Feijóo arremete contra Sánchez en la calle sin una alternativa viable en el Congreso
Alberto Núñez Feijóo ha cruzado esta semana un umbral político con escasas vueltas atrás: ha abandonado cualquier atisbo de tono institucional para sumarse sin ambages al lenguaje inflamado que su sector más duro y mediático reclama desde hace meses. Lo ha hecho convocando una manifestación en Madrid para el 8 de junio, con el objetivo de canalizar el malestar de sus bases contra el Gobierno de Pedro Sánchez. Pero no se trata únicamente de un acto de protesta: la convocatoria es, sobre todo, un gesto de autoridad interna y una estrategia de visibilización ante la presión creciente de Vox y de una derecha social que exige más confrontación y menos contención.
El pretexto de esta ofensiva son los recientes casos que salpican a figuras próximas al entorno socialista, entre ellos las maniobras atribuidas a Leire Díez para conseguir información comprometedora sobre un mando de la Guardia Civil. Aunque el PSOE ha negado cualquier vínculo operativo con ella, Feijóo ha elevado el tono hasta describir al Ejecutivo como una “mafia” con Sánchez en el papel de “capo”. Esta elección léxica no es accidental: busca polarizar el debate en términos absolutos y moralizantes, alimentando una narrativa de decadencia institucional que supere incluso el marco de lo políticamente tolerable.
Una moción de censura no viable
Sin embargo, la furia discursiva encubre una impotencia táctica. Feijóo sabe que una moción de censura no tiene viabilidad parlamentaria: ni el PNV ni Junts, ni siquiera los sectores más pragmáticos de la coalición gubernamental, están dispuestos a facilitar la caída de Sánchez a través de una vía tan drástica. El líder popular lo reconoce entre líneas al afirmar que la iniciativa depende de quienes aún apoyan al Ejecutivo. Su amenaza es, por tanto, retórica, dirigida más a poner en evidencia a los socios del PSOE que a provocar un desenlace institucional inmediato.
Consciente de que el Parlamento no le ofrece salidas, el PP regresa a la calle. Pero lo hace con una diferencia notable respecto a etapas anteriores: esta vez no hay una ley concreta (como la amnistía) que articule el rechazo, sino una sensación difusa de corrupción y decadencia. Feijóo apela a una “mayoría de españoles decentes” para escenificar un rechazo popular que no se traduce aún en mayoría legislativa. El gesto es más simbólico que operativo, y busca mantener viva la tensión social mientras se aproxima el congreso del partido en julio, clave para reforzar su liderazgo de cara a futuros comicios.
En paralelo, la extrema derecha no se conforma. Vox ha rechazado sumarse a la manifestación, calificándola de “acto de partido” sin verdadera voluntad de cambio. Su secretario general, Ignacio Garriga, ha instado directamente a Feijóo a presentar una moción de censura, dejando al descubierto una competencia soterrada por el liderazgo opositor. Para Vox, la confrontación con Sánchez no admite sutilezas: debe ser total, inmediata y sin cálculos. Y en ese terreno, el PP corre el riesgo de quedar atrapado entre su deseo de ocupar el centro moderado y su necesidad de no perder la bandera de la indignación.
La situación recuerda, aunque con importantes diferencias, a la moción de censura que tumbó a Mariano Rajoy en 2018, apoyada entonces por muchos de los actuales aliados de Sánchez. Feijóo apela a esa memoria colectiva para pedir coherencia, pero omite un detalle crucial: entonces existía una sentencia judicial firme que motivaba el movimiento. Hoy, gran parte de las acusaciones que airea el PP se basan en informaciones periodísticas o procesos aún en fase de investigación. El paralelismo, por tanto, resulta forzado y difícilmente sostenible.
En última instancia, lo que se juega en esta nueva embestida no es solo el desgaste de Sánchez, sino la capacidad del PP para liderar la oposición sin dejarse arrastrar por los excesos de sus competidores más radicales. Feijóo intenta responder a dos presiones: la de una derecha social que exige acción, y la de un escenario parlamentario que le impide actuar. Su solución es la escenificación: llenar la Puerta del Sol o la plaza de Cibeles con pancartas y banderas, mientras espera que la erosión institucional del Gobierno le acabe dando la razón.
Pero la política no se gana solo con gestos. Y en la democracia parlamentaria, las mayorías no se construyen en la calle, sino en el Congreso. Mientras no logre tender puentes con otras fuerzas, Feijóo seguirá atrapado en una paradoja: la de liderar una oposición muy ruidosa pero estratégicamente impotente. @mundiario


