Abascal y la política del ruido: cuando el silencio también divide
El líder de Vox, Santiago Abascal, ha decidido no asistir a los actos oficiales del 12 de octubre, Día de la Fiesta Nacional, rompiendo con una tradición institucional que mantenía desde su llegada al Congreso. Su ausencia no es casual ni protocolaria: es un gesto calculado que pretende proyectar una idea de ruptura con el sistema que, paradójicamente, le da voz y representación. Cuando un dirigente político se niega a participar en un acto presidido por el jefe del Estado, no está simplemente rechazando una invitación; está cuestionando el marco de convivencia del que él mismo forma parte.
En política, los gestos pesan tanto como las palabras. Y este gesto busca marcar distancia con lo que Abascal llama “la mafia del poder”. Sin embargo, ese tipo de retórica erosiona un principio básico de la democracia: el respeto a las instituciones, incluso cuando se discrepa de quienes las dirigen. No se trata de rendir pleitesía al Gobierno, sino de preservar la normalidad institucional que sostiene el debate público. Romper con ese mínimo común es abrir una grieta simbólica que, aunque parezca menor, alimenta la desconfianza hacia el conjunto del sistema.
La estrategia del ruido desde fuera
Abascal dice que prefiere “celebrar la Fiesta Nacional desde la calle”. En esa frase hay toda una estrategia comunicativa. Busca mostrarse cercano al pueblo frente a una supuesta élite corrupta, una narrativa clásica del populismo. El problema es que esa puesta en escena reduce la política a un espectáculo de antagonismos, donde el adversario no se debate, se demoniza.
Lo paradójico es que Vox nació reivindicando orden, respeto y unidad, pero ahora su líder parece sentirse más cómodo en la confrontación permanente que en la búsqueda de acuerdos. En lugar de representar una alternativa institucional, se desliza hacia una postura testimonial, casi de resistencia simbólica. Mientras tanto, la sociedad española asiste, entre la sorpresa y el cansancio, a una escalada verbal que parece más pensada para redes sociales que para el Parlamento.
La importancia de cuidar los símbolos compartidos
La Fiesta Nacional, más allá de su carga histórica, debería servir para subrayar lo que une a los españoles. Las discrepancias políticas son necesarias y sanas, pero necesitan un marco común de respeto. Rehusar participar en un acto presidido por el Rey no debilita a Pedro Sánchez, sino a la propia idea de Estado. En democracia, la crítica se ejerce con argumentos, no con ausencias.
Si cada líder empieza a retirarse del espacio común alegando pureza moral, el país se fragmentará en trincheras simbólicas. España no necesita más gestos de ruptura, sino voluntad de encuentro. Las instituciones no son perfectas, pero son el escenario donde se corrigen los excesos y se garantiza la convivencia. Romper ese diálogo, aunque sea por cálculo político, no fortalece la democracia; la empobrece.
Al final, los líderes que prefieren mirar desde la calle corren el riesgo de quedarse fuera del tiempo político real. Porque gobernar no es gritar desde la acera, sino construir desde dentro. @mundiario




