Las sombras de UBU President son alargadas
Estos días, director, con lo del cupo, las Rodalies, la amnistía con calzador constitucional, el traspaso de competencias fronterizas o el proyecto de Agencia Tributaria genuinamente catalana, he caído en la cuenta de que el desternillante Ubu President de Albert Boadella no era solo una genial comedia, sino una profecía. Incluso Salvador Illa se está UBUizando.
No sé el número de amigos que me quedarán allí, en Barcelona, de aquellos con los que compartí infancia y adolescencia. Cuántos de aquellos que entonces eran polvo y en polvo ya han revertido, descansan en paz, ajenos al delirante proceso de metamorfosis de Cataluña, y cuántos otros, todavía supervivientes, ¡pobrecitos míos!, se pasarán lo que les quede de vida como meros peones de una kafkiana partida de ajedrez por la secesión. En un proceso lento pero seguro, la catalanidad se extiende a orillas del Mare Nostrum como una marea negra de productos contaminantes (Catalans propiamente dichos, Balears por mimetismo lingúístico, Valenciás como oscuro objeto del deseo de poner su pica en el Mediterráneo) que, juntos pero francamente revueltos, elevan la temperatura de eso a lo que consideramos lo español, la españolidad, vamos, al inquietante ritmo del mar que baña a esos tres territorios obsesionados con hacer la historia por su cuenta.
Cuando el que suscribe llegó a la Ciudad Condal, como un bebé emigrante procedente de Galicia, empecé a crecer, a desarrollarme, a vivir mi primer día en el cole, a convivir con adolescentes con pedigrí catalán cuyo bilingüismo jamás hirió mi sensibilidad. Me fui haciendo mayor, con ellos, entre ellos y ellos conmigo, y no se produjo el mínimo síntoma de cambio climático en la amistad medioambiental, a pesar de las múltiples ocasiones en las que intercambiábamos chascarrillos, sentimientos, ingenuas confidencias conciliando la lengua de Cervantes con la lengua de Pompeu Fabra.
Creo que, desde entonces, me quedó claro que hablando (ahora que disponemos del comodín de los traductores) se entiende la gente y que, el mundo, es solo un pañuelo en el que la humanidad hacemos el ridículo levantando muros, izando banderas, practicando el patriotismo como último recurso de mentes canallas. Creo que las religiones, las ideologías, las fronteras, los himnos, los aranceles, las políticas disuasorias de misiles, drones y sofisticadas réplicas de Little Boys, irrumpiendo en nuestras pesadillas en caídas libres sobre nuevas Hiroshimas, retraen al vanidoso homo sapiens a los principios de los tiempos, a los miedos, a las ignorancias, a la trivialidad del tribalismo que, precisamente en el caso de Cataluña (donde ya he perdido pero todavía conservo amigos de infancia para siempre), no han entendido el profético mensaje que Albert Boadella y Els Joglars dejaron en el escenario de un teatro en 1995: Ubu President.
Cierto es, señores del jurado, que los Ubus han ido cambiando, incluso ha habido alguno que se ha acomodado en el exilio, pero sus oscuros objetos del deseo de convertir en tribu a un pueblo (con Gaudís, Dalís, Mirós, Caballés, Serrats universales), siguen intactos, progresan inadecuadamente, reducen la posibilidad de que las nuevas generaciones, alguna vez, aspiren a ser ciudadanos del mundo. Incluso Salvador Illa, ya ves, se está UBUizando. @mundiario