Historia de una votante desilusionada

Imagen de The Wall, película de Alan Parker.
Imagen de The Wall, película de Alan Parker.
Los argentinos marchamos en fila a votar para las PASO, la invención de Cristina Fernández de Kirchner en 2009, pero ya perdí al fe. Vi a tantos políticos venderse y/o regalarse, que me siento usada.
Historia de una votante desilusionada

Era muy joven cuando volví de España donde padecí el régimen franquista. Nunca me había interesado la política, lo único que tenía claro era que sin libertad no se podía vivir. Me pareció que las ideas de izquierda eran el camino porque se oponían a mi experiencia reciente. Entonces, cuando pude votar por primera vez en Argentina —año 1973—,  elegí al candidato con quien más me identifiqué ideológicamente: Guillermo Boero. Obtuvo los votos de su madre y el mío. Pero yo no había puesto un “voto en contra” del peronismo, ni del radicalismo, había sido fiel a una idea.

Si bien pertenecía a una familia antiperonista, el líder proscripto y radicado en España desde 1955, me despertaba curiosidad. Sabía que su partido iba a ser el vencedor, pero nunca imaginé los ardides maquiavélicos que utilizaría para llegar al poder. La dictadura militar gobernante le abrió las puertas pero exigieron un plazo para que los candidatos se establecieran con domicilio en el país. Y a él no le daba. Entonces usó a Héctor Cámpora, fiel servidor, a quien puso como candidato de su partido.  Ganó las elecciones. Perón alentó al grupo revolucionario y violento de izquierda Montoneros y los incorporó a su estrategia.  Durante el gobierno de Cámpora, la Tendencia de Montoneros creyó que iba a conseguir el poder, salió a las calles donde todo estaba permitido, hasta el asesinato.  Cuando el líder regresó definitivamente, su entrada al país fue sangrienta. Les había dado poder a los sindicatos y al peronismo tradicional, relegando al grupo revolucionario.

Fue el principio del caos. Hizo renunciar a Cámpora y llamó a elecciones. Ganó por amplia mayoría, con su mujer Isabel Martínez, como compañera de fórmula.

El país estaba en llamas cuando Perón murió en 1974. E Isabelita, histérica, desorientada, gritaba en el balcón de la Casa Rosada, fuera de control. Su Rasputín era López Rega, con quien compartía oscuridad, esoterismo y confiaba en sus métodos represivos. Todo desembocó en el golpe de estado de 1976. Ella derrocada y presa hasta 1981, acusada de participar en crímenes de lesa humanidad.

De  nuevo dictadura militar. Hoy nadie lo quiere reconocer pero puedo dar fe del apoyo popular a ese golpe. El terror superaba el respeto por la democracia. “Se necesita una mano fuerte que venga a poner orden”, repetían. Y bien fuerte que fue:  la mayor pesadilla de nuestra historia. Se perseguía a las personas  ideológicamente por ser sospechadas de pertenecer a grupos subversivos. Se las encerraba y torturaba hasta sacarles nombres de sus conocidos y así la cadena se hizo interminable. No hubo información de los ajusticiados y muertos. Todo era un misterio. Los que no éramos perseguidos ni teníamos conocidos que lo fueran, vivíamos en un limbo.

Hasta nos llevaron a una guerra sin sentido para recuperar las Islas Malvinas, en manos de los ingleses desde hacía siglos. Nos hicieron creer que la ganábamos hasta una día antes de haberla perdido. “Los Pichiciegos”, la novela de Rodolfo Fogwill cuenta la historia de un grupo de chicos que desertaron y se fueron a vivir a una cueva subterránea, con el único fin de sobrevivir. Su apatía por el triunfo argentino, el maltrato que recibían por parte de los militares de nuestro país, su acercamiento a las fuerzas británicas para buscar alimento, nos dan una idea descarnada de la realidad de esa conflicto absurdo.

Yo tenía una compañera de la facultad que era mayor que nosotras, madre de un estudiante que no aparecía. Constantemente consultaba con otra cuyo padre era militar y tenía un cargo en el gobierno. Le pedía que la ayudara a saber dónde estaba su hijo. ¿Qué iba a saber ella? Si su padre era el hombre más recto del  mundo y jamás iba a estar mezclado en algo así. Lo conversábamos y pensábamos que, a lo mejor, el hijo se había ido por algún motivo personal y la madre estaba trastornada.

Hoy me acuerdo de esa pobre mujer, lloro y me odio por no haberle creído.

