LAS COSAS COMO SON

Trump y Maduro: qué significa realmente “hablar” cuando se negocia bajo presión

La aparente apertura de Washington a un contacto directo con Caracas llega en un momento de máxima tensión militar. Más que diálogo, lo que se perfila es una negociación asimétrica donde cada uno busca salvaguardar intereses incompatibles.

Ilustración sobre el compás de espera entre Trump y Maduro. / Mundiario
Ilustración sobre el compás de espera entre Trump y Maduro. / Mundiario

La palabra hablar parece sencilla, pero es muchas cosas a la vez. Puede ser conversar, negociar, advertir, murmurar o incluso amenazar. La Real Academia Española recoge más de una veintena de acepciones y locuciones para una acción tan cotidiana como decisiva: hablar claro, hablar alto, hablar por demás, hablar por hablar. En política internacional, cada matiz importa. Y cuando Donald Trump afirma que “podría conversar” con Nicolás Maduro, lo que menos hay es conversación.

El presidente estadounidense reabrió esta semana la puerta a un contacto directo con el dirigente venezolano. Lo hizo, dijo, si eso permite “salvar vidas”. Pero lo dijo también mientras mantiene desplegada una fuerza naval en el Caribe y deja abierta la opción de una acción militar. Entre hablar y dialogar media un abismo. Entre dialogar y negociar, otro. Y lo que hoy se perfila entre Washington y Caracas no es diálogo, sino una negociación forzada por la presión militar.

Los analistas coinciden en que no existe igualdad entre las partes. José Vicente Carrasquero lo resume con crudeza en El Nacional de Caracas: conversar es intercambiar ideas; dialogar requiere simetría; negociar implica concesiones. Y ninguna de las dos primeras condiciones se cumple en este caso. La presencia militar estadounidense convierte cualquier acercamiento en un mensaje claro: las cosas pueden hacerse “por las buenas o por las malas”. Ese marco condiciona por completo el sentido de cualquier palabra.

Maduro, que durante años ha rechazado opciones de salida negociada, enfrenta un deterioro interno que ya ni siquiera controla del todo. Episodios recientes que lo muestran inseguro dentro de su propio entorno alimentan la idea de que podría estar reconsiderando alternativas antes descartadas. Pero incluso en ese escenario, sus incentivos siguen siendo muy distintos a los de Washington. Para el mandatario venezolano, seguir en el poder mañana es más importante que cualquier horizonte a largo plazo.

El narcotráfico, ¿moneda de cambio?

Trump, en cambio, opera con objetivos estratégicos. El petróleo venezolano —ya marginal en el mercado estadounidense— no es la moneda de cambio. Sí lo es el narcotráfico, convertido en amenaza para la seguridad nacional y utilizado como justificación para sanciones, acusaciones penales y presión militar. En esa lógica, la única oferta sostenible para Estados Unidos sería la misma que Caracas siempre ha evitado: una salida escalonada, segura y con garantías personales para Maduro.

Pero el régimen no es solo él. Es un entramado de cárteles, grupos irregulares y redes que funcionan bajo protección estatal. Movimientos internos podrían incluso presionarlo para no renunciar, advirtiéndole que su marcha implicaría su propia condena. La supervivencia del líder está vinculada a la del sistema, y esa interdependencia dificulta cualquier acuerdo.

Luis Toty Medina va más lejos al rebatir la idea de un diálogo real: lo llama “negociación bajo coerción”. Desde su mirada, Trump tiene tres prioridades: romper las alianzas de Caracas con China, Irán y Rusia; reabrir el flujo energético hacia Estados Unidos; y limitar la influencia geopolítica rival en la región. La democracia y la libertad, sostiene, son añadidos retóricos. Maduro, por su parte, solo busca tiempo. Como un paciente que cuenta sus horas, gana aire político cada vez que se sienta a negociar, aun sabiendo que la mesa está inclinada.

En este juego, la oferta estadounidense no sería mantener a Maduro en el poder, sino garantizarle un destino sin extradición. Turquía aparece como posibilidad. El problema, ironiza Medina, es que “en el avión donde se iría no caben todos”: lo que obtenga será para él y su círculo más íntimo, no para la estructura chavista.

La presión militar, las restricciones aéreas y marítimas y la capacidad de asfixia económica son piezas de la misma estrategia: acorralar primero, hablar después

El embajador Juan Álvarez Vita introduce otro elemento: Trump necesita victorias internacionales. No las ha conseguido en Ucrania, ni con China, ni en Oriente Medio. Un diálogo con Maduro, aunque fuese cosmético, podría venderlo como un logro. La presión militar, las restricciones aéreas y marítimas y la capacidad de asfixia económica son piezas de la misma estrategia: acorralar primero, hablar después. Hablar, aquí, no es conversar: es imponer un marco de fuerza.

Cada uno habla como quien es, dice el refrán. Trump habla como líder de una potencia que se sabe fuerte; Maduro, como dirigente acorralado que intenta sobrevivir otro día. Y en este intercambio desigual, la palabra hablar se aleja de su significado cotidiano para adoptar otro mucho más duro: el de una negociación en la que casi nada está realmente sobre la mesa, salvo la salida —o la resistencia— de un régimen que ha agotado sus opciones. @mundiario

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