La sombra del 266 sucesor de Pedro sigue siendo alargada
Entre guerras frías, guerras santas, yihads, cruzadas de Rabinos, bendiciones de Patriarcas rusos y repiques de tambores de guerra, más vale Papa Francisco en mano que sucesores revoloteando alrededor de una hipotética fumata blanca.
Con todos los respetos a los católicos, apostólicos y romanos, a los apóstatas, a los ateos, y al resto de homónimos seres humanos en similares circunstancias en torno a otras religiones, he dejado volar esta mañana mi imaginación hasta el búnker hospitalario en el que mantienen al Papa Francisco deambulando por la delgada línea roja que separa el mas acá del mas allá. Que me perdone el 266 sucesor de Pedro si, en mi ignorancia entre las cosas de los seres humanos y las cosas de Dios, tengo la osadía de hacerme estos días conjeturas respecto a los posibles desenlaces que reserve para él la inescrutable Providencia.
En una dependencia del Hospital Gemelli de Roma, rodeado de corresponsales, paparazzi y cámaras de canales de televisión, acapara la atención de medio mundo el único Jefe de un Estado sin ejercito, sin aviones, ni carros de combate, ni siquiera drones de esos que aparecen por el aire amenazando las vidas, la vida, como una destructiva variante de las tristemente célebres plagas de langosta. Y, sin embargo, con respiración asistida, en ese limbo de la prescripción facultativa del pronóstico reservado con picos de estado crítico, la sombra, todavía alargada de Jorge Bergoglio, se cuela en las primeras planas expropiándole espacios a los actuales poderosos señores de la guerra: Trump, Putin, Netanyahu e individuos de esos decididos a ponerse el mundo por montera.
Deben ser frustrantes los desayunos en La Casa Blanca, en el Kremlin, en el despacho Oval de Israel, incluso en el sucedáneo de ciudad prohibida del actual emperador chino, comprobar que, el jefe del Estado más pequeño y mas desarmado del planeta, compite en preocupación por su salud física con la preocupación por la salud mental de los citados jefes del estado más armados y mas desalmados de nuestro pequeño mundo.
Todavía, como mero espectador, me sorprende la cifra de millones de seres humanos que conforman el llamado orbe católico, miradlos, aferrados a la idea de que todavía ¡Habemus Papam!; que, tal vez, El Cónclave propiamente dicho, pueda esperar, como la interesante película que comparte ese nombre se ha quedado en la sala de espera a las puertas de la gloria del Óscar; que solo y siempre nos quedarán, como refugios de paz duradera, El Palacio de Potala en el Tibet, con su Dalai Lama, y La Ciudad del Vaticano en Roma, por la que, de vez en cuando, se pasea un Papa de esos que se calzan las Sandalias del Pescador que soñó e inmortalizó Morris West.
Es tan escasa la confianza en los líderes mundiales que practican, estos días, juegos prohibidos; se está recalentando hasta tal punto el plan renove de la guerra fría en modo AI; brillan tanto por su ausencia pacificadora el Patriarca de la todas las Rusias, los Imanes, los Ayatolás, los Rabinos, adictos a las Yihad, las Guerras Santas, la Cruzadas y las madres de todas las guerras que, francamente, señoras y señores, ahora mismo, más vale Francisco en mano que sucesores volando en torno a una hipotética fumata blanca
¡Virgencita, virgencita, mejor quedarnos como estamos! @mundiario
