Trump: coherente en su incongruencia, firme en su improvisación
¿Quién necesita consistencia cuando se tiene carisma, un bronceado radioactivo y una base de votantes que lo seguiría hasta el fondo del pozo séptico más profundo (y lo justificaría como “estrategia anti-globalista”)?
Donald J. Trump. Empresario. Estrella televisiva. Influencer político. Estadista por accidente. Nominado seguro al Premio Nobel de la Teoría del Caos (no reconocido oficialmente, pero en nuestros corazones). El hombre que desafió las leyes de la física, la lógica y la dignidad presidencial en una sola legislatura. El mismo que demostró, con la firmeza de una piedra lanzada al espacio, que gobernar no requiere coherencia, ni experiencia, ni saber dónde queda Madagascar.
Desde su aparición gloriosa bajando por una escalera mecánica en 2015 (sí, una escalera mecánica, como cualquier emperador romano haría), Trump dejó claro que había llegado para cambiar las reglas del juego. O, más bien, para no leerlas, romperlas, quemarlas, y luego vender las cenizas como merch de campaña.
A lo largo de su mandato, se dedicó a construir una narrativa sólida: la de un hombre que nunca se equivoca, que siempre dice lo primero que se le ocurre porque no tiene filtro, y que cuando se contradice es porque los demás son demasiado idiotas para entender su nivel 7D de ajedrez mental. Y nosotros, humildemente, queremos defenderlo. Con ironía, sí, pero ¿con respeto?... el justo y necesario.
La coherencia es para los débiles
¿Quién necesita consistencia cuando se tiene carisma, un bronceado radioactivo y una base de votantes que lo seguiría hasta el fondo del pozo séptico más profundo (y lo justificaría como “estrategia anti-globalista”)? Trump no cambia de opinión, evoluciona. Cuando primero dijo que el virus de la COVID era un invento chino para arruinar su economía, y luego admitió que era serio justo después de recomendar desinfectante intravenoso, no fue incoherencia. Fue un recorrido narrativo. Una montaña rusa argumental digna de una serie del streaming más chabacano y cateto . Si algo cambió, no fue su opinión: fue la realidad, que tuvo la osadía de no adaptarse a su guion.
La política exterior de “los amigos de mis enemigos son mis peluqueros”
Durante su presidencia, Trump redefinió la diplomacia mundial al estilo “¿Quién quiere ser mi amigo hoy?”. Salirse del acuerdo climático de París, insultar a Merkel, abrazar a Kim Jong-un como si fueran compañeros de fraternidad y mirar a Putin como un fan de BTS a su ídolo no fue falta de rumbo, fue creatividad geoestratégica. Trump entendió que el orden mundial estaba sobrevalorado y que, con un poco de improvisación, Twitter y amenazas nucleares, cualquier líder puede hacerse un hueco en la Historia. O al menos en la Wikipedia rusa.
Y si alguien cuestionaba su política exterior, él respondía con una pregunta retórica magistral: “¿Qué sabrán ellos que no haya aprendido yo en mi universidad ficticia y quebrada?”. Touché.
América para los americanos... del Club Mar-a-Lago
“Make America Great Again” no era solo un eslogan, era una forma de vida. Una que implicaba construir muros, separar familias, prohibir vuelos, acusar a mexicanos de ser todos narcotraficantes (menos los que cocinan en su club de golf, esos son encantadores), y colocar gorros rojos en cabezas que no han leído un libro en su puñetera vida y solo le cabe el propio gorro en ella. Todo con una sonrisa encantadora, esa que solo tiene alguien que cree sinceramente que puede negociar con la realidad a base de gritos, filigranas y gilipolleces.
La deportación masiva no era una política, era una forma de organizar el tráfico. El muro con México no fue una solución, fue una instalación artística sobre la xenofobia financiada con fondos imaginarios y promesas que nunca llegaron al Congreso porque, seamos honestos, ¿quién necesita hechos cuando tiene fe?
El negacionismo como doctrina oficial
Trump nos enseñó que si repites algo suficiente veces, y con la suficiente convicción, puedes convertir una mentira en doctrina de Estado, al estilo de Goebbels. Cambiar de opinión era un signo de debilidad; mentir con los ojos abiertos, en cambio, era un acto de liderazgo.