De nuevo un peronista en el poder. Bien lo dijo Perón : “Aunque nos derriben mil veces, mil veces volveremos”.

Por fin, en 1983 tuvimos de nuevo oportunidad de elegir a un presidente. Esta vez fue un radical: Raúl Alfonsín. Tal vez lo voté, no lo recuerdo. Empezaba a tener claro que había que impedir que un nuevo peronista subiera al poder. Ya germinaba en mí la idea de “votar en contra”. El pobre Alfonsín hizo unas cuantas cosas buenas, entre ellas el juicio a la Junta Militar, el respeto por la democracia en todos los órdenes, pero su talón de Aquiles fue la economía. No pudo parar la hiperinflación, tuvo varios levantamientos armados militares que supo frenar, pero la situación se le hizo cada vez más difícil, hasta que “resignó” su cargo unos meses antes de finalizar su mandato y se lo entregó a su sucesor electo: Carlos Menem.

De nuevo un peronista en el poder. Bien lo dijo Perón : “Aunque nos derriben mil veces, mil veces volveremos”.

Para aquel entonces había decidido involucrarme, no estar más al margen de la política, ya había sufrido debacles que me habían marcado, y tenía hijas. Era hora de hacerme responsable. Me puse a estudiar distintas filosofías políticas y económicas. Me pareció que lo que más se parecía a la libertad y al respeto de los individuos era el liberalismo. Hice cursos con Alberto Benegas Lynch, doctor en economía y profesor en cinco cátedras de la Universidad de Buenos Aires. Nos introdujo en las teorías de Friedrich von Hayek, Ludwig von Mises y Adam Smith. Me despertó gran respeto intelectual y llegué a amar la economía tanto como la filosofía. Era necesario terminar con un estado elefante que fomentaba la corrupción, el mercado debía regularse a sí mismo por el accionar de la oferta y la demanda, había que terminar de emitir moneda en forma espuria para acabar con la inflación. Clarísimo el camino. ¿Quién representaba esa idea en la Argentina? El ingeniero Álvaro Alsogaray. No solo le di mi voto sino que participé activamente afiliándome a la UCEDE, su partido, y estuve en el famoso acto de octubre de 1985 cuando, bajo una lluvia torrencial, llenamos la cancha de River.

Disfruté del orgullo  de volver a votar una idea y no “en contra” de un partido. Sin pretensiones de ganar.

Pero de nuevo Maquiavelo susurrándole a Menem qué hacer para encarrilar la economía en estado terminal que le habían entregado. Negoció con la UCEDE que parecía que la tenía clara. Los Alsogaray y todos sus candidatos apoyaron al gobierno y se destruyó como partido.

Porque claro, vendieron su alma al diablo. Menem  dio signos de  crecimiento en un principio y caímos en la ilusión de que éramos Primer Mundo. Fue reelecto. La corrupción, la mafia característica del peronismo nos llevó de nuevo al caos. Hoy se asocia la economía liberal con su forma de gobierno nefasta, es sinónimo de capitalismo demoníaco. María Julia Alsogaray, encantada con tener un cargo en el gobierno, sacó ventaja de las privatizaciones, se metió en negocios oscuros, y terminó presa. El poder y el enriquecimiento ilícito es una peste muy contagiosa. Fue la  única puesta en prisión entre tantos funcionarios delincuentes de ese período.

Desilusión tremenda. Nunca creí, cuando la escuchaba hablar en su campaña, y asistía a sus conferencias en el partido, que podía llegar a venderse como una más. Que pasaría de ser una intelectual a una vedette desnuda envuelta en su abrigo de pieles.

Ya nadie quería saber más nada de Menem en 1999 y en las nuevas elecciones, como corresponde a nuestra política pendular, ganó un radical: Fernando de la Rúa. Atajó la papa caliente y prometió continuar con la política de convertibilidad del peso. Con Domingo Cavallo a la cabeza como ministro de economía, cuando ya no había capitales, el desempleo y el hambre se instalaban del norte al sur de nuestro país, como manotazo de ahogado, instauraron el famoso “corralito”. Se trataba de limitar el acceso de los ciudadanos a su propio dinero depositado en sus cuentas bancarias. Se desbordó todo de tal manera que el presidente declaró estado de sitio. La gente salió a la calle igual, fue reprimida, hubo muertos y de la Rúa decidió salir volando en su helicóptero y huir abandonando el poder.

