Sanitat, amnistia i estatut d’autonomia
Cerca del otoño de 1977 una enorme manifestación que desbordaba todas las previsiones, descendía por el Paseo de Gracia en Barcelona, para dirigirse después hacia la Ronda de Sant Pere en dirección al monumento a Rafael Casanova.
Días más tarde se dijo que había tenido una duración de hasta 5 a 6 horas, lo que daba una idea de su magnitud.
Es cierto que hoy podría parecernos de características similares a otras manifestaciones más recientes en la capital catalana, pero aquel 11 de septiembre de 1977, las herramientas y medios de convocatoria se encontraban a años luz de los que surgirían en el presente siglo.
Tampoco tenía ningún apoyo, ni a nivel económico ni propagandístico de las instituciones del Estado. Muy al contrario, a todas esas instituciones, aún franquistas por más señas, se las encontraron de frente y poniéndoselo difícil.
Pero pese a ello, toda la sociedad civil catalana, unida como un bloque sin fisuras. Desde sindicatos, a agrupaciones, desde partidos políticos a asociaciones diversas; todos juntos salieron a reclamar libertad, amnistía y un anhelado estatuto de autonomía.
Oiga, usted me perdonará, pero ¿se da cuenta de que la amnistía de la que todo el mundo habla hoy no es esa que usted comenta de aquella manifestación?
Claro que me doy cuenta. Es evidente que no es la misma.
En aquellos años se pretendía obtener la amnistía de los delitos políticos que se hubieran cometido durante el franquismo y hoy en cambio se solicita la amnistía de una serie concreta de delitos en relación a los acontecimientos relacionados con el llamado “procés” catalán.
Aquella era una amnistía que reclamaba toda la sociedad catalana y también la española en su conjunto y ésta amnistía actual en cambio parece que sólo la solicitan en Cataluña los agentes, partidos y partidarios de los implicados en aquel “procés”, mientras que en el resto de España es notorio que sólo están de acuerdo con ella unos cuántos partidos del arco parlamentario español, habiendo otros que están radicalmente en contra y que piensan que es un error gravísimo el que se llegue a conceder advirtiendo que incluso podría llegar a romper España.
No, no, si yo era por aclarar algo las cosas.
Pues para dejarlas bien claras, habría que añadir que parte de la controversia y rechazo que suscita la amnistía actual se debe esencialmente a dos cuestiones:
La primera hace referencia a que se acusa a partidos tan importantes como el PSOE de que parecen creer ciegamente en esta amnistía sólo después de que, tras las elecciones de Julio 2023, fuera evidente que reeditar el gobierno era imposible sin la contribución de los votos de partidos catalanes independentistas.
La segunda cuestión que genera aún más prevención y rechazo es que al otro lado del pacto se encuentran partidos como Junts per Catalunya que se han caracterizado por decir y hacer una cosa y su contraria sin inmutarse, lo cual llena de incertidumbre y desconfianza una negociación de esta envergadura, que además no se agotará únicamente con la investidura. Esos votos seguirán siendo necesarios durante toda la legislatura, lo que podría convertirla en un verdadero campo de minas.
Pues ¡vaya negocio que ha hecho el PSOE con la amnistía!
El PSOE ha apostado todo al rojo en esta ruleta de la investidura.
Los partidos de la oposición, PP y Vox, acusan a SUMAR pero especialmente al PSOE de haber aceptado el chantaje de los partidos independentistas dejando colar por la puerta de atrás esta amnistía a cambio de un puñado de votos.
Pero más allá de eso, incluso una parte muy importante del propio PSOE; del viejo y también del nuevo PSOE, tampoco ven con buenos ojos el que su partido sea el que acabe poniendo una alfombra roja para la vuelta de Carles Puigdemont.
Pero la bola puede caer en el negro ¿no?
Esa es la cuestión. La bola puede caer en el negro y eso podría significar no ya sólo el fracaso de la investidura, sino que en el propio PSOE se podrían romper todas las costuras qué más de una vez aguantan en tensión y llegar a correr un riesgo real de implosionar.
Pero oiga usted, ¿de verdad piensa que esta amnistía, aun siendo algo totalmente diferente a la de 1977, podría llegar a romper España de hacerse efectiva? De hecho, yo aún diría más: ¿realmente pensamos en serio que esta amnistía es el problema más grave y preocupante al que tenemos que hacer frente como país?
Vamos a ver. Y a usted, ¿quién le ha dado vela en este entierro? ¿Le importaría dejar de inmiscuirse en mi artículo? Yo no necesito ningún Pepito Grillo. ¿Quiere usted salirse de una vez de mi artículo?
.Bueno, yo era por dar luz a otros ángulos de la realidad actual.
Pues deje de dar tantas luces, que parece que tiene puestas las largas y está usted deslumbrándome. Y si tanta sombra cree ver pues escriba usted su propio artículo, ¡caramba!
Hombre, si de verdad no le importa, lo cierto es que me haría mucha ilusión. Yo es que sinceramente lo habría orientado de una manera diferente.
¡Váyase usted al carajo! Ahí le dejo en mi artículo y a ver si con suerte se le indigesta
Nada, nada, yo aprovecho que es usted tan amable para dejarme un hueco y me pongo al lio:
En la primavera de 2011 una manifestación multitudinaria recorría las calles de Barcelona.
Vaya, tanto dar la lata para meterse en mi artículo para acabar diciendo lo mismo que yo.
