¿Asumirá la Unión Europea su propio protagonismo tras la guerra de Putin?

Banderas de Europa. / Mundiario
Banderas de Europa. / Mundiario
Toda guerra es abominable -y seguro que evitable-, menos la guerra claramente defensiva, cuando se demuestre que no hay otra opción que recurrir a ella. Y en ese caso estamos.
¿Asumirá la Unión Europea su propio protagonismo tras la guerra de Putin?

Vladimir Putin fue un regalo envenenado que nos dejó al último día de 1999 el grotesco personaje Boris Yetsin, que en 1991 había logrado boicotear la sosegada transición política y económica de la Unión Soviética, que desde antes de 1986 había puesto en marcha Mijaíl Gorbachov: con errores iniciales -sobre todo económicos-, y con aciertos, que permitieron un proceso de reformas, que pretendían una transición que transformara el antiguo régimen soviético en un país homologable a un Estado Social y Democrático de Derecho.

Abierto a la negociación con Europa, y con Occidente en general, Mijaíl Gorbachov puede ser considerado uno de los principales protagonistas -si no su mayor impulsor- del final de la guerra fría. Algo que le valió un premio Nobel de la Paz, pero que le acarreó los recelos de los nostálgicos del comunismo soviético, al igual que el de toda una gama de conservadores, soviéticos y del resto del mundo, incluidos entre ellos los más destacados neoliberales -especialmente de Estados Unidos- a quienes se sumó fervientemente Yeltsin, que logró (me gustaría conocer con detalle apoyado por qué poderes fácticos internacionales) sacar del poder a Gorbachov en 1991.

Aparte de su alianza con el ejército y su asalto al Parlamento (la “Casa Blanca”), y la supresión del ejercicio democrático, a que se aferró en 1993 para conservar a cualquier precio el poder, Yeltsin, neoliberal converso, fomentó la aparición de los oligarcas rusos, que no sólo le dieron apoyo, sino que  establecieron una deriva económico-política y de corrupción, que llevó a la Federación Rusa por unos caminos muy distintos de los que había pretendido Gorbachov, en su negociación con Occidente y en su aproximación a Europa.

La Historia se escribe sólo una vez

Tal vez la corta y productiva etapa de Mijaíl Gorbachov haya sido el momento de la Historia en el que Rusia ha estado más cerca de Europa. Más sincera y menos conflictivamente cerca de Europa.

Pero, no en Europa, sino al otro lado del Atlántico, preferían a Yeltsin, que (por su carácter impulsivo, y por su afición al alcohol) tenía más posibilidades de convertir a Rusia en un país más permeable, menos consistente y más vulnerable.

Su herencia fue Putin. Un nacionalista forjado en los más oscuros recovecos del aparato del espionaje soviético, que desde 1999 hasta hoy ha regido con una frialdad aterradora los destinos de Rusia, unas veces como presidente y otras como primer ministro. Vladimir Putin es un producto de la guerra fría, y sus reflejos nacionalistas -sus dos últimas perlas: desatar la brutal invasión de Ucrania y amenazar con el uso de las armas nucleares- responden a esa “cultura”.

El objetivo de distensión y diálogo de Gorbachov podrían haber convertido en inservible (producto y motor, al fin y al cabo, de la guerra fría) a la OTAN. Y habrían, sin duda, abierto unas perspectivas de entendimiento en el ámbito europeo, capaz de fortalecer a la Unión Europea, y de favorecer una Europa de horizontes más amplios y multilaterales, con una mayor entidad y peso en la política internacional. Pero por desgracia la Historia sólo se escribe una vez, y la tendencia es no aprender de ella.

Los nefastos imperios

Putin -desestabilizador nato- ha intrigado todo lo posible en el desenvolvimiento del mundo occidental: desde la elección de Trump hasta la campaña del Brexit, y otras campañas de ruptura de la armonía de Europa. Y ha sabido aprovechar muy bien esa pugna por el imperio que Blinken, con la aquiescencia “bonachona” de Biden, ha desatado por el mundo adelante desde que llegó a la Casa Blanca.

Primero con su obsesión acerca de China, y su actividad destructora del acuerdo sobre inversiones recíprocas China-Unión Europea, cuya laboriosa negociación había fomentado Angela Merkel. Y después, o casi a la vez, con el intento de desbaratar el mayor acuerdo comercial que se ha firmado entre China y la mayor parte de países asiáticos y oceánicos. Y después dándole pábulo a la provocación de Putin con su despliegue militar en torno a Ucrania.

El tándem Blinkler-Biden (duramente criticado, por cierto, por Bernie Sanders) cabalgaron sobre la OTAN al barrunto del conflicto, hasta que el canciller alemán Scholz deja claro que no es un tema de la OTAN, ya que Ucrania ni está en la OTAN ni -por ahora- se la espera. Eso no ha impedido a Estados Unidos mantener su compromiso contra el belicismo imperialista de Putin: y eso es bueno. Pero ha permitido a Europa asumir sus responsabilidades en el Continente.

El protagonismo de Europa

Una brutal guerra en el territorio europeo nos debe hacer pensar. No sólo sobre la barbarie de la guerra, sino sobre la necesaria cohesión y lazos de cooperación, solidaridad y desarrollo en nuestro propio Continente.

Por lo pronto hay algunos detalles significativos: la solidaridad con los refugiados procedentes de Ucrania (que, por cierto, debería extenderse, sin vallas y sin desprecio, a los refugiados que huyen de otras guerras); la reacción unánime contra la despótica invasión; la habilitación de esos 500 millones de ayuda bélica a la resistencia ucraniana, el suministro de armamento para contribuir a la resistencia, y la puesta a disposición de los servicios de inteligencia ucranianos del centro comunitario de satélites, con base en Madrid.  

Y dos cosas más: el que se ponga sobre la mesa la posible integración de Ucrania en la Unión Europea, que no es cosa de dos días, por supuesto, pero que puede abrirnos a una reflexión de nuevo sobre el papel de Europa Y el casi imposible diálogo iniciado por Ucrania y Rusia sobre el alto el fuego, que aunque no llegue a soluciones prácticas, tal vez pueda abrir otros diálogos más realistas, que logren terminar sacando a Rusia y a la Europa común de esa confrontación de guerra, fría y caliente, cuando están demostrando desde hace tiempo que se necesitan para resolver los problemas energéticos, y muchos otros problemas.

Europa necesita consolidar su personalidad propia, y ser protagonista de un multilateralismo cooperante (alejado de prejuicios y de pulsos imperialistas). Y aunque ahora se vea obligada a tener que tomar partido en esta guerra que le han montado en su propio territorio, tendrá que saber reconducir la situación hacia los principios de paz que sirven de cimientos para la Unión que ha creado.

Toda guerra es abominable -y seguro que evitable-, menos la guerra claramente defensiva, cuando se demuestre que no hay otra opción que recurrir a ella. Y en ese caso estamos. @mundiario

¿Asumirá la Unión Europea su propio protagonismo tras la guerra de Putin?
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