Puigdemont y el escapismo
Adelante, pasen ustedes. No se detengan. Es un espectáculo único. Sin parangón. No encontrarán otro igual.
Verán desaparecer como por ensalmo a un expresident de la Generalitat. No se pierdan el espectáculo.
Estará aquí delante de ustedes, en el Arco de Triunfo de Barcelona. Hablará ante todos y de pronto… desaparecerá ante su vista y ante la de miles de tele-espectadores, y no digamos, ante la vista de los mossos de escuadra, a los que dejará con cara de turulatos ante su enésima desaparición.
Pasen y vean. Apto para todos los públicos. El jueves 8 de agosto de 2024, todo un expresident de la Generalitat protagonizará el mayor espectáculo de escapismo desde los tiempos de Houdini.
¿Qué quieren que les diga? ante un reclamo semejante no pude por menos que plantarme a primera hora ante el show que se había montado en el Arco de Triunfo de Barcelona este 8 de agosto.
No es que hubiera una concentración multitudinaria; más bien parecía como cuando convocas a un montón de gente a tu fiesta de 50 cumpleaños y vienen sólo tu hermano y dos primos del pueblo. Pero eso sí, estaban muy entregados, con caretas de Puigdemont, gritos y cánticos de apoyo y casi todo el kit de uso común en estas ocasiones.
El caso es que, por fin, el muy honorable president Puigdemont salió al desabrido escenario que se había montado y dio un nervioso y veloz discurso cuyo contenido fue un pequeño refrito sin grandes novedades. Tras finalizar su homilía y con mucha prisa, fue reclamado por su abogado desde bastidores y desapareció del escenario.
Como es lógico, todos los asistentes esperábamos que Puigdemont aparecería a continuación en el pasillo protocolario que se le estaba haciendo a lo largo del passeig Lluis Companys y que llevaba directamente al Parc de la Ciudadela, sede del Parlament de Catalunya, que era dónde había ido anunciando desde semanas antes que se personaría para hacer uso de la palabra y de su voto en la sesión de investidura del candidato a presidir la Generalitat: el Sr. Illa.
Y en efecto, por ese pasillo discurrieron los diputados de Junts, pensando que se les uniría en el trayecto su amado president. Pero el caso es que de Puigdemont nunca más se supo ni fue posible volverle a ver aquel día.
Hubo gran frustración entre los aproximadamente 3500 seguidores, y más aún se debió de producir entre el gran operativo policial que se había articulado con la exclusiva misión de detenerlo y que, de pronto, contemplaba atónito y con cara de boniato cómo el sujeto de su detención, en vez de ponerse él solito las esposas y meterse en la celda tal como les había prometido, había optado por huir nuevamente de la Justicia, sin notificarlo previamente y dejando perplejos y boquiabiertos a medio cuerpo de Mossos de Escuadra.
Es que no hay derecho. Es que parecemos los Keystone Cops de Mack Sennett, se oía comentar.
Y ciertamente, aunque el huido también pudiera rememorar al Ben Turpin del mejor cine cómico, el cuerpo de Mossos no pudo evitar trasmitir aquella imagen de los Keystone Cops persiguiendo con porra en mano, alocada y atropelladamente al delincuente de turno, que siempre les daba esquinazo, dejándoles caer a todos en un hoyo al final de la película.
Volviendo a casa desde el evento no pude por menos de rememorar otros acontecimientos, algo más serios, ocurridos ya hace casi cincuenta años y que también tenían como protagonista a un president de la Generalitat en el exilio, y que se acompañaron (aquellos sí) de importantes repercusiones políticas para nuestro país.
Me estoy refiriendo a la Operación Tarradellas.
Allá por 1977, el gobierno de Adolfo Suárez intentaba llevar a España a aguas democráticas desde las playas del franquismo. Eran muchos sus frentes y preocupaciones con un país que estaba inmerso de lleno de la primera de las grandes crisis económicas mundiales desde la de 1929 y que cada día devenía más esquizofrénico, soportando una dura presión, bien desde la oposición intentando convertirlo por fin en un país democrático al uso, o bien desde la derecha franquista e inmovilista que pretendía tener otros 40 años de España una, grande y libre.
En aquella España de 1977, una de las grandes preocupaciones de Suárez era el encaje de Cataluña en la nueva democracia. Se barajaban desde el gobierno diversas hipótesis, descartando inicialmente la restitución de la institución de la Generalitat de Cataluña por las connotaciones que tenía de restauración de instituciones republicanas, y se pensó inicialmente en un Régimen Administrativo Especial, valorándose varios nombres que podrían liderar dicha operación, como el de Juan Antonio Samaranch, más tarde el del centrista (UCD) Carlos Sentís, o en su defecto incluso Jordi Pujol. Todos ellos personajes con mayores complicidades con la UCD que las mucho más exiguas del PSC o el PSUC.