Después se sucedieron cuatro presidentes transitorios hasta las nuevas elecciones de 2003. Ningún candidato contaba con el apoyo de la mitad de la población para ganar. Todo estaba atomizado, así que ganó otro justicialista (le tocaba, después de un radical): Néstor Kirchner, con solo el 22,25% de los votos. Gracias a que Menem, que tenía otro tanto, se bajó de la competencia para la segunda vuelta.

Y empezó la era K que nos dividió en dos bandos más que nunca. Se hizo una grieta tan infranqueable entre los argentinos que llevó  a rupturas familiares por pensar diferente. No se puede hablar de política si se juntan dos : uno K y el otro anti K.

El otro día, en mi sala de espera, se enfrentaron dos. Tuve que salir a moderar la situación y pedirles que no se tocara ese tema en un consultorio. Para colmo, como no oyen bien, gritaban cada vez más enojados. Porque lo peor es que, además de no oír, no se escuchan. Nadie se permite un segundo para contemplar la idea del otro.

Néstor primero. Después lo sucedió Cristina, su mujer. Mucho más belicosa. Consiguió quien la amara hasta el fanatismo y quien la odiara tanto hasta desear su muerte. Será por eso que no concedía entrevistas y elegía hablar casi a diario por Cadena Nacional, declamando a la usanza de los años setenta, luciendo sus cirugías rejuvenecedoras y blandiendo sus uñas esculpidas.

Néstor murió en 2010 y Cristina fue reelecta en 2011. Tuvieron tiempo de robar hasta lo que no teníamos. Ellos, sus hijos y sus funcionarios tienen causas en la justicia que, ahora con nuevo gobierno peronista, están intentando parar.

Propongo votar solamente en contra. No a favor de un candidato. Votar para que destituyan al que jode. Como en “Gran Hermano”.  Hasta que queden  muy pocos. O ninguno. Y empezar de nuevo.

En 2009 Cristina inventó las PASO. Es una sigla que quiere decir Primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias. Son elecciones para definir a los candidatos de cada partido que se presentarán dos meses después a las elecciones verdaderas.

Desde hace unos años  vamos como corderitos, obligados, a poner el voto en la urna, para una pre elección, como si fuera un amistoso de fútbol, antes del gran partido.

Cansados de la mafia K, en 2015 ganó las elecciones Mauricio Macri. Milagrosamente no era radical ni peronista. Tal vez, tal vez, habría una oportunidad, pensamos muchos. Como todos, recibió el país en lava ardiente, aplicó medidas económicas opuestas a las anteriores, nada populistas, pero poco exitosas. La inflación siguió creciendo y el dólar se disparó. Aumentó la pobreza y la recesión. Tenía otro estilo, nada agresivo, más respetuoso, con clara intención de achicar la grieta, pero no fue suficiente y para 2019 ya teníamos a los K de vuelta.

Perón en su tumba seguirá repitiendo: “Aunque nos derrumben mil veces, mil veces volveremos”.

La fórmula K ganadora estuvo integrada por Alberto Fernández, ex enemigo de Cristina, y por ella misma, ahora en idilio. Era la estrategia. Siempre la misma jugarreta. La historia se repite.

Total que hoy los argentinos marchamos en fila a votar para las PASO a los pre candidatos a nuevos legisladores.

Ya perdí la fe. Vi a tantos venderse, regalarse, que me siento usada. Hoy, mientras miraba las colas para votar, me daba lástima la gente que todavía tiene esperanza de que todo va a cambiar por su voto, que consumen todo lo que les venden por televisión, y que para lo único que los necesitan es para legitimar un cargo desde donde van a poder robar, o usar el poder para beneficio propio. Ya no hay más ideas, solo ambición de poder.

Por un momento nos vi a todos como en la escena de The Wall, la película de Alan Parker, caminando al ritmo de la  música de Pink Floyd,  en un surrealismo perturbador, como niños hacia una máquina trituradora. Sin ideas, sin distinción entre unos y otros. Manipulados. 

“Porque en este país, el que no se jode, jode a los demás”, dice Santiago, uno de los protagonistas de “Conversación en La Catedral”, de Mario Vargas Llosa. Habla de Perú, país hermano, con destinos tan parecidos.

Por eso propongo votar solamente en contra. No a favor de un candidato. Votar para que destituyan al que jode. Como en “Gran Hermano”.  Hasta que queden  muy pocos. O ninguno. Y empezar de nuevo.

Historia de una votante desilusionada
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