Sánchez respalda las protestas en la Vuelta por Gaza y abre otra brecha política en España

La suspensión de la etapa final de la Vuelta a España, inédita en la historia de la carrera, refleja la magnitud del malestar social por la ofensiva israelí en Gaza y profundiza la división entre Gobierno y oposición.
Feijóo, Sánchez y Netanyahu. / Mundiario
Feijóo, Sánchez y Netanyahu. / Mundiario

La suspensión de la etapa final de la Vuelta a España 2025 no solo ha sido un hecho sin precedentes en el ámbito deportivo, sino también un acontecimiento con implicaciones políticas e internacionales. Lo ocurrido en Madrid, con el bloqueo de la carrera por parte de manifestantes propalestinos, refleja hasta qué punto la masacre en Gaza ha calado en la conciencia social española.

El Gobierno de coalición de PSOE y Sumar, con el propio Pedro Sánchez a la cabeza, se situó sin ambages del lado de los manifestantes. El presidente, poco antes del incidente, llegó a expresar su “admiración” por quienes protestaban contra la presencia del equipo Israel Premier Tech, financiado por un empresario cercano a Benjamín Netanyahu. Esta toma de posición tan explícita, inusual en un jefe del Ejecutivo, ha marcado un antes y un después en la política española respecto al conflicto de Oriente Medio.

El Partido Popular, sin embargo, ha optado por cargar contra Sánchez, al que acusa de actuar como un “hooligan” en lugar de hacerlo como un estadista. Pese a ello, la oposición evita alinearse plenamente con Netanyahu, consciente del coste político de defender a un Gobierno israelí señalado internacionalmente por sus ataques indiscriminados contra la población civil de Gaza, que ya han dejado más de 65.000 muertos, muchos de ellos niños.

La respuesta de Israel no se ha hecho esperar. El ministro de Exteriores, Gideon Saar, acusó directamente a Sánchez de “incitar” a las “multitudes propalestinas” y de ser responsable de la cancelación de la Vuelta. Este choque verbal se suma a las críticas reiteradas del Ejecutivo israelí al presidente español, justo en la misma semana en que Madrid ha impulsado sanciones para restringir el flujo de armas hacia Israel.

Incapacidad institucional preocupante

Más allá de la batalla política, la suspensión de la Vuelta revela una incapacidad institucional preocupante. Nadie podía ignorar que la presencia de un equipo israelí generaría tensión en un país donde la solidaridad con Palestina ha sido estimable. Desde hace meses, miles de españoles han tomado las calles para exigir a la Unión Europea un papel más activo en frenar la ofensiva israelí. Pese a ello, la organización de la Vuelta insistió en mantener una normalidad imposible, improvisando recortes de etapas y medidas de última hora que no lograron garantizar la seguridad ni de los corredores ni de los manifestantes.

Las consecuencias se vieron a lo largo de varias jornadas: interrupciones en el recorrido, lanzamiento de objetos como chinchetas y tomates, accidentes como el que obligó al ciclista Javier Romo a abandonar, e incluso detenciones en Bilbao, Valladolid, Galicia y Madrid. La protesta dejó de dirigirse únicamente contra un equipo concreto para transformarse en un cuestionamiento de la propia competición y de sus responsables.

La paradoja es que el daño trasciende lo deportivo. Lo ocurrido pone de relieve tanto la magnitud de la indignación social ante la tragedia en Gaza como la dificultad de las instituciones españolas para gestionar un conflicto que conecta de manera directa con la sensibilidad ciudadana. En una democracia, el derecho a la protesta no puede abordarse solo con improvisación policial o recortes de última hora: requiere diálogo, previsión y capacidad para medir la temperatura social.

Sería ingenuo pensar que la protesta de Madrid pueda cambiar por sí sola el rumbo de la guerra en Gaza. Sin embargo, su eco internacional y su potencial efecto réplica son innegables. Y eso es precisamente lo que teme un Gobierno israelí cada vez más cuestionado fuera de sus fronteras. La Vuelta a España ha sido, sin pretenderlo, el escenario donde deporte, política y conciencia social se han cruzado de manera inevitable. @mundiario

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