A qué juega Trump con Maduro: la sorprendente yenka diplomática en el Caribe
Donald Trump y Nicolás Maduro volvieron esta semana al centro del tablero internacional con una pirueta tan inesperada como inquietante. Según reveló The New York Times, el presidente de Estados Unidos mantuvo recientemente una conversación telefónica con el líder venezolano y llegó a plantear la posibilidad de un encuentro cara a cara en territorio estadounidense. Lo hizo, además, en plena escalada militar en el Caribe, donde el Pentágono despliega un operativo de dimensiones históricas, oficialmente contra el narcotráfico, pero que Caracas interpreta como la antesala de un intento de expulsar a Maduro del poder. El contraste entre las bombas en el mar y la diplomacia susurrada parece propio de una coreografía imposible, una yenka política en la que Washington ora avanza, ora retrocede, ora insinúa una negociación, ora amenaza con una incursión terrestre.
La llamada —que ninguna de las dos capitales ha confirmado públicamente— se habría producido días antes de que el Departamento de Estado calificara como grupo terrorista al llamado Cartel de los Soles, un supuesto entramado criminal vinculado al chavismo. El Gobierno de Maduro, fiel a su manual discursivo, lo tildó de “invento” de Washington. Pero la secuencia temporal evidencia algo más profundo: Trump combina presión máxima con la tentación de un diálogo que él mismo agita y desmiente según convenga.
Desde principios de septiembre, Estados Unidos ha bombardeado embarcaciones que identifica como vehículos del narcotráfico procedentes de Venezuela y otros países latinoamericanos, con un saldo de más de 80 muertos. En paralelo, Trump anunció que, tras los ataques en el mar, llegarían las detenciones “por tierra”, asegurando durante una llamada de Acción de Gracias con militares que la ofensiva se ampliará porque “es más fácil” que actuar desde el mar. Al mismo tiempo, no descartaba “hablar para salvar vidas” con Maduro, un mensaje recibido con entusiasmo por parte del fiscal general venezolano, Tarek William Saab.
La contradicción no es nueva, pero se acentúa en un contexto de creciente tensión. En octubre, la prensa estadounidense ya había filtrado supuestas negociaciones exploratorias entre altos cargos de Caracas y la Administración estadounidense. Unos reportes mencionaban que Delcy Rodríguez habría planteado un Gobierno de transición sin Maduro; otros, publicados también por The New York Times, sugerían que el propio Maduro habría ofrecido dimitir después de un periodo de dos o tres años. La Casa Blanca rechazó esta opción por considerar “inaceptable” cualquier prolongación temporal en la salida del líder chavista y, según esas mismas informaciones, Caracas habría llegado a ofrecer a Washington acceso preferente a sus recursos petroleros y auríferos.
La ambigüedad no es un error: es un estilo
Las declaraciones de Trump de esta semana no aportan claridad. “No descarto nada”, insistió el lunes al ser preguntado por una posible intervención militar en Venezuela, mientras aseguraba que “probablemente” hablará con Maduro porque “habla con mucha gente”. El republicano acusa a su homólogo venezolano de haber permitido —o incluso orquestado— la llegada de inmigrantes irregulares, incluidos supuestos miembros del Tren de Aragua, a Estados Unidos. Pero sus reproches no impiden que vuelva a dejar abierta la puerta a la negociación. La ambigüedad no es un error: es su estilo.
Mientras en Washington la agenda oscila entre la amenaza y el diálogo, Caracas responde con la retórica de la resistencia. Maduro ha pedido a Trump una conversación “cara a cara” y ha ordenado a la fuerza aérea estar “alerta, lista y dispuesta” ante cualquier agresión. El chavismo se ha movilizado en las calles, consciente de que la presencia del portaaviones Gerald Ford y de miles de militares estadounidenses en el Caribe tiene un fuerte impacto simbólico además de militar. La ONU, por su parte, ha denunciado los ataques por violar el derecho internacional, alimentando la sensación de que la región vuelve a un clima de Guerra Fría de geometría tropical.
A todo ello se suma la crisis aérea que sacude Venezuela tras la revocación de las licencias de vuelo de Iberia, TAP, Avianca, Latam, Turkish Airlines y Gol. El Gobierno acusa a estas compañías de sumarse a un supuesto “terrorismo de Estado” promovido por Washington, aunque el origen inmediato del conflicto reside en una advertencia de la agencia federal de aviación estadounidense a las aerolíneas comerciales para que extremen la precaución al sobrevolar el país. El espacio aéreo venezolano se convierte así en otra pieza del tablero.
Trump juega a dos bandas: endurece su narrativa interna mientras explora contactos que podrían ofrecerle una victoria diplomática de alto impacto
¿Qué pretende realmente Trump? ¿Qué busca Maduro? Resulta tentador interpretar este cruce de movimientos como una guerra psicológica más que como un plan coherente. Trump juega a dos bandas: endurece su narrativa interna —en un momento en que el control migratorio es el eje de su discurso— mientras explora contactos que podrían ofrecerle una victoria diplomática de alto impacto. Maduro, por su parte, utiliza el gesto para reforzar su legitimidad interna y proyectar la imagen de un mandatario que no teme a Washington y que incluso puede sentarse a negociar de igual a igual con la Casa Blanca.
La yenka de ambos líderes puede parecer absurda, pero responde a una lógica conocida: mantener la tensión sin llegar al punto de no retorno. El problema es que, en una región históricamente frágil, la suma de despliegues militares, comunicaciones opacas y acusaciones cruzadas puede derivar en un error de cálculo de consecuencias incalculables.
De momento, Trump avanza y retrocede, Maduro desafía y ofrece diálogo, y el Caribe observa cómo el pulso se convierte en un baile extraño, casi grotesco, cuyo final nadie parece tener claro. Pero si algo demuestra esta secuencia es que, en la política exterior de Trump —y en la supervivencia del chavismo—, nada es definitivo. Todo puede cambiar de un día para otro. Y eso, precisamente, es lo que hace que este baile sea tan peligroso. @mundiario



