En situaciones de crisis, la igualdad no sale bien parada

En esta etapa trumpista se está poniendo en evidencia la fragilidad que tiene en distintos ámbitos de la vida social el funcionamiento democrático.
El papa Francisco oficia el Urbi et orbi de 2024. / @Pontifex
El papa Francisco oficia el Urbi et orbi de 2024. / @Pontifex

Vuelven tiempos difíciles para la igualdad. En los primeros años de la CE78, pudo creerse que los pactos en que se había concretado la restaurada democracia darían más juego,  crecerían las oportunidades de los débiles, y la invocación del mérito –con sus acreditaciones de autenticidad- establecería pautas de saludable resolución de conflictos.

Retroprogresiones educadoras

La “pedagogía” de los líderes mundiales –y locales- peleándose porque las reglas del libre comercio no les valen, establece como metodología contraria a toda meritocracia  lo que, según los economistas clásicos del liberalismo, es una trampa saducea: el proteccionismo arancelario. En la feroz competencia de unos y otros –y hasta en el intento de resucitar el homo homini lupus, la ocultación de todo tipo de incompetencias resucita un tablero de juego en que se transforman aprisa las reglas existentes. Polanyi, que había estudiado La gran transformación” impuesta por la invasión del capitalismo industrial en las vidas de los súbditos ingleses, desveló cómo se habían ido al traste todas las leyes de caridad benéfica que habían protegido algo a los más pobres: todas fueron cayendo en pro del beneficio del sistema emergente de producción.

Como todo está conectado, y los sistemas educativos no son algo etéreo, abstracto y esencialista, en que nada tuviera que ver con el sistema productivo y social, nada está predeterminado por universales categóricos, si bien en el debate democrático se suelen ocultar las cuestiones fundamentales de su repercusión real en la sociedad. Entretenidos en discutir cuáles sean las características inconfundibles de “la educación”, se soslayan las de la sociopolítica en que los bien posicionados de siempre, por mal que se ponga todo, siguen a lo suyo, sin que su hegemonía desmerezca.  Seguramente esta es una de las consecuencias que ha dejado tras sí una larga cultura discursiva de un neoplatonismo muy idealista que logró establecer cadenas de causas y efectos deterministas para explicar cuanto sucedía en nombre de una verdad absoluta, causa y motivo de toda otra circunstancialidad accidental. Especialmente ha servido para tener a mano, en momentos críticos posteriores a 1789, explicaciones cosmogónicas y políticas coincidentes en que el fuerte dicta la norma. Desde el Imperio Romano hasta hoy, no hay etapa en que este recurso no haya proporcionado claves interpretativas del “buen orden”, “natural” y “como Dios manda”, según porfían todavía algunas versiones. Algo más humanizadas desde que, como ha estudiado Fernando Álvarez-Uría, los europeos acabaron “reconociendo” a otros humanos más allá del Atlántico -en los inicios de la Edad Moderna-, es notable, sin embargo, que en España, cuando en 1817 Inglaterra empezó a presionar a Fernando VII con la trata de esclavos, no se logró su total abolición legal hasta 1886, y la desigualdad se retuvo en otros circuitos relacionales en aras de una sociedad de exclusiones jerarquizadoras. 

En los tiempos duros del absolutismo, hacia 1697, Perrault juntó en uno de sus libros una buena colección de cuentos, que tendría mucho éxito. Cuantos los oían asimilaban cómo en aquel horizonte narrativo –supuestamente para niños y niñas- casi únicamente existían reyes y príncipes, y los demás, como mucho, iban de comparsas. Si releen, por ejemplo, el de “La bella durmiente”, lo único que parece distorsionar aquel mundo ideal de hermosura y riqueza es una “ogresa”, a la que, para que no desentone, el autor hace perecer en una enorme tinaja de víboras y culebras, un desenlace propicio al bienestar tranquilo del príncipe, la princesa “y sus queridos hijos”.

Laudato si

Para descolonizar la mirada de tan supuesta armonía cosmogónica y social –en la que apenas suele mencionarse nunca la economía y es de muy mala educación mencionar la política- es saludable no perder el hábito de leer. Hay abundante literatura con los entresijos en que se ha desenvuelto el sistema educativo y, por supuesto, el social. En ellos aparecen los grados de presencia o ausencia de la supuesta igualdad deseable y no es difícil averiguar el favor que haya tenido la meritocracia y su pareja, “la igualdad de oportunidades”.

Esta columna llegaba hasta aquí cuando el dial dio la noticia de la muerte del Papa Francisco. Jorge Mario Bergoglio, buen jesuita, seguramente leyó una novela como AMDG, donde Ramón Pérez de Ayala daba cuenta de los entresijos de un colegio e internado norteño, regentado por su orden en 1910. Tal vez haya leído también Pequeñeces, del P. Luis Coloma y, por qué no, la  extraordinaria de Martin Kohan, Ciencias morales, sobre  los alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires en tiempos de Videla, a quienes con el pretexto de la alta misión a que estaban llamados, les exigían un esquizoide comportamiento respecto a  otros estudiantes de su edad. Todas son muy aptas para establecer criterios en torno a esa aspiración de la igualdad, la meritocracia y sus aledaños para cumplir o incumplir las exigencias de la igualdad del derecho de todos los ciudadanos a una educación digna.

Descanse en paz el papa argentino. De él quedará en el recuerdo su insistencia en que el desarrollismo y sus daños imperialistas, han hecho crecer  -según su encíclica Laudato si- “el clamor de la tierra y el clamor de los pobres”(punto 49). Como cuestión de justicia social, exigía él un “uso responsable” de recursos de los que no somos “propietarios y dominadores” (punto 2), pues “el desarrollo humano integral y la inclusión social” no están “garantizados por el mercado” (punto 109). Su mención a la crisis del medio ambiente, y a “los sufrimientos de los excluidos” reclamaba el 24.05.2015 “un mundo mejor” (punto 13 de su encíclica). Dejaba e en el aire, sin embargo, la anormalidad de muchos obispos interfiriendo en los derechos de los ciudadanos y, en particular, en una “libertad” educativa casi únicamente favorable a “los selectos” de la escala del PIB español. Igual que hubo una “teología del 18 de julio” para justificar una falta absoluta de derechos y libertades -e incluso una falsa “igualdad de oportunidades” a cargo del PIO- cuando ni había puestos escolares para todos, no han dejado de estar interesados en promover lo que también Karl Polanyi llamaba “teología de la prosperidad”, tendencia que, en vez de interesarse por una educación digna para todos, naturalice la competitividad social y que, como escaparate de “ostentación”, estimule “al máximo la emulación”. @mundiario

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