Gobernar en la tormenta: la apuesta de Sánchez por sobrevivir políticamente
La política, como la vida, tiene momentos en los que resistir ya es una forma de vencer. Pedro Sánchez atraviesa uno de esos tramos de alta tensión, en los que los escándalos personales acaban proyectando sombras sobre la gestión institucional. El caso Koldo, la caída de su escudero Santos Cerdán, las derivadas de las conversaciones machistas de Ábalos, y las sospechas en torno a Paco Salazar, han dibujado una tormenta perfecta que pone a prueba su liderazgo, su credibilidad y su capacidad de sostener un gobierno frágil frente a una oposición que huele la sangre y una ciudadanía que, aunque distraída por el verano, no olvida fácilmente.
Sin embargo, lejos de replegarse o anticipar una retirada, Sánchez ha optado por presentarse como superviviente. En su viaje por Sudamérica, acompañado de periodistas, el presidente mostró las cicatrices recientes, pero también una renovada confianza. "Estoy bien, estoy fuerte", afirmó. No es solo una declaración de estado físico o anímico, sino un intento de reafirmar el control de un relato que se le había escapado en las últimas semanas.
El presidente admite que la corrupción ha supuesto un golpe demoledor, no solo para su imagen personal, sino para la legitimidad de un proyecto político que él defiende como profundamente reformista y social. Lo que más le molesta, dice, es que esos casos individuales, aunque graves, opaquen una acción de gobierno que reivindica como histórica: el escudo social de la pandemia, la modernización digital, los avances en derechos sociales o la mejora de los datos económicos. Pero esa queja, por legítima que sea, no borra el hecho de que los nombramientos fallidos y los blindajes políticos han tenido un alto precio.
En este contexto, Sánchez intenta pasar página proponiendo una doble vía: relanzar la agenda progresista con medidas como la reducción de la jornada laboral —aunque admite que no será fácil lograr mayoría— y poner el foco en las prácticas fiscales del pasado, señalando directamente al exministro Montoro. Su apuesta es clara: confrontar la supuesta corrupción sistémica del PP con los fallos, más puntuales según él, del PSOE. El problema, sin embargo, no es solo ético o judicial: es político, y se resume en una pregunta que flota en el aire desde hace semanas: ¿puede un gobierno con apoyos tan precarios mantener una hoja de ruta ambiciosa cuando sus socios son imprevisibles y su crédito parlamentario se erosiona?
La respuesta del presidente es afirmativa. Sánchez sostiene que sigue habiendo "legislatura para rato", aunque los números sean cada vez más inestables y las votaciones en el Congreso reflejen una geografía política en constante mutación. Él compara esta legislatura con las anteriores para demostrar que el margen de maniobra es parecido. Es un argumento técnico, válido desde un punto de vista cuantitativo, pero que no responde del todo a la fatiga política que comienza a palparse en el ambiente. Ni la aritmética parlamentaria ni la EPA pueden ocultar la pérdida de narrativa.
Sobre los Presupuestos, Sánchez juega al equívoco: habla de avanzar, pero no confirma si intentará aprobar unas nuevas cuentas para 2026. Lo que sí deja claro es que no contempla un adelanto electoral. Cree que aún puede recomponer la confianza, tanto dentro como fuera del Gobierno, y que el tiempo juega a su favor si logra sostener una imagen de estabilidad relativa frente al ruido. La comparación con el caos fiscal de Francia no es casual: Sánchez busca marcar contraste con sus vecinos europeos para subrayar que en España, pese a todo, las cosas funcionan.
Pero el optimismo presidencial contrasta con la percepción creciente de aislamiento. Incluso entre sus aliados más necesarios, como el PNV, cunde el escepticismo sobre la viabilidad del proyecto. La consolidación de una “coalición negativa” —como la define Aitor Esteban— entre Junts, Podemos, PP y Vox, que votan juntos con frecuencia creciente, refleja una anomalía parlamentaria que complica cualquier iniciativa del Ejecutivo. Y si bien el presidente afirma que él es el único capaz de articular mayorías, lo cierto es que la geometría variable empieza a parecer más una trampa que una solución.
La cuestión de fondo, en cualquier caso, no es si Sánchez podrá aguantar, sino si podrá gobernar con sentido. Aguantar no es gobernar, y una legislatura sin Presupuestos, sin reformas estructurales y sin relato ilusionante corre el riesgo de convertirse en una cuenta atrás hacia el desgaste irreversible.
Así, Pedro Sánchez se enfrenta a un dilema clásico: replegarse en la mera supervivencia o arriesgar en la reconstrucción política. Su apuesta, al menos por ahora, es la segunda. Habrá que ver si los hechos acompañan. Porque, como él mismo dice, la democracia no es demoscopia. Pero tampoco puede permitirse el lujo de ser puro voluntarismo. @mundiario


