La desaforada campaña electoral madrileña marcará tendencia

Personajes de los años 30 del siglo XX. / RR SS.
Personajes de los años 30 del siglo XX. / RR SS.

Se ha recuperado el imaginario de la guerra civil, el odio al contrario, provocando el efecto de la telebasura: es despreciada pero atrae la atención de millones de personas.

La desaforada campaña electoral madrileña marcará tendencia

Cuando Dante y Virgilio llegan al Infierno en la Divina Comedia, encuentran en la puerta una inscripción: “Abandonad toda esperanza al traspasarme”. Cinco de los candidatos a la Presidencia de la Comunidad de Madrid más los corifeos que les han acompañado probablemente no lean a los clásicos por lo que se han adentrado frívolamente en una espiral de descalificaciones y simplificaciones de la que sólo queda claro que no hay retroceso posible.

La campaña madrileña ha dejado una huella guerracivilista, construida con saña por unos y otros. Si Ayuso desde el primer día lanzó la consigna de “Libertad o comunismo”, luego edulcorada en la publicidad pero utilizada a diario, sus oponentes, bajo la dirección de Iglesias que siendo el último en llegar ha impuesto su estilo, contraatacaron con la disyuntiva “Democracia o fascismo”. Un poco de violencia simbólica en forma de cartas anónimas y algún incidente callejero terminaron de completar el cuadro que pretende retrotraernos a las vísperas de la contienda fratricida.

No habrá un conflicto semejante, por la misma razón que el comunismo no está preparando el asalto al Palacio de Invierno ni el fascismo se está adueñando de las calles ni de las instituciones. Es un juego frívolo de alusiones que trata de provocar asociaciones de imágenes y de conceptos para movilizar a electores descreídos. La memoria de la Historia, bien diferente de la memoria histórica, utilizada para suprimir matices, barrer a los indecisos y polarizar las pasiones. El único candidato que ha resistido dicho cántico, atándose como Ulises al mástil de la razón, es Edmundo Bal, de Ciudadanos y todas las encuestas entonan su responso fúnebre.

Para los tertulianos apesebrados, periodistas en nómina de los partidos, tuiteros y demás adictos a las redes sociales, el recuerdo de la extrema polarización del final de la Segunda República ha obrado el efecto de Pavlov, permitiéndoles segregar bilis más allá de cualquier asomo de decoro. Hemos visto a personas mesuradas afirmar barbaridades que nadie sensato puede creer. Es más que ni ellos mismos pueden creer. Un Ministro hablaba ayer de Madrid como una dictadura, escritores ponderados han escrito sobre “los veintiséis infernales años” que llevan soportando en Madrid, otra ministra exhibía una y otra vez una navaja pintarrajeada enviada por un enfermo psíquico para recrearse como víctima o heroína, cuando todos los medios informaban de los hechos. La candidata popular expresaba cada día alguna simpleza.

Pues bien, escuchemos a Dante que por algo lleva vivo siete siglos y perdamos toda esperanza de que la serenidad regrese a las campañas electorales. Las cada vez más próximas elecciones generales van a seguir por los mismos derroteros. La razón es muy simple, movilizan al electorado. Ocurre como con la telebasura, censurada por todas las personas pero seguida por millones de espectadores y objeto de comentarios constantes en los medios serios. Si las encuestas nos dicen que la mayor parte de la población rechaza o censura la actitud de los dirigentes políticos, la única forma de movilizar a los electores no es el discurso racional y contrastado, sino la apelación a emociones primarias como el odio a lo diferente, la caracterización del otro con todos los atributos del mal o el mensaje subliminal que recuerde los episodios más tenebrosos del pasado.

Aunque los hechos parezcan muy tóxicos, las consecuencias no son tan graves. Una parte muy importante de la vida social, económica y cultural se desarrolla al margen de las campañas electorales e incluso de los Gobiernos, cuya capacidad real de influencia es mucho menor de lo que tendemos a pensar. En especial cuando no hay mayorías de gobierno estables. Por ello las decisiones complejas se postergan en beneficio de políticas cortoplacistas pero visibles. Así ocurre también en los países de nuestro entorno.

El día 4  sabremos quién gobernará la Comunidad madrileña. Sea quien sea, sabemos que en mayo de 2023 habrá nuevas elecciones de forma que en los dos años restantes ninguna decisión transcendental e irreversible podrá ser adoptada por los vencedores. Ni la horda comunista asesinará en Paracuellos ni el fascismo quemará bibliotecas o fusilará contra las tapias. Quienes tantas barbaridades afirmaron regresarán a su rutina cotidiana, a la mesura correspondiente a personas civilizadas y dejarán para la próxima campaña el imaginario de los abuelos. No habrá sido en vano pues gracias a él la abstención se mantendrá en las cifras habituales. Por enfado, por resignación, a veces por convicción, millones de personas se acercarán a las urnas aunque abominen de la campaña, de la mediocridad de los dirigentes y de una política tan zafia. Veámoslo como un rasgo de civilización y disfrutemos con la lectura de Dante. @mundiario 

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