¿Crisis de la democracia latinoamericana?
Algunos autores han asegurado que la democracia atraviesa una crisis que data ya de algunas décadas; otros, renuentes a esa idea, indican que no existe tal crisis, sino que los preceptos democráticos no han sido entendidos ni aplicados como es debido.
Cuando se habla de una crisis de la democracia, para explicarla, aunque sea someramente, es inevitable remitirse a las características de esta y a la delimitación geográfica en la cual dicha crisis pueda estar teniendo lugar, en virtud de que (a pesar de que, el concepto democracia, en el marco de las ciencias sociales, debe ser visto como un todo en función de aquello que implica), en la práctica no es lo mismo hablar de una crisis de la democracia en alguno de los países miembros de la Unión Europea (por ejemplo) que en un país latinoamericano, muy a pesar de que la democracia, como la percibimos y como la hemos “aceptado” hoy día, debe ser vista sencillamente como democracia, no como otra cosa, muy a pesar del nivel de “desarrollo democrático” que haya alcanzado un Estado u otro. De esa cuenta, usualmente se habla de la democracia de un Estado en particular, o de un grupo de países, o incluso de un continente, para tener así, de alguna manera, una suerte de parámetros de comparación dado que en la práctica y por diferentes razones, sería absurdo hablar en términos de igualdad o uniformidad (democrática) a nivel global. En ese sentido, es necesario hacer ver que la democracia está ligada directa e inevitablemente a la política, a la política en la práctica de los Estados, y a ese ejercicio de poder que puede diferir de acuerdo a determinadas circunstancias de temporalidad, espacio, recursos, tendencias, etc.
Algunos autores han asegurado que la democracia (contemporánea, por adjetivarla adicionalmente de alguna manera) viene atravesando una crisis que data ya de algunas décadas atrás, independientemente de las razones o causas que la motiven; otros, por el contrario, renuentes a esa idea, indican que no existe tal crisis, sino que sencillamente los preceptos democráticos no han sido entendidos y por lo tanto tampoco han sido aplicados como es debido (¿?)… Yo, en lo personal, me inclino a creer que el principio democrático de las mayorías, que en teoría debe dar sustento al sistema, sencillamente no ha podido fundamentar lo que debiera ser un verdadero sistema democrático en la práctica (democracia ideal versus democracia real), hecho que a la vez crea desconfianza e incertidumbre en los ciudadanos, quienes manifiestan dicha desconfianza y descontento de diversas maneras que pueden ir desde el abstencionismo en las urnas (democracia meramente procedimental), hasta manifestaciones masivas en las calles como se ha observado recientemente en distintas partes del mundo. En América Latina, los ejemplos están a la vista: Venezuela, Paraguay, Ecuador, Brasil, México, Guatemala (y hasta Estados Unidos), han enfrentado recientes muestras de descontento popular que se constituyen en puntos de análisis importantísimos para el estudio de esa llamada “crisis de la democracia latinoamericana”, en la cual, por supuesto, también habría que analizar otros elementos y nuevos actores que, en la práctica, se han ido sumando inadvertidamente al juego político.
Es innegable que el asunto va más allá de lo puramente teórico o inclusive retórico. Y en ese sentido, es importante apuntar que la llamada crisis de la democracia no es exclusiva de América Latina
Es innegable que el asunto va más allá de lo puramente teórico o inclusive retórico. Y en ese sentido, es importante apuntar que la llamada crisis de la democracia no es exclusiva de América Latina, puesto que también en otras latitudes se han visto fenómenos que ponen en entredicho el hecho de que la democracia, de acuerdo a la teoría vigente, sea un asunto ya consolidado y fortalecido (independientemente de dónde eso se dé). Sin embargo, por aquí y por allá, el término democracia es utilizado como caballito de batalla, tanto por políticos en ejercicio, como por aquellos que desean acceder al poder, y que encuentran en su utilización una bonita forma de hablar acerca de aquello que muchas veces les es inclusive ajeno. Es evidente, además, el descontento que se ha evidenciado en distintos países con respecto a “esas formas tan particulares” de poner en práctica la democracia, y que han degenerado a tal grado, que han llegado a exacerbar los sentimientos de frustración y descontento ciudadano que ponen de manifiesto, reiteradamente, el incumplimiento de las expectativas de grupos sociales cada vez más amplios y disímiles. Eso, al mismo tiempo, se constituye en un riesgo considerablemente alto y negativo, en virtud de que propicia el aparecimiento de actores políticos cuya capacidad de gobernar o ejercer cargos públicos, o cuyas intenciones personales o sectoriales van en una dirección contraria a lo que ofrecen o a lo que la ciudadanía espera o necesita.
¿A que obedecen las crisis de este tipo entonces? Razones o motivos pueden haber muchos, no obstante, sería importante y necesario reflexionar (por muy contradictorio que parezca) en torno a qué tipo de democracia necesita América Latina, ¿una democracia puramente procedimental que únicamente permita elegir gobernantes cada cierto tiempo, como pareciera estar sucediendo? ¿O una en la que verdaderamente se busque el cumplimiento del concepto basado en el bien común y en el que se indica que la soberanía radica en el pueblo? Si el caso fuera el segundo, la participación ciudadana tendría que ir más allá de solamente acercarse a las urnas para (por ejemplo) votar no por un candidato, sino en contra de otro, ya que ello no solamente refleja descontento y frustración popular —como ya se apuntó—, sino que también demuestra desconocimiento del sistema (democrático) del cual se forma parte. Surge aquí, por lo consiguiente, una nueva pregunta que reviste igualmente gran importancia aunque parezca una cuestión insulsa o necia: ¿cómo se cambia esa nefasta dinámica en países como los de América Latina (aunque insisto, no con exclusividad), si eso va a depender de múltiples factores que en gran medida tienen su origen en intereses particulares o sectoriales en juego? La respuesta, a pesar de que puede llegar a ser muy obvia, puede también ser muy escurridiza... Dejo la interrogante por aquí, por si acaso.