La derecha jurásica se aferra al cadáver político de Mariano Díaz de Vivar

El presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy.
El presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy.

Pretenden reconquistar España con un sucedáneo del Cid Campeador que, como todo el mundo sabe, ni siquiera pudo conservar Valencia cuando estaba políticamente vivo. Mariano no es precisamente Mio Cid: “polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga”.

La derecha jurásica se aferra al cadáver político de Mariano Díaz de Vivar

Rajoy, ahora mismo, es como el zombie a la intemperie de Alejandro Sanz. Le han expulsado del juego de tronos, le ha abandonado su desodorante político, tiene las suelas de sus zapatos impregnadas de mierda, con perdón, acumulada en el suelo y los pasillos de la casa en ruinas de Génova, 13 y, por perder, además de todo lo que se le ha ido quedando en el camino: millones de votos, decenas de escaños, la honra colectiva de su partido y la correspondiente alegoría de los barcos que por lo menos conservó aquel paisano suyo al que seguimos llamando Méndez Núñez, ha perdido hasta la Esperanza con mayúscula y la esperanza con minúscula, a ver si me entiendes, eso que siempre hemos dicho los pobres mortales que es lo último que se pierde. Lejos de mi la funesta manía de establecer odiosas comparaciones, oye. Pero sus últimos y desesperados días en el bunker, parecen talmente una versión democrática de aquellos últimos días de Hitler en su refugio blindado, no sé si te acuerdas, mientras ahí fuera se desmorona el imperio de la gaviota, como in illo témpore no quedó piedra sobre piedra de Berlín y del imperio del águila. Debe haber en España una derecha del siglo XXI, naturalmente. Lo que pasa es que no acabamos de verla, como en mi tierra y la del Presidente en funciones resulta imposible ver a las meigas, aunque todos intuimos que haber hainas.

Esa otra derecha que se asoma a los salones de nuestras casas a través de las ventanas de la “caja tonta”, con sus fósiles del jurásico, sus dóciles nuevas generaciones, sus jóvenes y sus jóvenas afectados de galopante vejez prematura, es tan zote, que todavía pretende tomar con él, o sea, con su cadáver, el palacio de verano, otoño, primavera e invierno de La Moncloa. Hombre, si, hay antecedentes en nuestra historia. Pero el más sonado es aquel del Cid y su entrada triunfal a título póstumo, precisamente en Valencia, ¡lagarto, lagarto!, donde los levantiscos ejércitos del Levante, comandados por Mónica Oltra, han tomado el poder y se han hecho inexpugnables con un elocuente, convincente y contundente grito de guerra: ¡Rita, Rita, Rita, lo que en las urnas se da en los despachos no se quita!

Rajoy en su guarida del lobo

Alguien debería decirle a la derecha invisible, a la derecha decente, a la derecha imprescindible para garantizar el derecho de un pueblo a decidir en qué encrucijada de la historia marca con su intermitente un giro al naciente o al poniente, al este o al oeste, que tiene que dar un paso al frente. Que ha llegado la hora de aplicar el raticida para acabar con la plaga de ratas que ha crecido, se ha multiplicado y ha extendido la epidemia de La Peste por los cuatro puntos cardinales de una ideología que, con errores y aciertos, con virtudes y defectos, como otras muchas, forma parte del catálogo democrático de fórmulas alternativas de convivencia entre los pueblos errantes del  occidente, míralos, que saben de dónde vienen, pero siguen buscando el camino, probablemente zigzagueante, sinuoso, todavía inescrutable, que les conduzca a donde sueñan poder llegar ¿De verdad no hay generales, oficiales, coroneles con un par de cosas, como Claus von Stauffenberg, dispuestos a diseñar un atentado incruento, político, en esa guarida del lobo donde el Marianismo sigue alargando una guerra perdida?

La cuestión no es si Podemos acabará pasando por España, sino si España acabará pasando por Podemos

Creo, como un oráculo subconsciente, que la España conservadora, la España socialdemócrata, la España centrífuga, la España centrípeta, las Españas mediáticas y mediatizadas, las Españas emergentes, las Españas sumergidas, incluso las Españas de los títeres, de las reinas magas, del humor negro online, de los poemas inspirados en las partes más íntimas de las vírgenes, debería pasar el acné en diferido de los movimientos antisistema, de los Pablos haciendo todavía su camino hacia Damasco, de los Pedros negando o poniendo en duda o quizá en peligro, dos, tres, las veces que hagan falta, el País, el Estado, la Nación en los que sus padres le trajeron al mundo.

¿Sarampión o cáncer…?

Porque, no nos engañemos, si la erupción de Podemos se cierra en falso, si lo aíslan en un apartheid propicio al victimismo con el dichoso “gran pacto”, incluso si le aplican, como último recurso, la quimioterapia paliativa y preventiva de una nueva convocatoria electoral, seguiremos con la mosca detrás de la oreja en las instituciones, en las calles, en las redes sociales, preguntándonos si ese bulto sospechoso y amoratado sociológico es un tumor maligno o benigno, si es simple sarampión o cáncer, si no habría sido mejor hacerle una biopsia, con luz y taquígrafos, mientras participaba en un cogobierno, que dejarlo en el exilio del ciberespacio, ajeno a las leyes de la gravedad,  y correr el riesgo de que penetre en nuestro sistema linfático nacional, la tele, los whatsapp, los tuit, ya sabes, todos esos medios de transporte tecnológico que garantizan el efecto multiplicador de las metástasis.

Personalmente, creo que Pablo Iglesias está madurando. Lo que pasa es que no sabremos si tiende a la madurez modelo Txipras o a la madurez modelo Nicolás, si no llega a prometer su cargo de Vicepresidente, por imperativo legal, naturalmente.

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