¿Qué futuro espera a Europa y a los europeos?

Mirando para atrás sin ira, se pueden descubrir en el presente relatos que merece la pena impulsar. También los que es mejor olvidar.
Virus del covid-19. / Mundiario.
Virus del covid-19. / Mundiario.

Acaban de cumplirse cinco años desde que la covid-19 sumió a la humanidad en la incertidumbre de qué iba a pasar cada día en un confinamiento que no acababa. Es buena ocasión para un balance breve de lo que mereció la pena y lo que no, justo en un momento en que desasosiegos de diverso tipo rondan las vidas de la humanidad. Siempre hay inseguridad del mañana, pero hay momentos en que parece se acelera y que el tiempo no es pura cronología.

Al margen de que los asuntos que se mencionen en esta columna, siempre tienen carga subjetiva, de lo acontecido en las olas primeras de la pandemia -y antes de que empezara a ser manipulado cuanto tenía que ver de cerca o de lejos con su instrumentación política, crematística y estratégica-, cabe señalar dos o tres asuntos principales. Por un lado, el alto valor de la investigación, el conocimiento científico y sus aplicaciones médicas. Quedó patente en la rapidez con que estuvieron disponibles vacunas que salvaron millones de vidas, un reto que sin recursos adecuados hubiera sido imposible. En pleno siglo XXI, no faltaron arúspices apocalípticos, de mayos o menor calibre negacionista, que, en aquellos días inciertos, nos transportaron a los tiempos de la Peste Negra y al que Defoe dejó descrito magistralmente en El diario del año de la peste. Personajes y personajillos hubo que se parecieron mucho a algunos de los protagonistas de aquel dietario de 1722 sobre lo acontecido en una peste  londinense. El mundo de la buena voluntad y el de las sabandijas también quedaron de manifiesto, aunque mucha gente, de lo aislada que quedó consigo misma, no se enteró. Los bulos y fakenews rodaron mucho por las Redes, se pasearon alegremente por los móviles y conmovieron tanto que los votantes de las elecciones autonómicas (En Madrid, el 28M2023) orientaron la mirada de los votantes hacia quienes más habían reorientado los aplausos iniciales hacia las caceroladas contra el Gobierno del Estado.

En medio de aquella incertidumbre, quien salvó la situación fue la trayectoria profesional de este colectivo de personas; pasados cinco años de aquel acontecimiento brutal, también quedó en el recuerdo su positiva actuación en la infraestructura fundamental de los servicios públicos. Al lado de la Sanidad, la Educación también fue capacz de adaptarse con rapidez a una emergencia de gran calibre, en que parecía a veces que todo se había paralizado. Ahí estuvieron, sin embargo, los colectivos profesionales de ambos servicios, prestos para arriesgar, atender y cuidar. En el caso de los enseñantes, la infancia y adolescencia española, sin ellos, el desastre hubiera sido enormemente más grande. Aquel derroche de empatía y atención merece un recuerdo agradecido que, a lo que se ve por las protestas, manifestaciones y huelgas últimas, se ha quedado en pura retórica (como tantas otras veces). El resto de participantes y actores nadó entre el bien y el mal, en una indecisión en que hubo de todo, como en cualquier otro momento de la historia humana. Todavía ofrece muchas dudas, por ejemplo, lo acontecido en el ámbito de la Tercera Edad, en que colean ante los tribunales serias reclamaciones de discriminación con los mayores en cuanto a la atención recibida en residencias de diverso tipo. Los datos estadísticos indican que bastantes de los muertos en aquella situación excepcional habrían sido menos –y hubieran tenido un final distinto-, con mejor coordinación entre la Sanidad y aquellos servicios, más recursos y menos protocolos. 

Quien haya visto el documental 7921 –o tenga más información al respecto- se habrá hecho opinión sobre lo que faltó y lo que sobró. Es importante: la situación  puede repetirse con relativa facilidad. No está claro que la IA, por sí misma, vaya a salvar a nadie en situación semejante. Puede suceder que nos veamos pronto en algo parecido o peor. Los dueños de esta sofisticada tecnología, socios de Trump en gran medida, empeñados en regresar a la dura colonización sin trampantojos de diálogos y convenios que mermen su imperialismo, han puesto patas arriba la supuesta unidad de los europeos. A toda prisa tratan estos de poner parches a lo que nunca pasó de una fase potencial: la verdadera unidad, más allá de la conveniencia comercial sin fronteras interpuestas. Desde 1957, en que aquella CEE sólo se ocupaba del carbón y del acero, siempre quedó pendiente el corazón del sistema: la unión bancaria, la unión defensiva y la unidad ante el exterior, es decir, el meollo de la soberanía compartida. Lo que estos días inquieta más a los europeos es la defensa común y son muchos los hilos pendientes de acuerdo: unidad de dirección, unidad tecnológica, unidad y diversidad política: qué le corresponde a cada cual hacer cuando están tan polarizadas las perspectivas ultras y las más comunitarias. Cuando ni existe un relato compartido del pasado europeo, los demás acuerdos hechos en la UE están en el aire, empezando por ver qué han de aceptar los más grandes y los más pequeños de este puzzle de 27 piezas, no exactamente iguales y con intereses determinados por el lugar que ocupan en el mapa de Europa y por el dilema constante entre público y privado: libertad ciudadana y control estatal.

En situaciones como esta, no estaría mal contar con sinergias capaces de estimular y orientar la opinión política sin trampas. Estaría bien que los educadores pusieran sobre la mesa de debate ciudadano –de modo leal y sin subterfugios- su reflexión acerca de la razón práctica más útil para conjuntar voluntades. Existen infinidad de trabajos, propuestas y proyectos que, desde la perspectiva escolar, han estado en circulación: “la escuela que queremos”, “la educación que hace falta”, “educación para la paz”, “educación para la convivencia”, “educación para la ciudadanía”… “educación democrática” y similares; estas denominaciones y parecidas se han reiterado cuando, por razones diversas,  se ha tratado la “situación de la educación” en unas u otras comunidades o, en general en el Estado, y poco aportan a España y a esa Europa comunitaria. Desde los años ochenta sobre todo, la repetición de contenidos entre unas y otras propuestas es casi infinita y los resultados sociológicos más bien escasos. El tejer y destejer retórico de contrastes entre lo que había cuando no había democracia y lo que a continuación se viene a proponer es tan repetitivo, y se ha copiado literalmente tanto, que parece que no haya transcurrido el tiempo desde antes de 1975. Tal vez fuera más útil –y más barato- centrar la atención en lo que no se ha hecho y debiera haberse hecho. Algo se sacaría en limpio sobre lo que se deba hacer si se quiere avanzar algo en una sociedad que, por muchos avances que haya tenido en el plano tecnológico, sigue mostrando el fondo de las pulsiones de siempre. @mundiario

Comentarios