Trump, Putin y la paz imposible en Ucrania
Donald Trump, fiel a su estilo de declaraciones rotundas y cambiantes, había asegurado que pondría fin a la invasión rusa de Ucrania en apenas 24 horas si regresaba a la Casa Blanca. Sin embargo, su último movimiento político lo deja en evidencia: lejos de plantear una salida justa, ahora propone que Volodímir Zelenski entregue parte del territorio ucraniano a Vladímir Putin. Es decir, legitimar la conquista del invasor como vía para la paz.
El episodio más reciente, con Trump sentado frente al líder ruso en Alaska, ha añadido tintes casi grotescos a la escena. El propio ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, llegó a lucir un jersey con las siglas de la desaparecida URSS, un gesto cargado de simbolismo que parecía una burla hacia el expresidente estadounidense. Una burla que retrata la asimetría: mientras Putin proyecta firmeza, Trump oscila entre la fanfarronería y la improvisación.
Conviene recordar quién es Putin. Antiguo oficial de la KGB soviética y posterior director del Servicio Federal de Seguridad ruso, encarna una tradición política marcada por la represión y el control del poder a toda costa. Su invasión de Ucrania no solo vulnera la soberanía de un país vecino, sino que también desafía los principios más elementales del derecho internacional. Cualquier propuesta que implique aceptar esa anexión es, en la práctica, un aval a la fuerza sobre la ley.
La posición de Trump, además, supone un grave riesgo para la arquitectura internacional que Occidente ha defendido durante décadas. Si se abre la puerta a que un Estado armado pueda apropiarse de territorios por la vía militar, el precedente sería devastador. No solo para Ucrania, sino para cualquier nación pequeña o mediana que dependa de la legalidad internacional como escudo frente a sus vecinos más poderosos.
Poco margen para la ambigüedad
Europa y el conjunto de democracias que aún creen en un orden global basado en normas y acuerdos tienen poco margen para la ambigüedad. La guerra en Ucrania no es un conflicto regional, sino una prueba de resistencia para el sistema internacional nacido tras la Segunda Guerra Mundial y reforzado con la caída del bloque soviético.
Aceptar las tesis de Trump significaría admitir que la voluntad de Putin, revestida de nostalgia soviética y justificada en un nacionalismo agresivo, tiene más peso que las resoluciones internacionales o el derecho de un pueblo a decidir su futuro. No es solo una claudicación moral, es un error estratégico que dejaría al mundo democrático en una posición de debilidad.
Ucrania merece apoyo, no recetas improvisadas. Y el planeta necesita que las democracias sean coherentes en la defensa de un principio esencial: ningún país tiene derecho a imponer su frontera a golpe de invasión. Todo lo demás no es paz, sino una rendición encubierta. @mundiario