Bueno, usted relájese y haga el favor de esperarme fuera hasta que acabe. No tardo nada
Bien, pues decía qué partiendo de la plaza de Cataluña, hasta cinco kilómetros de manifestantes pusieron rumbo al parque de la Ciudadela. Del éxito de la convocatoria puede dar idea que cuando la cabecera de la manifestación llegaba a su objetivo, la cola de la misma todavía se situaba en el punto de salida.
El lema de aquella manifestación era “Prou retallades, defensem els serveis públics” (basta de recortes, defendamos los servicios públicos), y el destinatario, el por entonces President de la Generalitat, Artur Mas, responsable de uno de los mayores recortes sociales de la historia democrática española, en servicios tan vitales como la sanidad y la educación públicas. Al poco tiempo, Mariano Rajoy, al frente del gobierno de España como líder del partido popular aplicaría de forma mimética la misma receta catalana.
Doce años más tarde, coincidiendo con este pasado fin de semana del mes de octubre y siguiendo una recurrencia inquietante, unos cuantos medios de comunicación se hacían eco de una riada de manifestaciones que inundaban la mañana del sábado en las ocho capitales andaluzas.
Fue una oleada de “mareas blancas” que salieron a denunciar la destrucción programada de la sanidad pública por el Gobierno andaluz de Juanma Moreno Bonilla al grito de: “sin tarjeta no hay receta” y “no quiero un seguro médico, quiero un médico seguro”.
No es un caso aislado. Se puede seguir como un reguero de pólvora el mapa de los intentos de desmantelamiento y voladura controlada de la sanidad pública en diversos territorios de España, todos ellos compartiendo una característica en común: al mando de los gobiernos autonómicos de esos territorios, estaban o han estado siempre partidos del espectro de la derecha política, bien el Partido Popular, bien los partidos de la derecha nacionalista catalana.
La razón es bien clara. Es necesario desmontar previamente la sanidad pública (una de las más valoradas en el panorama sanitario internacional) para poder poner en marcha el suculento negocio de externalizar servicios a la sanidad privada. Olvídense del ladrillo, la guinda del pastel, si no el pastel entero está, a día de hoy, en el negocio sanitario, eso sí, todo ello soportado en las anchas espaldas del usuario, que todo lo aguanta, incluso lo inaguantable.
Ya se trate de la Comunidad Valenciana del PP, pionera en la privatización de la gestión de hospitales públicos (demostrándose años después el calibre y costo del despropósito); o bien en la Cataluña de la vieja CiU con Artur Mas y Boi Ruiz (conseller de sanidad y paterfamilias de la sanidad privada catalana) como adalides; o ya en el Madrid que va desde Esperanza Aguirre hasta Isabel Ayuso para acabar en otra de las joyas de la corona: la sanidad andaluza.
En todo ese recorrido es fácil reconocer un similar modus operandi, unas consecuencias igual de nefastas para los ciudadanos y unas protestas equivalentes de usuarios y sanitarios.
Es en medio de este escenario en que la amnistía ha acaparado los titulares, tertulias y crónicas y ha ido eclipsando noticias tan relevantes como la de la desinversión crónica en la sanidad pública o la de esas protestas de las mareas blancas.
Teniendo ese decorado de fondo quizás nos convendría recordar a Confucio y tomarnos un tiempo para rumiar si mientras nos señalan la luna, no estaremos sólo mirando el dedo.
Es evidente que el trágala de esta amnistía no será fácil de asumir para muchos, pero quizás debamos desviar la mirada del dedo y pensar que la alternativa a la presente investidura no es otra que un gobierno de PP y Vox, que mientras comience a avivar con una mano los rescoldos del “procés” se arremangará la otra para intentar demoler la sanidad pública.
Y es indiferente que lo miremos del derecho o del revés, porque la cuestión acaba siendo muy simple.
Si gracias a esta amnistía, se lograra la investidura, puede que el precio a pagar sea ver llegar a Puigdemont en olor de multitudes. Dudo mucho que eso nos vaya a quitar el sueño al común de los mortales.
En cambio, probablemente tendremos pesadillas si una mañana nos encontramos con un gobierno que ponga todo su empeño en importar el modelo de la sanidad estadounidense (el de pague usted por su salud) con la misma pachorra que el qué importa la idea de la comida rápida o la fiesta de Halloween. Eso sí, con mucho más que perder para todos y sin hamburguesas ni disfraces de esqueleto.
El lema de la manifestación que celebráramos hoy no podría ser otro que: sanitat, amnistia i estatut d’autonomía.
Dejemos de mirar como pasmarotes el dedo que señala la luna, especialmente cuando sospechosamente hay tanta gente interesada en que no la veamos.
Basta ya de contemplar como bobos la amnistía, dando vueltas y más vueltas a algo que no es tan importante cuando se está en riesgo de poner en venta lo que de verdad sí que lo es.
Como dirían los excéntricos habitantes de aquel divertido pueblo de la película “amanece que no es poco”: alcalde, la amnistía es contingente, pero la sanidad es necesaria.
Ya veo; le ha quedado un artículo muy bonito: sanidad, amnistía, Confucio y todo lo demás, pero ¿qué pasa con la libertad? ¿Qué ha hecho usted con la libertad, que la ha hecho desaparecer del título?
¿Qué quiere que le diga? la libertad, ya sabe, es algo que se nos supone, como el valor en la guerra.
Además, piense que en estos tiempos se ha convertido en un término cada vez más en desuso y hasta diría que está demasiado sobreexplotado.
Pregunte si no en Madrid. @mundiario