Los casco azules y África

Manos. / Pixabay
Manos. / Pixabay

Por ahora, me quedo con la obra del señor Hilario. Ese hombre negro que tuvo la suerte de sudar otras aldeas. Mi brindis y admiración por él y todos los que como él puedan ser y actuar.

Los casco azules y África

El señor Hilario es alto. De edad incierta. Delgado pero extremadamente musculoso. Grácil. Atento, con ramalazos de esa autoridad necesaria a la hora de ordenar la posición de la mercancía a tratar. Siempre dispuesto a su faena antes de que ésta comience. Ropa formalmente informal para el curre que le ha tocado y que agradece sin estridencias. Mono completo, peto atravesado, color grisáceo, lamparones aceitosos y manchas oscuras de agua recién chorreada que se disipan con los primeros rayos solares. Camiseta de color indefinible con leyenda indescifrable. Gorra con visera delantera y emblema de ‘Los Yankees’. Guantes gruesos, toscos e impermeables cubriendo ambas manos, de color amarillento manchado con franjas gruesas oscuras en los laterales externos. Agarra con ambas manos dos o tres bayetas; otras más disimuladas asoman por los bolsillos. Botas katiuskas negras hasta las rodillas.

Echa un vistazo de va y ven al cachivache que has colocado justo detrás del que se está bregando, sin dejar por ello ni un segundo de currárselo, indicándote con movimiento ocular dónde es mejor colocarlo para emprender el trajín, sin pausa.

La cascada de cacharros se hace más larga al paso de los minutos y la solanera menos benévola. ¡Ya es tu turno!

El señor Hilario se dirige a tus aposentos con sonrisa amplia, dentadura nívea y movimientos rotatorios de mano derecha, reiterativos, de delante a atrás en semicirculos, indicando que bajes el cristal. Cumpliendo sus órdenes, te advierte - con voz en tesitura semiaguda, timbre claro, y acento cuya procedencia no acabas de descubrir - que «Son seis euros».

¿Y bien? – le respondes-. «Señor, lo digo porque hasta anteayer solo eran cuatro y medio; han puesto una máquina nueva y ahora cuesta más. Que no quiero tener problemas cuando termine el trabajo y tenga que cobrarle» - me contesta, sin esfumar esa franca sonrisa que enriquece a quien la recibe sin empobrecer a quien la ofrece, que puede durar un segundo pero cuyo recuerdo, a veces, nunca se borrará-.

El señor Hilario es un impecable artista de su oficio; además de cortés, cumplido, educado, solícito, y servicial, sin asomo alguno del mínimo servilismo. Y te deja el coche hecho un verdadero jaspe. Tanto que te convida a guardarlo inmediatamente en el garaje, con un envoltorio sin resquicio zalamero al traicionero polvo que pueda macular ni un ápice tan magnífica obra de artesanía pura. Me bajo del coche por el solo deleite de ver cómo lo faena. 

El señor Hilario es todo eso – y mucho más quizá- pero tiene una característica inolvidable: ¡Es negro!

Negro como el tizón. De piel seca y lisa, sin brillo que la acompañe. Las gotas de sudor que cubren su frente y sus mejillas sí que pueden ser llamadas perlas, ya que es lo único que le refulge con el Sol.

Él sigue ‘dale que te pego’ con los cristales, los retrovisores y secando las partes de chapa que no secó la máquina de rodillos. De reojo mira el resto de la cola que espera, sin cejar por ello en su empeño, cumpliendo con el deber encomendado por sus patronos. Y por sus clientes. Y por él mismo por aquello de la “obra bien hecha”.

En una indiscreción por mi parte le pregunto de dónde es. De la Republica Centroafricana, contesta. Lindando con Chad.

Deja el coche cual patena y me acepta, con sonrisa más amplia si cabe, una discreta propina.

Me sonaban de lejos ambos países, de los medios informativos; y poco más. Me pongo a investigar en el mapamundi. 4,4 millones de habitantes en 620.000 Km cuadrados. Inmensamente rica en uranio, petróleo, oro y diamantes. Con un “Índice de Desarrollo Humano” del 0.350, es decir, el penúltimo país más pobre del mundo.

Un País atiborrado de “cascos azules” - para tratar de imprimir cordura y resguardar esos Derechos Humanos que… ¡de algo les suenan! , a la par que cuidar el mucho de uranio, diamantes, oro y petróleo de los que rebosa - y unos cuantos personajes, negros como el tizón, de piel seca y mate, en los que lo único que refulge bajo el Sol son las gotas de sudor y alguna que otra lágrima furtiva. O eso dicen que se dice.

País el del señor Hilario que tiene sus más y sus menos , con una inmensa propensión al menos . Según fuentes bien informadas y que me informan (una querida y admirada compañera de oficio y hospital ‘se tiró al monte’ y marchó a tierras vecinas a las del señor Hilario con “Médicos sin Fronteras” me acaba de poner al loro), lo que parece que hacen extremadamente bien estos “cascos azules” es regalar supuesta protección y recoger inmensa ‘podedumbre’; al menos en un nada desdeñable número de ellos.

Según mi compañera y todo su equipo (avalado por un programa matutino de la SER ), sin contar la hambruna ni la falta de agua y medicamentos, más de un 60 % de tales “cascos azules”, dependientes y a las órdenes de las Naciones Unidas, el «Estupro» es la moneda más ampliamente empleada por tales encascados de celeste. En su más amplio sentido de “delito consistente en tener una relación sexual con una persona menor de edad, valiéndose del engaño o de la superioridad que se tiene sobre ella”. Con las más peregrinas justificaciones a tales desmanes por parte de los responsables de la Naciones Unidas al efecto. Este maldito tufo resulta inacabable y no es patrimonio único de la eclesiastía.

Pero esto es otra historia –demasiado tapada y consentida – de la que será preciso escribir, aunque solo sea por lavar conciencias que nacieron ya sucias, bien por desconocimiento o por inacción. Que ambas pecan.

Por ahora, me quedo con la obra del señor Hilario. Ese hombre negro que tuvo la suerte de sudar otras aldeas. Mi brindis y admiración por él y todos los que como él puedan ser y actuar.

Y me vuelvo a los acostumbrados asuntos importantes, cotidianos y estúpidos hasta la desazón que campean por mi pueblo.

A los pucherazos estadísticamente demostrados, a las sonrisas sardónicamente maquiavélicas, con una rosa naranja en la mano izquierda vestida de celofán para que no la desguace cualquier gaviota despistada; a los pactos acomodaticios, y… a la santa madre que nos parió.

Que para eso somos la cuarta potencia europea y un verdadero “Estado de Bienestar”. Aunque las maliciosas y equívocas estadísticas de “Amnistía Internacional”, arrojen  cifras rondantes al 30 % de pobreza infantil española: Ya sabemos - y a base de bien - cómo se las gastan y confunden las jodías.

¿Será por prestigio y chulería con quien compararnos? ¡Vamos anda! ¡Pa chulos nosotros!

Que los negritos tizones, las casqueras índigas y los adolescentes manoseados ya dan bastante el follón…y no será para tanto. ¡No será para tanto!

Los casco azules y África
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