Crisis de los refugiados: demasiado corazón y muy poca cabeza

Esta oleada de bondad global, de macrobonhomía, de ¡tor mundo es bueno!, en mi humilde opinión, puede condenar a Oriente Medio y África a ser un erial democrático, un desierto de derechos humanos, durante un horror de siglos.

Crisis de los refugiados: demasiado corazón y muy poca cabeza

El mejor antídoto contra la mala conciencia personal, ¡tantos millones de malas conciencias personales e intransferibles!, consiste en sentirse partícipe de un brote colectivo de buena conciencia. Estamos inventando la bondad global, la macrobonhomía, el ¡to er mundo es bueno!, para paliar las cifras micro de densidad de hijos de p. por metro cuadrado de geografía española, con todos los respetos para las madres de todos, incluida la mía, claro, que son o eran unas santas. Nos vienen como Dios los presos de Guantánamo, las víctimas de las preferentes, los investigados por corrupción, los infectados de Ébola, los sonados filicidios, las víctimas de catástrofes evitables o inevitables, el repugnante hedor de la usura bancaria, del IBEX 35 y de los nuevos vampiros que han abandonado el tradicional mono de sangre y se han hecho adictos a chuparnos el dinero. Nos vienen como Dios, ya digo, porque nos permiten ir por ahí rasgándonos las vestiduras por las calles, en las redes sociales, frente a las cámara de televisión que expanden la idea de una sociedad sana, altruista, empática que, con hermosas y honrosas excepciones, la formamos seres de carne y hueso por los que ni ellos por mí ni yo por ellos, dicho sea sin ánimo de ofender, pondríamos la mano en el fuego. 

Los refugiados invisibles

Me siento incómodo en ese club en el que admiten a tipos como yo, como la mayoría de ustedes, ¡no se hagan ilusiones!, a los que nos mueven las bajas pasiones de algunos, de muchos o de todos los llamados pecados capitales. Diseño estas líneas mientras estoy sentado en la terraza de una cafetería, frente a un café humeante y al lado de un fulano que contempla asqueado las fotos de esos hinchas bastardos del PSV humillando a excluidos rumanos en la Plaza Mayor de Madrid. Entre sorbo y sorbo de zumo de naranja y de café y ávidos mordiscos a un tentador croissant a la plancha, va aumentando su grado de indignación hasta que su onda expansiva alcanza mi fibra sensible: ¿cómo los seres humanos pueden, podemos caer tan bajo? Y, entonces, en pleno éxtasis de comunión con un semejante, pasa un excluido autóctono, se detiene frente a la mesa de mi anónimo héroe del día, extiende su temblorosa mano mientras murmura lamentos ininteligibles y, no es que no reciba una pequeña ayuda pecuniaria, unas palabras de consuelo, tan siquiera unos segundos de atención tras días y noches hablándole a la nada y aullándole a la luna, es que ni siquiera recibe una mirada, oye. Es un ser invisible. Otro más entre los ciento y pico de millones de europeos autóctonos, refugiados de la crisis, que pierden cada día la batalla entre la cruda realidad de carne y hueso y la cocinada realidad de las fotos estáticas y las imágenes animadas de las factorías de sueños y pesadillas mediáticas.

Si no sales en las fotos, en los acongojantes reportajes televisivos; si no te mereces que los medios de comunicación trasladen a un enviado especial para retrasmitir y glosar tu tragedia personal o compartida, no eres nadie, no existes, no contribuyes a elevar los índices de audiencia y las solidarias respuestas, minoritarias o masivas, de una sociedad cuya conciencia ha caído en el mimetismo al papel de periódico, al bombo y platillo de las redes sociales y al irresistible influjo de la teles. Escribo este arriesgado artículo, sin ningún temor a caer en lo políticamente incorrecto. Me lo pide el cuerpo, Director. Hace tiempo que la náusea de Sartre navega por mis venas, y me producen más arcadas las anónimas imágenes que se omiten que las dramáticas imágenes que se divulgan, chiquillos con sus vidas varadas para siempre en la orilla de una playa, refugiados huyendo de una guerra, seres humanos jugándose la vida o la muerte en una patera, un cayuco, con rumbo hacia un sueño inventado, impredecible, degenerado, sobrevalorado, trucado y, probablemente desahuciado al que llamamos Occidente.

El precio de acallar nuestras conciencias

Claro que hay que acoger y cobijar a los refugiados. Es una más entre las fórmulas infalibles para sentirnos mejores como colectivo humano y mitigar las inconfesables miserias personales que arrastramos centenares de millones de cínicos e hipócritas seres megacivilizados de ese lugar llamado Europa. Pero el precio de esa bondad al por mayor, de la solidaridad irreflexiva, de la soberbia de conjugar el verbo solucionar en presente sin otear el horizonte del futuro, puede ser dejar el Medio Oriente sin medio-orientales, y África sin africanos, y despóticas, infernales, fanáticas y vitalicias dictaduras sin masas críticas de ciudadanos capaces de hacer todas las revoluciones pendientes que quedan por esos pagos para que algún día, algún siglo de los próximos, puedan hacer todas las revoluciones pendientes que les faltan para conquistar la democracia. Que no es la panacea, naturalmente, pero es el menos malo de los sistemas políticos.

No, de verdad, estamos acogiendo a lo más preparado, a lo más granado, a lo mejor de cada casa, de cada país de ahí abajo donde ni existen ni se esperan los derechos humanos, y hemos incurrido en el error, ¡qué inmenso error!, de tranquilizar nuestras conciencias intentando aportar pan, techo, esperanza para hoy a los que han podido pagar y pedir refugio, a riesgo de condenar al hambre, la intemperie y la desesperación, durante siglos , a los que no pueden pagar, solicitar, ni siquiera soñar con alcanzar las orillas nanidosas y decadentes de Occidente.

Cómplices de la fuga de cerebros del Medio-Oriente y de África

Como decía Serrat, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Y si Europa, in illo témpore, con sus guerras, sus hambrunas, sus pestes, sus revoluciones, sus rebeliones de las masas, hubiese ido perdiendo tantos cerebros como los respectivos países de origen de los conmovedores refugiados, dudo mucho que ahora fuésemos un deseado continente de acogida, sino más bien un infernal pedazo de tierra del planeta al que sólo migrarían los pájaros que visitan al psiquiatra.

Sé que es duro, pero nunca como en esta ocasión ha sido más necesario resistir la tentación de dar peces, en vez de afrontar la complicación de enseñar a los pueblos de esos países a pescar las escurridizas ballenas blancas de la libertad, la justicia y la democracia. Cierto es, señores del jurado, que la UE pretende sacarse este marrón de encima alquilando a Turquía como sutil sucedáneo de un campo de concentración. Pero, los europeos, que somos tan buenos chicos, pretendemos sacudirnos ese peso de nuestras conciencias por la vía rápida, estéril y cómoda de abrir de par en par nuestras fronteras. No deja de ser pura terapia de grupo y la extensión de una receta de fármacos de efecto placebo.

Crisis de los refugiados: demasiado corazón y muy poca cabeza
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