El fiscal, la presidenta y los obstáculos de la Argentina, ahora vía Netflix

Alberto Nisman en televisión.
Alberto Nisman en televisión.
La plataforma Netflix estrenó una serie documental sobre el caso Nisman, fiscal argentino que apareció muerto en su domicilio justo antes de presentar una denuncia contra la entonces presidenta Cristina Fernández.
El fiscal, la presidenta y los obstáculos de la Argentina, ahora vía Netflix

Corrían las primeras semanas del año 2015 en Argentina y el fiscal Alberto Nisman apareció muerto en su domicilio tras recibir un disparo en la cabeza. El fiscal tenía preparada una denuncia que pesaba sobre Cristina Kirchner, en ese entonces presidenta, por el supuesto encubrimiento a los responsables lo sucedido en la AMIA -el atentado terrorista que causó 85 muertes en Argentina en el año 1994-. El culebrón, si se me permite la expresión, es tan trágico e intenso que Netflix decidió darle lugar en su programación a una serie documental llamada “El fiscal, la presidenta y el espía”, dirigida por Justín Webster. 

Uno de los entrevistados en la serie es Alberto Fernandez (AF), actual presidente argentino. AF había ocupado el cargo de jefe de gabinete de los gobiernos de Nestor Kirchner y, luego, de Cristina Fernández, es decir, fue pieza fundacional en aquella construcción política que denominamos Kirchnerismo. Sin embargo, en 2008,  renunció al cargo y se transformó en el crítico más despiadado, informado e implacable del gobierno de Cristina.  En el momento en que AF fue entrevistado por Webster, este se encontraba enfrentado políticamente con Cristina Kirchner y abonó la hipótesis del asesinato del fiscal. Lo que AF no pudo prever es que, 4 años después, ganaría las elecciones a la presidencia acompañado por Cristina Fernández y, pocas semanas más tarde, se estrenaría una serie en donde presenta sus dudas respecto a la hipótesis sostenida, en aquel momento, por la ex presidenta -quien primero se inclinó por el suicidio, luego por el asesinato y, más tarde, nuevamente por el suicidio-. Desde Netflix se relamen: un plot twist tan magnífico deja servido el contenido para una segunda temporada de la serie. 

Analizar la política argentina con cierta distancia nos permite descartar esa pretensión permanente de considerarse distinta o excepcional. Sin embargo, hay elementos de la misma que la cargan de un surrealismo lo-fi que le dan un toque distintivo. AF se movió desde declaraciones como "Hasta el día de hoy dudo que se haya suicidado” o otras como "hasta hoy las pruebas acumuladas no dan lugar a pensar en que hubo un asesinato”. Ambas frases tienen un comienzo similar pero la conclusión a la que llegan es diametralmente opuesta. Este tipo de sutilidad en el uso del lenguaje marca el estilo camaleónico de AF. En varias oportunidades AF se ha calificado a si mismo como un político de tendencia liberal. Esto no le impide ser hoy uno de los referentes, si no el máximo, de un movimiento político que se auto-percibe, sin dudas, como iliberal. Esto, a las claras, habla de una gran capacidad de persuasión. Sin ir más lejos, fueron sus palabras las que lograron persuadir a quien nadie había logrado mover un ápice, es decir, Cristina Fernández. 

Desde ya que los obstáculos de la Argentina no son específica responsabilidad de AF, tampoco de Mauricio Macri o de Cristina Kirchner. El problema, como muchos consideran, tampoco está en una mala la gestión de la economía: eso, en todo caso, es consecuencia de un elemento previo y que se vislumbra, por ejemplo, al revisar el caso Nisman. El problema es esencialmente de convivencia política y se relaciona a la imposibilidad de establecer el sentido de algunas cuestiones que son base de cualquier sociedad. Es cierto que la interpretación de los fenómenos políticos y sociales siempre debe ser diversa, cerrar esa discusión no es otra cosa que un síntoma de autoritarismo. Sin embargo, y aquí lo surreal, en Argentina ya no es posible, siquiera, distinguir el blanco del negro, es decir, no tenemos la capacidad de establecer si una persona fue asesinada o se suicidó, no podemos cerrar la discusión en torno a la responsabilidad del caso AMIA o la tragedia de Once -un tren no logra frenar a tiempo, mueren 51 personas, ¿es responsabilidad del maquinista o de las instituciones a cargo de que eso no suceda? Nunca nos pondremos de acuerdo-. Desde ya que todo esto también alcanza el plano de la economía, en donde no hemos sido capaces de generar formas de medir adecuadamente la inflación, la deuda -es decir, no hay un acuerdo sobre cuánto debe el estado argentino- o el indice de pobreza -el cual puede pasar del 5%, luego al 29% y más tarde superar el 40%, todo esto en cuestión de meses-.

