Donald Trump derrota a Hillary Clinton y será el nuevo presidente de los Estados Unidos
El magnate da la sorpresa y se lleva por delante a su rival demócrata. Se trata de un populista con un discurso xenófobo y antisistema, que rompe los pronósticos de los sondeos y logra una victoria que aboca a su país a lo desconocido.
Irrumpió en la escena política a finales del año pasado. Nunca entró a la arena para hacer amigos ni para ganarse la simpatía de nadie. Donald Trump entró a la política para llegar a la Casa Blanca. Punto. Su objetivo estaba claro y nunca se inmutó en ocultarlo. En cuestión de meses y con una naturalidad sorprendente, Trump se convirtió en el terror del mundo y su figura se agigantaba de forma tan rápida como inexplicable.
Sus propuestas y su retórica sonaban tan disparatadas que en su partido y en Estados Unidos en general se llegó a pensar que no era más que otro montaje de un hombre acostumbrado a los rings de la lucha libre y las cámaras de los reality shows. Se convocaron a las elecciones primarias y aquel descontrolado y pendenciero hombre se llevó por delante a quien le salió a su paso. Marco Rubio, Ted Cruz y hasta Jeb Bush (el último exponente de la cuestionada saga familiar) doblaron la rodilla ante el gigante sostenido por un populismo dirigido a un grupo étnico cada vez más disminuido en su propio país. Amenazó y ridiculizó a sus contrincantes, a sus homólogos de otros partidos, a líderes religiosos y de opinión, a presidentes de otros países y hasta a Barack Obama. Vivía perennemente en una dimensión en la que nada le superaba y su impulsividad le hacía ver molinos de viento como gigantes en todas partes.
Dentro de su palmarés retórico se incluye la construcción de un fortalecido muro para impedir la entrada de más inmigrantes por la frontera sur (el cual, según sus amenazas, los mexicanos mismos pagarían), la insistencia en revisar grandes tratados como el de la OTAN, incontables muestras de cariño diplomático con Vladimir Putin, exaltación del triunfo del Brexit y otros tantos trofeos que adornaron una vitrina que ya no podía ser considerada un chiste. Donald Trump iba en serio y pese a su racismo, xenofobia y falta de modales, un amplio sector de la población estadounidense amparaba a semejante personaje.
Los líderes republicanos reaccionaron tarde. Su estoicismo frente a los insultos de Trump le permitió al mediático hombre embolsarse a las bases del Partido Republicano, ese mismo que lleva el estandarte de los conservadores. Pero aun así le dieron la espalda expresidentes, exfuncionarios y hasta Paul Ryan (quien junto a Ted Cruz a la larga cedería a lo de el remedio es peor que la enfermedad o no queremos a otro Clinton), el presidente de la Cámara de Representantes y probablemente el hombre más poderoso del partido, y quizá hasta de Washington, con el permiso de Obama. El candidato de origen neoyorquino se quedó solo con su cada vez más grande grupo de simpatizantes, que cayeron como a sus pies como náufragos a los cantos de sirena.
A la desesperada, los medios de comunicación, los prestigiosos y los no tan prestigiosos, le dieron su bendición de forma unánime a Hillary Clinton, quien contemplaba desde su tarima como el que en su momento fuera uno de sus grandes amigos hacía pedazos al Gran Viejo Partido con las palmas de sus manos, ahorrándole a ella tener que hacerlo de cara al 8 de noviembre. El camino del promotor inmobiliario a la residencia más importante de Washington sólo podía ser detenido por la misma Clinton, una figura que desde siempre ha despertado recelo en las filas republicanas –bueno, hay que decirlo, en todo el país- pero que, vista la decisión y las cuando menos cuestionables intenciones de su candidato, muchos desertaron para echarse a las aguas de los demócratas.
Llegó la Convención Nacional Republicana y el temor se consumó: Donald Trump correría por la Casa Blanca a nombre del honorable Partido Republicano. Su esposa echó gasolina al fuego con un plagio en el discurso de Michelle Obama en la última convención del partido de la otra banqueta. Pero aquello no sería más que un –nuevo- inicio de bizarros acontecimientos que le terminarían condenando.
En su camino a la presidencia se dio el placer de hacer trizas el –poco- prestigio de Enrique Peña Nieto, presidente de México, tras reunirse con él en la Ciudad de México; puso a temblar a los principales mercados del mundo y parecía cavar su propia tumba con cada comparecencia pública. El vídeo en el que se le oía y veía describir cómo había acosado y abusado sexualmente de muchas mujeres aprovechándose de su influencia pareció ser el tiro de gracia a su fatídica aventura y se llegó a rumorar que abandonaría la carrera.
El Partido Republicano ordenó que se cancelara toda la promoción virtual de su candidato y que, en cambio, se le diera a los senadores para su campaña. Nadie en el partido quería saber nada de él pero Trump, como siempre, jamás se dio por aludido. Al final, acudiría a las urnas debilitado por su orgullo, abandonado a su suerte por su partido, cuestionado por su moral y con frentes abiertos con cualquiera que cometiera la imprudencia de cuestionar sus capacidades.
Pero nada, ni las críticas de todo el país, ni las advertencias de importantes personajes, ni las burlas de Clinton, ni el rechazo masivo de estrellas de Hollywood lograron mermar la resilencia de un hombre que apretó el alambre hasta su punto máximo pero aquél nunca reventó. Los estadounidenses dieron la espalda a la que se autoproclamó a sí misma como la mejor opción, la más experimentada y mejor preparada, pero que su historia, su currículum y su moral fueron puestos en evidencia en más de una ocasión durante la campaña.
Donald Trump prepara ahora su ascenso a la Casa Blanca tras haberse impuesto en los comicios de este 8 de noviembre por 274 a 218 y sin necesidad de esperar a resultados de Arizona, Minnesota y Michigan. Estados Unidos y el mundo presencia el ascenso de un hombre a quien todos cuestionaron en sus posibilidades y en la duda estuvo el pecado. Por haberle dado la presidencia más importante del mundo a un megalómano y déspota sin precedentes, que Dios bendiga a América y que proteja al mundo. @hmorales_gt