Esos coches oficiales sin vistas

Un vehículo oficial. / RR SS
Un vehículo oficial. / RR SS

Hace años ya que ni siquiera giro la cabeza cuando veo pasar un coche oficial. Me da exactamente igual quién va sentado en los asientos de atrás. Me la refanfinfla si procede de La Zarzuela, de La Moncloa o de cualquier “moncloita” autonómica. Pasan, y dejan en los aires de España la frustración de un viaje más a ninguna parte.

Esos coches oficiales sin vistas

A través de las ventanillas opacas de un coche oficial, no se ve la vida. En su interior va un “elegido” local, autonómico, estatal, al que un Consejo de Ministros, una comparecencia ante El Congreso, un imprevisto internacional, una vulgar rueda de prensa, a veces, una gilipollez, cualquiera de esos “árboles” de cartón piedra, de quita y pon, que conforman el pretencioso decorado de los dichosos tres Poderes, no le permiten ver el bosque donde viven o mueren, ríen o lloran, se comportan o delinquen, mastican o anhelan el pan suyo, el pan nuestro de cada día, esos seres anónimos a los que se refieren cuando pronuncian enfáticamente la palabra ciudadano.

A través de las ventanillas de un coche oficial, insisto, no se repara en los mayores que se marchitan en las residencias, en los chiquillos que padecen bullying en las escuelas, en las mujeres y hombres que hacen un milagro cotidiano con el par de últimos hallazgos de sus despensas vacías. Todo eso son insignificancias que publican al día siguiente los periódicos, que recogen los informes estadísticos y utilizan los respectivos gabinetes como munición de salva en las confrontaciones entre los que mandan y los que aspiran a mandar.

No, de verdad, a sus ocupantes y ocupantas les pasan inadvertidos esos seres anónimos, ustedes y yo, que solo cada cuatro años, y durante 19 días y muchas menos noches que Sabina, se afanan en no olvidarnos para que no les olvidemos. Solo en su imaginación, si la tienen, claro, y como excepción que confirma la regla, pueden intentar un sucedáneo de empatía con compatriotas “sin techo” sobre sus cabezas, sin hogar para sus almas y sin esperanza para sus sueños.

Los coches oficiales, no nos engañemos, mantienen desactivados sus intermitentes a la izquierda o a la derecha, ¿qué más da?, y acaban convirtiéndose en vehículos teledirigidos por un GPS que solo marca las rutas más cortas, más sinuosas, más implacables, más cínicas, más demagógicas, de cualquiera de los destinos que aguardan a sus viajeros en las laderas, en los primeros tramos, a poca distancia de la cima o en las mismísimas cumbres de cualquiera de los Montes Olimpo donde se aprueban las leyes, se firman los decretos, se dictan las sentencias, se fabrican las mentiras, se ocultan las verdades y se trazan los destinos de los insignificantes mortales.

Dioses mitológicos; mortales endiosados

Hombre, por lo menos a las divinidades de antes, las mitológicas, sencillamente se las asumía, no ocupaban palacios, no necesitaban guardaespaldas, no exigían flotas de cochazos blindados, no disponían de BOE, gabinetes, asesores, Agencias Tributarias, Falcon, Consejos de Ministros y demás instrumentos de agravios comparativos y de tortura pendiendo como espadas de Damocles sobre la gente corriente, the ordinary people. Pero, chico, es que a estos de ahora los elegimos voluntariamente, les permitimos que ordeñen a su antojo nuestras cuentas corrientes, esperamos de ellos que los vientos nos soplen propicios pero, si naufragamos, asunto inevitable y altamente contagioso antes y después de alcanzar la anhelada inmunidad de rebaño, hay que soportarlos y sufrirlos sin la esperanza in extremis de una UCI sociológica, socio-económica, que nos permita resistir hasta que otra falsa vacuna electoral, con los mismos u alternativos aspirantes a okupas de coches oficiales, nos permita imaginarnos que cualquier tiempo futuro puede ser mejor.

Y luego, otra cosa, colega. Que a aquellos invisibles dioses mitológicos se les contentaba sacrificando un cordero y se les veía venir consultando a los augures, hígados de las ocas, vuelos de las aves, cosas así. Pero es que, a estos visibles de ahora, solo se les contenta con más IVA, más cuotas, más impuestos, más pobreza y, verlos venir, o sea, de dónde vienen y a dónde nos llevan, no es que sea un acto de fe, es que es talmente una temeridad solo comparable a dormir tranquilo tras una comparecencia de Fernando Simón.

Hace poco tiempo, un guiri, con el que compartía una habitación de hospital, solicitó mi opinión sobre las últimas cuatro décadas y pico de la España neo- constitucional. Intenté ser lo más conciso posible: “Por las calles, los coches oficiales han pasado demasiado rápido, han derrapado en demasiadas curvas y les han fallado demasiadas veces los frenos”.

– ¿Y en las casas...?

– “En las casas, legislatura tras legislatura, verás, había, hay y seguirá habiendo españoles/as progresistas, conservadores, nacionalistas, de toda edad, de toda condición, de toda ideología, dándose con la cabeza en la pared y repitiendo, generación tras generación, dos tipos de lamentos: O, ¡soy tonto, yo también os he votado! O ¡soy tonto, os he vuelto a votar!

Los coches oficiales de España llevan 42 años haciendo viajes a ninguna parte. Debe ser, digo yo, porque sus ocupantes están demasiado obsesionados con el pasado que se refleja en el retrovisor y no reparan en el incierto futuro que, año tras año, nos auguran sus parabrisas. @mundiario

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