Restituir la Generalitat sería de hecho restaurar la que fue una de las principales aboliciones de la legalidad republicana por las leyes franquistas, por lo que se prefería optar por una solución intermedia, más sutil y conveniente a los intereses de la derecha suarista pero muy alejada, como se vio más tarde, del sentir del pueblo catalán.
Ante la alarma por estas maniobras y desde su exilio desde el fin de la guerra civil, en Saint- Martin-le-Beau, en Francia, el president de la Generalitat Josep Tarradellas dio un toque de atención y a través de un intermediario contactó con el gobierno Suárez proponiendo una más novedosa opción de encaje de Cataluña: propuso acudir a Madrid, visitar al rey e incluso aceptar la monarquía y la unidad de España, a cambio del restablecimiento de la Generalitat de Cataluña y su nombramiento como presidente que le permitiría negociar las funciones de la nueva institución.
Aunque Suárez no veía con buenos ojos esta opción por ser la más alejada a sus intereses, todo cambió a partir de las primeras elecciones democráticas españolas desde la segunda república, celebradas el 15 de junio de 1977.
Así, al contrario que en el resto de España, en Cataluña, la UCD de Suárez tuvo un descalabro considerable al quedar en cuarta posición detrás del Pacte Democràtic de Pujol y todavía muy por debajo de los grandes ganadores: el PSC (socialistas) y el PSUC (los comunistas) que habían quedado en los primeros puestos.
Aunque la victoria electoral de la UCD fue casi unánime en la mayor parte del territorio español, los resultados en Cataluña hicieron replantearse a Suárez la opción del anciano presidente en el exilio.
Fue así, en ese momento, en el que Suárez puso en marcha la Operación Tarradellas, consciente de que la oposición nacionalista y de izquierdas, que representaba a la gran mayoría del pueblo catalán, estaba claramente unida como una piña con el presidente en el exilio y representaba un difícil obstáculo. Además, Suárez tenía la esperanza de que al restaurar la Generalitat dando la presidencia a Tarradellas se podría desactivar la importante victoria de las fuerzas de la izquierda en Cataluña.
De esta manera, unos días más tarde de aquellas elecciones, Suárez da el visto bueno para que se contacte de nuevo con Tarradellas para viajar a la capital española y el 27 de junio de 1977, doce días después de las elecciones generales, Josep Tarradellas aterrizaba ya en Madrid para entrevistarse con Suárez y el rey.
Tarradellas, desde su exilio francés, había estado muy atento a todas estas maniobras políticas y supo ver la ventana de oportunidad que se abría para la restauración de la Generalitat de Cataluña, que era su gran objetivo, muy lejos del interés personal en dirigirla ya que fue consciente desde el principio de que su función en la nueva Generalitat sería efímera, como así fue.
En su reunión en Moncloa con Suárez y teniendo muy claro su objetivo, Tarradellas rechazó de plano, los múltiples intentos del gobierno español para ofrecerle que presidiera un ente que no fuera la Generalitat republicana restaurada. “Suarez me propuso treinta soluciones y yo no acepté ninguna”, explicaba el president.
Fue el encuentro con el rey Juan Carlos el que permitió limar escollos y permitir a Tarradellas imponer la única opción considerada válida para él y para los representantes de los diputados electos en Cataluña en las elecciones de junio de 1977.
Tras el plácet del monarca, se iniciaron las negociaciones entre el gobierno Suárez y Tarradellas, en contacto continuo con las fuerzas políticas catalanas, que conducirían al decreto-ley de restablecimiento de la Generalitat de Cataluña.
El 28 de septiembre de 1977 se proclamó el acuerdo para el restablecimiento de la Generalitat y el 3 de octubre Tarradellas se reunió en Perpignan con los políticos catalanes para comunicárselo, reseñando que probablemente esa sería la última reunión que habría que celebrar fuera del país.
Pocos días más tarde y después de despedirse de las autoridades francesas, Tarradellas abandonaba su país de adopción trasladándose primero a Madrid para cumplir con las audiencias protocolarias con el presidente Suárez y el Rey y a continuación, el 23 de octubre, Josep Tarradellas regresaba por fin a Cataluña.
Para aquel momento crucial de la historia de Cataluña, se orquestó una brillante puesta en escena, preparada al milímetro por un gran maestro de ceremonias Pere Portabella, prestigioso director de cine y por entonces presidente de la Asamblea de Cataluña.
Desde el balcón del Palau de la Generalitat en la Plaza Sant Jaume y ante una gran multitud, el president Tarradellas, finalmente de vuelta desde su exilio desde los años del franquismo y bien consciente de la realidad de Cataluña a pesar de su ausencia de casi cuarenta años, pronunció su conocido discurso que comenzaba con un insólito: Ciutadans de Catalunya, ja soc aquí! (Ciudadanos de Cataluña, ¡ya estoy aquí!)
En aquel momento histórico, Tarradellas no eligió al azar ni por casualidad el término de “ciudadanos de Cataluña” en lugar de “catalans”.
