Entre el confuso beso de Munch y el nuevo y vivo retrato de Dorian Gray

Pablo Iglesias besa a Xavier Domenech. / TVE
Pablo Iglesias besa a Xavier Domenech. / TVE

Estos traslúcidos, pálidos y fríos chicos y chicas de Podemos, no parece que hayan salido de la Facultad de Políticas, sino talmente de la saga de Crepúsculo. Aparentan ser treintañeros, pero se comportan como si llevasen siglos y siglos errando por la historia.

Entre el confuso beso de Munch y el nuevo y vivo retrato de Dorian Gray

Ya le parecían, a un servidor, seres excesivamente traslúcidos, permanentemente pálidos, absolutamente fríos, como los icebergs que se desgajan del Polo y flotan a la deriva en el Atlántico Norte a la caza y captura de otro Titanic. Habían ido pasando por las tertulias uno a uno, de los machos alfa y las hembras ídem a sucesivos ejemplares beta, gamma, delta, épsilon y así de la manada y, a medida que iban colocando sus mantras, sus argumentarios clónicos, su mesiánico Nuevo Testamento con promesas de milagros de los panes y los peces incluidas, me encontraba de repente sólo ante las pantallas de la “cajas bobas” haciéndome preguntas más inquietantes que esas que nos lanza de vez en cuando Iker Jiménez: ¿de verdad esos chicos y esas chicas tienen la poca edad que aparentan? ¿Verdaderamente son tan inmutables, tan desapasionados, tan inánimes, tan paradigmáticos mamíferos de sangre fría y lengua viperina?

Para mí que estos chicos no han salido de la Facultad de Políticas de Madrid, oye, como indican sus biografías, sino talmente de la noche de los tiempos donde se forjan esas sagas de hombres-lobo y vampiros que, últimamente,  han expandido su irresistible influjo de la Luna Nueva por la geografía física, química y online que acoge a las bandadas migratorias de los dulces pájaros de juventud. O eso, o que han adoptado el look físico y político de los célebres personajes de la aditiva saga de Crepúsculo, a ver si me entiendes, teniendo en cuenta su productiva propensión a adherirse, como garrapatas, a todo lo que mola.  

Cierto olor a naftalina, a formol, a ideología momificada

 Ha sido escuchar la intervención de Pablo Iglesias en el transcurso de la frustrada y frustrante Sesión de Investidura y, oye, de verdad, me ha invadido, no sé si con razón o sin ella, un empático sentimiento de compasión. Con Pablo, ¡pobre joven viejo!, es que me sucede lo mismo que cuando releo la triste historia del Conde Drácula que inmortalizó Bram Stocker. Todo me huele a naftalina, a formol, a ideología momificada entre telarañas de esas que se forman en el alma de los seres que han errado durante siglos a través de la historia. Si menciona a Maquiavelo, no me da la sensación de estar contemplando a un prepotente politólogo contemporáneo ilustrando a sus Señorías sobre La Mandragora o El Príncipe, sino a la reencarnación cutre del amanuense de aquel filósofo florentino. Si alude a la Rendición de Breda , qué quieres que te diga, rebusco inmediatamente en el cuadro de El Greco convencido de que va a aparecer su rostro, su coleta, infiltrado de okupa entre los rendidores o los rendidos. Si saca a colación a César Borgia, se me antoja el mismísimo fantasma del lacayo fiel que derramó in situ el veneno mortal en la copa del malogrado hermano de la célebre Lucrecia.

¡Pobres jóvenes viejos translúcidos, pálidos, fríos…!

Con todos los respetos y haciendo uso del derecho a la libertad de expresión que se ha ido encaramando al primer puesto del Top Ten entre los derechos humanos, yo creo que Pablo ha estado de mirón en todos esos sitios, en todos esos momentos, haciendo un largo y tortuoso viaje desde el pasado al futuro. No lo puedo evitar. Este señor me resulta intemporal, incorpóreo, inanimado. Un tipo que ha estado en todas partes y no está en ninguna. Un eterno testigo de cargo de los Gal y la cal viva, de la guerra civil española, de aquel dramático alba, al Alba, al Alba, que acabó inspirando a Luis Eduardo Aute en 1978, el año en que aseguran, allá ellos, que este chico se estaba gestando en las entrañas de su madre.  Yo creo que Pablo tiene mil años, aunque aparenta 35. Es lo mismo que me pasa con Errejón, con Carolina Bescansa, con Monedero, con todos esos jóvenes traslúcidos, pálidos, fríos a los que, de vez en cuando, sólo de vez en cuando, siempre que no están a tiro de cámara, claro, se les inyectan los ojos en sangre y de ira. ¡Pobres chicos viejos!, repito. Tienen más años que los restos de Miguel de Cervantes, pero mucha menos pasión que el inmortal e Ingenioso Hidalgo de La Mancha.

Ahí los tienes, míralos, intentando provocar el hundimiento del Titanic Popular, un crepúsculo en el PSOE, un eclipse de Ciudadanos, un botellón de Bloody Marys con la sangre caliente de los jóvenes siervos (los rebeldes con causa, los rebeldes sin ella), que han ido hipnotizando en las redes sociales donde les resulta tan sencillo no dar el cante cuando no salen reflejados en los espejos. Si esos chicos y esas chicas hubiesen pasado por delante de Mario Benedetti, habrían malogrado uno de los versos más esperanzadores de su desesperada esperanzada poesía: “los jóvenes son jóvenes de un modo irrefutable” Porque están viejos, ajados, acartonados, como si hubiesen sobrevivido durante siglos con sucesivos trasplantes de corazón al compás de lacónicos latidos de sofisticados ingenios mecánicos.

Manu Chao, Munch, Marx y Dorian Gray

Por cierto, este milenario Pablo, “me gusta Malasaña, me gustas tú”, le ha recomendado al bisoño Albert Rivera que escuche a Manu Chao. Hombre, ya puestos a repasar su discografía, no estaría mal que sus señorías, incluidos/as las de Podemos, escuchasen otra oportuna composición de tan prolífico autor: Mentira. O sea, una crónica de lo que ocurrió el otro día en el Congreso de los Diputados.

Pero, bueno, a lo que íbamos. Que cogí los periódicos la mañana del día después de que sus Señorías hubiesen convertido el hemiciclo en el camarote de los hermanos Marx, y salía en las portadas un señor que se parecía un horror a Pablo Iglesias, ese chico que acababa de emular el confuso y difuso beso de Munch con la inapreciable colaboración de Xavier Domenech. Hasta que me puse las gafas de ver, oye, y caí en la cuenta de que, en realidad, estaba delante de un nuevo y vivo retrato de Dorian Gray.

Entre el confuso beso de Munch y el nuevo y vivo retrato de Dorian Gray
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