La gran fiesta global de la insignificancia de la mano de Milan Kundera

Portada de La fiesta de la insignificancia.
Portada de La fiesta de la insignificancia

Nunca tantos miles de millones de seres humanos, con tanta y tan sofisticada cobertura electrónica, habíamos alcanzado semejante grado de insignificancia como el que esboza su pluma inmisericorde.

La gran fiesta global de la insignificancia de la mano de Milan Kundera

Nunca tantos miles de millones de seres humanos, con tanta y tan sofisticada cobertura electrónica, habíamos alcanzado semejante grado de insignificancia como el que esboza su pluma inmisericorde.

Ha vuelto Milan Kundera, madre, a donde solía. A poner el ojo donde pone la pluma. A jugar al blanco con una humanidad de seres insoportables, ¡oh, los habitantes del decadente occidente!, que nos miramos todo el día a los espejos donde se reflejan nuestros derechos e ignoramos los retrovisores en los que se divisan nuestros deberes. Ha vuelto a reírse de sí mismo y, por un efecto simpatía, de todos sus prójimos, ustedes y yo, adictos a los estupefacientes de la vanidad, de la soberbia, de la trascendencia de lo que pensamos, decimos o escribimos en sincronía inversamente proporcional a la intrascendencia de lo que piensan, dicen o escriben los demás.

Me he colado en "La fiesta de la insignificancia" que se ha marcado este checo afrancesado, este cirujano globalizado, este joven vitalicio conjurado contra la conjura de los necios, miradle, que se ha convertido en uno de los grandes anfitriones literarios en estos tiempos de cólera, de ébola neurológico, de ingeniosos hidalgos de twitter,  de fanáticas yihads islámicas, ideológicas, económicas, independentistas, filonazis,  filocomunistas, filogregaristas, aprovechando el pronóstico reservado de una humanidad sumida en la penumbra.

Me he colado, verás, y al final de 138 páginas he descubierto el poco espacio que se necesita para describir y caricaturizar una de las épocas más ridículas de la humanidad desde que el mono se puso a andar a dos patas. No es que sigamos siendo tontos, como nuestros recientes y lejanos antecesores, es que hemos empezado a ser lo siguiente, con claras perspectivas de seguir superándonos por las siglas de los siglos. No es que hayamos colocado primeras piedras para construir  la Justicia, la vieja utopía que nos hemos ido trasmitiendo de padres a hijos, es que estamos rediseñando un sofisticado modelo, primitivo y retrogrado, que consiste en tomarnos la justicia por nuestra mano, desde nuestra óptica teledirigida, haciendo la calle, convirtiendo verdades en mentiras y  mentiras en verdades, a gusto del cliente, claro, en plena decadencia de la libertad individual, eclipsada por el auge de gregarias rebeliones de las masas, en lo que podría acabar siendo el epílogo de una hermosa aventura que empezó aquella vez que un ser humano pudo exclamar por primera vez en voz alta: ¡buenos días, democracia!

Ahora, con los fenómenos Zara, las directivas europeas, el “goebelismo” de los gobiernos gigantes y los gobiernos bonsái, las sofisticadas dictaduras de los mercados, las escuelas económicas del Monopoly, la proliferación del pulpo como animal de compañía, los gases mostaza mediáticos, los francotiradores en las redes sociales, los Calvarios con mesías que prometen el cielo, las tarjetas opacas, la salvación a los buenos y los malos ladrones, los parqués donde los IBEX 35 juegan con nosotros, la globalización y la cosa, éramos pocos y estamos desarrollando, sin prisa pero sin pausa, una democracia del consumo. O sea, un sistema de convivencia en el que el cliente siempre tiene razón, siempre tiene derechos y nunca tiene ni una sola obligación, je, salvo pagar a Hacienda, naturalmente.

¡Dios mío! ¡Y nosotros hemos hecho a esto..!, como exclamaba desesperadamente el pobre Oppenheimer tras descubrir los efectos de la bomba atómica en la soledad de Álamo Gordo. Esta democracia en la que la vanidad y la soberbia viajan en coche oficial, el miedo a la pobreza permanece atrincherado en la revista Forbes y en los bunker de los Consejos de Administración y la pobreza, reivindicadora y justiciera, permite soñar a los seres humanos por las noches, en un modesto piso en vías de desahucio, en un paradójico cajero de banco, incluso bajo la intemperie por la que atraviesan estrellas fugaces que invitan a formular un deseo, que de mayores quieren ser ricos, inmensamente ricos, más ricos que los propios ricos con los que practicamos vudú en estos tiempos de cólera.

¡Bienvenidos, ladys and gentlemen, a esta gran bacanal sociológica, a esta gran fiesta global de la insignificancia para la que estos días reparte invitaciones Milan Kundera!

La gran fiesta global de la insignificancia de la mano de Milan Kundera
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