Pedro Sánchez lanza desde Chile su cruzada contra la ultraderecha global
La escena no podría haber sido más elocuente: el patio del Palacio de La Moneda en Santiago de Chile, bombardeado hace más de medio siglo para truncar por la fuerza un gobierno democrático y acabar con la vida del presidente Salvador Allende, ha servido de escenario para un nuevo llamamiento en defensa de la democracia. Esta vez, el mensaje vino de la voz de Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España, que ha querido dotar de contenido político y emocional a su intervención en la primera cumbre de líderes progresistas iberoamericanos.
Lejos de una mera reunión protocolaria, el encuentro ha sido concebido como el germen de una alianza internacional entre gobiernos de izquierdas para frenar lo que Sánchez ha denominado sin rodeos “la internacional del odio y la mentira”. Una red global, a su juicio, compuesta por oligarquías, movimientos extremistas y fuerzas ultraconservadoras que, con discursos populistas y estrategias de manipulación digital, están socavando los pilares democráticos en ambos lados del Atlántico.
En este contexto, Sánchez ha abogado por un contrapeso político: una red de gobiernos progresistas dispuestos a defender la democracia con firmeza. Su propuesta se articula en torno a tres grandes ejes: el refuerzo de las instituciones multilaterales, la lucha contra la desinformación —especialmente en el ámbito digital— y la promoción de la igualdad social como antídoto contra el malestar que nutre a los discursos reaccionarios. No es casual que en este último punto haya insistido en que “la ultraderecha se alimenta del resentimiento y la desigualdad”, elementos que permiten que sus mensajes calen en capas de población desilusionadas con el sistema.
Pero más allá del plano internacional, el discurso de Sánchez contenía también una carga política dirigida a su propio país. En un momento en que el PP intensifica su colaboración con Vox en gobiernos autonómicos y ayuntamientos, el líder socialista acusó abiertamente a la derecha española de haberse entregado al ideario ultra. “La derecha tradicional, con la que antaño compartíamos consensos básicos, ha sucumbido al discurso de la ultraderecha”, sentenció. Una declaración que trasciende la retórica y se convierte en una advertencia: el espacio del centro político, antaño compartido, se ha difuminado peligrosamente.
El mensaje, por tanto, no solo busca resonar en foros internacionales, sino también en el debate político nacional. Sánchez entiende que la defensa de la democracia no es solo una batalla institucional o electoral, sino una cuestión ética que afecta al alma de las sociedades. Y para ello, considera que no basta con resistir: hay que pasar al ataque, articular una narrativa alternativa que desmonte las mentiras, que defienda la pluralidad, y que recupere la confianza de unos ciudadanos cada vez más expuestos al ruido y al cinismo político.
Los gobiernos progresistas encabezamos la respuesta ante la internacional reaccionaria que nos quiere llevar al pasado.
— Pedro Sánchez (@sanchezcastejon) July 21, 2025
La esperanza reposa en políticas que fortalecen la democracia, combaten la desinformación y reducen la desigualdad. pic.twitter.com/xwtkkLqHxt
Además, el presidente español ha anunciado que España acogerá la próxima edición de esta cumbre progresista en 2026. Un gesto con el que pretende situar a nuestro país como actor central en este nuevo frente internacional de defensa democrática. No es una casualidad: en un contexto europeo donde la extrema derecha avanza con fuerza —como se ha visto en las recientes elecciones europeas—, Sánchez parece querer alzar el perfil de España como contrapeso ideológico y moral.
El discurso de Pedro Sánchez en Chile no ha sido simplemente un acto de diplomacia multilateral, sino una declaración política de primer orden. Ha articulado un relato, definido un adversario y señalado responsabilidades. La pregunta que queda en el aire es si esta “internacional progresista” será capaz de pasar del plano simbólico al estratégico, y si su influencia podrá frenar la ola reaccionaria que, por ahora, no da signos de retirada. Mientras tanto, el presidente español insiste en que la mejor defensa de la democracia es, precisamente, dejar de estar a la defensiva. @mundiario