A pesar de su largo alejamiento, conocía muy bien la realidad catalana y era bien consciente de que, en 1977, había en Cataluña, ciudadanos de origen catalán, pero también de otras muchas procedencias y que era imprescindible que formaran parte de esta nueva Cataluña que se empezaba a forjar. Deliberadamente rehusó hacer distinciones y quiso incluirlos a todos. Todos habían hecho posible y eran necesarios en esta nueva etapa. Además, la palabra ciudadanos también aportaba el aroma del republicanismo de aquella Generalitat perdida hacía tanto tiempo.
Casi cincuenta años después de entonces, el 8 de agosto de 2024, tras una sesión parlamentaria y de forma solemne se investía como nuevo president de la Generalitat a Salvador Illa.
Horas antes y a pocos metros de allí, un expresident de la Generalitat hacía un espectacular número de escapismo.
El president Puigdemont, que dice vivir en el exilio y bajo la represión, en esta España de 2024, que vive felizmente en democracia nada más y nada menos que desde aquellos años setenta del siglo pasado, había prometido que acudiría al pleno de investidura de Illa, sabiendo que esto provocaría su arresto al entrar en territorio español.
Efectivamente, y ayudado con múltiples colaboradores, apareció en Barcelona el día de la investidura. Apareció y desapareció en un nuevo número escapista que contemplaron también los mossos como parte del público asistente.
¿Para qué?
¿Cuál era la clave para explicar toda esta operación?
La notoria repercusión mediática conseguida no ha aportado ni es probable que lo haga, ningún tipo de beneficio ni a él ni a su partido, ni siquiera a sus simpatizantes.
Fue un flash informativo, realmente una noticia bomba, pero con una nula repercusión política.
Es esto lo que tal vez hace pensar que la operación escapista quizás no fue más que un plan B. Un pésimo plan B.
El plan A era posiblemente mucho más atractivo. El plan A tal vez consistiera en esa misma presentación en público en Barcelona, en el día de la investidura de Illa, pero ante un público mucho más numeroso que el que al final se logró congregar. Un público a la altura del expresident y en número suficiente para poder permitir blindarle o al menos dificultar muchísimo su detención en su planeado paseo por el passeig Lluis Companys hasta el Parlament. Un público ante el que esa detención pudiera haber permitido el inicio de un nuevo martirologio y como mínimo una buena excusa para intentar sabotear la investidura de Illa.
Pero la cosa no salió bien.
Conforme pasan los días, lo único cierto es que, por suerte, se ha mantenido la normalidad institucional y tenemos un nuevo president, que quizás después de casi 15 años, se disponga de una vez por todas a gobernar Cataluña, en vez de seguir dando brindis al sol mientras se desdeña la educación, la sanidad, el cambio climático y los mil otros problemas que no debían de tener especial relevancia al lado de los que han marcado la agenda del gobierno en Cataluña en la última década.
Otra cosa bien triste y cierta después de estos días es que, ver a un president de la Generalitat haciendo números de escapismo en directo no ayuda al prestigio de una institución varias veces centenaria como la Generalitat ni a mantener la dignidad y la honorabilidad de su presidencia y tampoco parece que sea de gran ayuda para uno de los pilares de la Generalitat como es su cuerpo policial, que se ha visto envuelto en uno de los mayores ridículos de su historia a manos de su antiguo mandatario.
Creo que, independientemente de la opción ideológica y política de cada cual, lo que es indudable es que si hoy echamos la vista atrás hacia 1977 y contemplamos en la distancia la figura y la actuación de Josep Tarradellas, se nos revela como la gran figura política que uno querría tener para su país en un momento crucial. A la altura de un Azaña, un Negrín, un Prieto, un Suárez, un González o un Pujol. Todos indudablemente con luces y sombras, pero ninguno haciendo gala de burdos trucos de feria sin ningún propósito.
Cuando dentro de unos cuantos años, miremos atrás y contemplemos la figura de Carles Puigdemont, independientemente de nuestra adscripción política, más que una gran figura política puede que sólo veamos a un triste guiñol que hacía trucos escapistas.
Tal vez provoquen entonces cierta amargura y rubor sus hoy aclamadas astucias y caigamos en la cuenta de que quizás, lo único de lo que se pretendía escapar, más que de un escenario, era de la realidad.
Una realidad muy tozuda y posiblemente difícil de digerir, con un partido desnortado, con tintes populistas, en creciente aislamiento, anclado en el victimismo, que ha ido dejando perder su poder a raudales y totalmente dependiente de un líder que ha dilapidado por muchas esquinas una buena parte de la dignidad del cargo que un día ostentó.
Años atrás, durante su exilio, el jefe del gobierno francés preguntó a Josep Tarradellas sobre cuál sería su política.
Evitar el ridículo, monsieur le président, dicen que respondió.
Pero parece ser que no corrió la voz. @mundiario