sabemos sobre los méritos que adornan a sus componentes? Lo más relevante es que la preside el señor Pachi López, del PSOE de toda la vida y…. poco más, y que el vicepresidente primero es el secretario general del PCE, que formó parte del equipo jurídico asesor de las FARC.

Me produce pena decirlo: no tenemos unos gobernantes a la altura de de los españoles, no son serios. @mundiario

          

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