Cuatro días de incertidumbre: el apagón sigue sin explicación oficial

La falta de transparencia en torno al reciente colapso eléctrico pone en cuestión la madurez de un sistema que dice estar preparado para la transición energética, pero que aún no sabe explicar sus propios fallos.
Torres eléctricas. / Pixabay.
Torres eléctricas. / Pixabay.

El apagón que dejó sin luz a millones de personas en España y Portugal durante el pasado lunes no ha sido solo un problema técnico: ha sido, sobre todo, un severo golpe a la confianza en la robustez del sistema eléctrico ibérico. A pesar de la rápida recuperación del suministro —un mérito incuestionable de los operadores—, el desconcierto persiste, y la reacción del Gobierno evidencia que, más allá de lo ocurrido en los transformadores y redes de alta tensión, hay un problema de gobernanza, información y, quizá, de cultura de responsabilidad.

El Ministerio para la Transición Ecológica ha reclamado ahora una segunda remesa de información a las compañías eléctricas implicadas. No le basta con los informes iniciales. Según fuentes oficiales, faltan datos críticos para reconstruir con precisión qué ocurrió antes y después de que, a las 12:33, el sistema colapsara. Que cuatro días después del apagón el Ejecutivo aún esté recogiendo piezas del puzle no es precisamente tranquilizador.

Todo apunta a que el origen del problema no está tanto en un fallo puntual como en una cadena de vulnerabilidades interconectadas: una creciente dependencia de fuentes renovables, una arquitectura de red exigida al límite y una escasa cultura de anticipación ante situaciones límite. La excusa de Red Eléctrica de España (REE), que aludió a la inestabilidad inherente de las energías limpias, no ha gustado en Moncloa. Y no sin razón: si las renovables se desconectan ante la inestabilidad, la pregunta no es por qué se cortó la luz, sino por qué se sigue vendiendo el discurso de una red moderna y resiliente.

La creación urgente de comités técnicos, tanto a nivel nacional como europeo, añade otra capa de complejidad. ENTSO-E, la red europea de operadores eléctricos, también ha iniciado su propia investigación. Lo hará con expertos independientes que no participaron directamente en la gestión de la crisis, una señal inequívoca de que se busca objetividad y no un informe complaciente. Aun así, cabe preguntarse por qué se ha tardado tanto en activar estos protocolos y si no se podría haber anticipado un evento de esta magnitud.

Los elogios que ha recibido REE por la rapidez en la recuperación del servicio no pueden ocultar el fondo del problema. Se restableció la electricidad, sí, pero no se ha restablecido la credibilidad. Porque si bien el mérito operativo es evidente, la opacidad informativa y la falta de explicaciones convincentes han dejado una sensación de improvisación preocupante. ¿Cómo se puede confiar en un sistema que no sabe explicar sus propios fallos?

El Gobierno ha reaccionado tarde, pero con contundencia. Pedro Sánchez activó el Consejo de Seguridad Nacional y anunció que se depurarán responsabilidades. En paralelo, la vicepresidenta Sara Aagesen lidera un comité de análisis con participación de organismos como la CNMC. Su reunión con la ministra portuguesa del ramo, Maria da Graça Carvalho, busca coordinar una respuesta conjunta, aunque la colaboración transfronteriza no basta para disipar las dudas que planean sobre el futuro del sistema eléctrico ibérico.

El apagón ha servido de recordatorio brutal: en plena transición energética, los sistemas no solo deben ser más limpios, sino también más estables, transparentes y responsables. De nada sirve presumir de liderazgo climático si no se puede garantizar lo básico: que la luz no se apague sin explicación. Y si lo hace, que haya mecanismos eficaces, ágiles y veraces para responder.

Porque lo que está en juego no es solo la reputación de una compañía o la eficacia de un ministerio. Lo que se pone en tela de juicio es la credibilidad de todo un modelo energético que, en teoría, debe ser el motor de un nuevo país más sostenible, más digital y más autónomo. Y que, en la práctica, aún se tambalea cuando falla un eslabón.

La ciudadanía merece algo más que comunicados técnicos y promesas de comisiones. Merece saber, con claridad y sin eufemismos, por qué ocurrió el mayor apagón en décadas. Y sobre todo, merece garantías de que no volverá a repetirse por culpa de la dejadez, la falta de previsión o el exceso de complacencia de quienes gestionan una infraestructura crítica para la vida moderna. Porque una red eléctrica moderna no puede vivir de milagros, ni sus gestores, de excusas. @mundiario

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