La verdad y la realidad son construcciones, desde ya, pero el estiramiento conceptual de estas tiene sus límites. Para explorar exageradamente las fronteras ya tenemos el arte contemporáneo, que no debe tributo ni a la verdad, ni a lo real. El uso que la política argentina hace de la verdad es el que podría llevar a cabo un artista del surrealismo -uno de muy poco talento, por cierto-, en donde las cosas pueden ser de una manera pero, también, de cualquier otra. Esto reduce lo real y lo verdadero al simple estado de accesorio o dispositivo de construcción de poder. La verdad de los fenómenos se construye en función de aquello que sirve en un momento dado. Una verdad así entendida deja de ser un instrumento que permite la construcción de una sociedad colaborativa, amigable y democrática, por el contrario, fomenta la hostilidad y la desconfianza. 

El origen de todo esto, seguramente, lo podemos encontrar en el pasado argentino. Sin embargo, su resurgimiento contemporáneo lo podemos situar en 2008, al iniciarse el conflicto entre el grupo mediático más grande de la Argentina -el Grupo Clarín-  y el gobierno de Cristina Kichner. ¿Fue aquello un enfrentamiento entre clases o sujetos políticos al estilo oligarquía vs. pueblo? No lo creo. ¿Fue un enfrentamiento para democratizar la palabra y los medios de comunicación? Me permito dudar. ¿Fue una disputa por acaparar un negocio? Seguramente, pero es mucho más profundo. Aquel fue un enfrentamiento por el sentido, por la definición de las opiniones y criterios que atraviesan una sociedad. Es cierto, la argentina se debía una discusión de estas características que sacuda el polvo de ciertas concepciones en torno a, por ejemplo, la existencia de “la prensa libre e independiente” y, en ese sentido, el planteo fue exitoso. Sin embargo, frente a ese terreno de cierta fertilidad no se construyo nada interesante, si no que se trazaron fuertes lineas defensivas, barricadas y trincheras que pretendían, como si esto fuera obra de la voluntad de unos cuantos, ocupar una parcela más en el terreno de la construcción de lo real. Aquello se dio en llamar “la batalla cultural”. Ésta difundió una forma de convivencia agonal y un vínculo con la verdad que, si bien surge en el enfrentamiento entre el Kirchnerismo y Clarín, termina permeando, en mayor o menor medida, a todos los actores de la política argentina: si se trata de un campo de batalla, todos los involucrados se ven obligados a acudir con las mismas armas. 

De cara al futuro la perspectiva no es prometedora. La sociabilidad política de los más jóvenes está marcada por ese modo de hacer las cosas y no parece que haya grupos pensando nuevas frecuencias de acción política. Mientras tanto, la Argentina encara un ajuste que pesará, fundamentalmente, sobre los jubilados. Este ajuste persigue el visto bueno del FMI frente a la renegociación de la deuda contraída. Fiel al estilo de AF, el gobierno apeló a toda su creatividad y ocurrencia para titular el ajuste como “Ley de solidaridad social y reactivación productiva en la emergencia económica”. Si bien el título no se ajusta al contenido de la obra, el mismo tiene todo lo necesario: drama, empatía y acción. Por lo pronto, desde las oficinas de Netflix ya comienzan a mirar hacia la política Argentina como fuente prolífica de guionistas low-cost para producciones de baja calidad pero de alcance masivo. @mundiario

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