“No hubo interferencia rusa en las elecciones.” “La pandemia desaparecerá en abril como por arte de magia.” “Tenemos más pruebas que nadie. Por eso no necesitamos hacer más pruebas.” “Gané las elecciones de 2020. Todas. Las reales. Las invisibles también.”
Esto no son frases. Son mantras. Trump fue un gurú de la pos-verdad, un iluminado del delirio. ¿Cómo no aplaudir su capacidad para convertir una rueda de prensa médica en un sketch de los Monty Python?
La economía de la ilusión
Mientras el país se tambaleaba bajo el peso de una crisis sanitaria, social y moral, Trump se aferraba a los indicadores bursátiles como un niño a su osito de peluche. “El Dow Jones sube, luego soy un genio” al estilo de Descartes. No importaba que millones estuvieran desempleados, que las familias perdieran sus casas, que la desigualdad se disparara. Lo que contaba era que las acciones de Amazon estaban por las nubes. O sea, el sueño americano versión Wall Street.
Su reforma fiscal fue un acto de amor... a las grandes fortunas. “Que los ricos paguen menos, así podrán donar más a las campañas”, explicó un asesor con cara de que todo le daba igual. Una lógica tan implacable como estúpida. El clásico truco de magia: desaparecer los impuestos y hacer aparecer el déficit.
El medio ambiente, esa cosa que molesta al golf
El cambio climático fue para Trump una molestia menor. Una especie de conspiración internacional para obligarlo a conducir coches eléctricos y apagar la luz. Retirarse del Acuerdo de París no fue un error: fue una declaración de independencia energética... basada en carbón. Porque nada dice "futuro" como excavar el pasado.
Su visión ecológica se resume en una frase: “El viento causa cáncer”. Y si eso no merece el Premio Nobel de Física Alternativa, es porque los suecos no saben apreciar el genio cuando lo ven.
Twitter como herramienta de gobierno (y como terapia)
Gobernar con decretos es cosa de dictadores de opereta. Trump gobernaba con tuits. Su timeline era una montaña rusa emocional: insultos, conspiraciones, frases sin verbo, MAYÚSCULAS que gritaban más que un hooligan contra el Barça . Twitter no era solo su herramienta, era su gabinete de crisis, su diario íntimo, su perro de compañía.
Y cuando Twitter lo expulsó, no fue censura. Fue tragedia shakespeariana.
El hombre que tuiteó más de 36.000 veces en cuatro años se quedó sin su oráculo digital. Una pérdida comparable solo a que a Shakespeare le quitaran la pluma o a Sabina el bar.
¿Y la justicia?
Los múltiples juicios, investigaciones, imputaciones, y comparecencias judiciales que colecciona como cromos no son prueba de su culpabilidad. ¡No! Son la confirmación de que el sistema le teme porque no puede controlarlo. Trump es tan revolucionario que hasta los fiscales se sienten intimidados. ¿Corrupción? ¿Obstrucción? ¿Fraude electoral? Tonterías. Lo que pasa es que no soportan verlo brillar.
En resumen: el caos como política de Estado
Lo de Trump no fue un gobierno. Fue un experimento sociológico, una performance de cuatro años en la que el guion era reescrito cada mañana en el baño. Fue una clase magistral sobre cómo la realidad es opcional si gritas lo suficiente. Y lo mejor de todo es que sigue. Porque Trump no termina. Trump se recicla, se reinventa, se reimprime en gorras.
Sus seguidores no lo siguen por lo que dice, sino por cómo lo dice. Porque hay algo reconfortante en ver a alguien destrozar todas las reglas sin que nada pase. Es como ver a un niño rico romper juguetes ajenos: al menos entretiene.
Así que si usted aún cree en la coherencia, en la evidencia, en la lógica aristotélica, piénselo dos veces. En la era Trump, la única verdad es que no hay verdad. Y eso, créame, lo dijo alguien con una corbata más larga que su memoria.
Y mientras yo, esperando el momento más idóneo para aterrizar en Logan porque este buen hombre ha decidido que los que nacimos en otro país, aunque seamos también norteamericanos seamos detenidos por los dependientes de aduanas hasta que se resuelva mi caso.
Mi caso solo es conseguir ya el puñetero “emérito” y desvincularme de tan inconmensurado y mundanal ruido.
¡Hay que ser más burro que una acémila para caer otra vez en la misma piedra!
Toma...pues el Trump este de su querida madre, es presidente de EE.UU. otra vez. Y para colmo: se veía venir. @mundiario