El portaaviones Gerald Ford reaviva las tensiones entre EE UU y Venezuela
El Caribe vuelve a ser escenario de una demostración de fuerza. El portaaviones Gerald Ford, el más grande y tecnológicamente avanzado de la flota estadounidense, ha entrado en aguas bajo la jurisdicción del Comando Sur para reforzar la campaña contra el narcotráfico. Lo que, en teoría, se presenta como una operación de seguridad hemisférica tiene, en la práctica, un significado político más profundo: marca un nuevo capítulo en la tensión entre Estados Unidos y Venezuela, y reaviva un viejo debate sobre el papel de Washington en América Latina.
El Pentágono defiende que el despliegue busca “interrumpir el tráfico de drogas y desmantelar las organizaciones criminales transnacionales”. En los dos últimos meses, Estados Unidos ha llevado a cabo 19 ataques contra embarcaciones que acusa de transportar cocaína, con un saldo de 76 muertos. Ninguno de esos ataques ha contado con autorización del Congreso, lo que ha suscitado críticas sobre su legalidad. Organizaciones de derechos humanos denuncian que se trata de ejecuciones extrajudiciales bajo un pretexto ambiguo: la guerra contra el narcotráfico, ahora extendida a aguas internacionales.
Pero más allá de la cuestión jurídica, la operación tiene una clara lectura geopolítica. La llegada del Gerald Ford al Caribe coincide con la consolidación del poder de Nicolás Maduro tras su controvertida reelección y con el enrarecimiento de las relaciones bilaterales. Caracas ha respondido elevando su nivel de alerta militar y desplegando el “Plan Independencia 200”, que incluye fuerzas aéreas, navales y misiles en “perfecta fusión cívico-militar”, según la terminología del chavismo. En el lenguaje diplomático, se trata de un pulso: el mensaje de Washington es de disuasión; el de Caracas, de resistencia.
La Administración Trump —su lider volvió a la Casa Blanca con una agenda exterior más agresiva— sostiene que el narcotráfico venezolano es una amenaza directa a la seguridad de Estados Unidos. El presidente ha llegado a insinuar una “segunda fase” de la operación, que incluiría acciones terrestres. Sin embargo, altos funcionarios del Pentágono admitieron recientemente ante el Congreso que no existe base legal para intervenir en territorio venezolano, aunque se exploran “opciones jurídicas” para hacerlo sin autorización legislativa.
Narrativa de “defensa frente al imperialismo”
Mientras tanto, el Gobierno venezolano insiste en su narrativa de “defensa frente al imperialismo”, que le permite reforzar la cohesión interna de las Fuerzas Armadas y del Partido Socialista Unido de Venezuela. Los mensajes de Maduro a la clase trabajadora, llamando a una “huelga general insurreccional” en caso de agresión, son tan simbólicos como predecibles: buscan mantener viva la épica revolucionaria ante un enemigo exterior.
El resultado es un peligroso equilibrio de retórica y fuerza. Estados Unidos asegura que sus operaciones son puramente antinarcóticos; Venezuela sostiene que se prepara para una invasión. Ambos discursos se retroalimentan y reducen el espacio para la diplomacia. El riesgo no es tanto un conflicto abierto —poco probable en el corto plazo— como un accidente o un error de cálculo que escale la tensión más allá del control político.
En este contexto, América Latina observa con mezcla de inquietud y fatiga. La región, que lidia con crisis sociales, desigualdad y tensiones democráticas, no necesita un nuevo foco de confrontación militar. El despliegue del Gerald Ford —un símbolo de poder naval concebido para guerras de otro siglo— transmite un mensaje de fuerza en un momento en que haría falta uno de diálogo.
Washington tiene razón al preocuparse por la expansión del narcotráfico, pero su estrategia recuerda más a la lógica del siglo XX que a los desafíos de este tiempo. La militarización de un problema esencialmente social y económico rara vez ofrece resultados sostenibles. Y Caracas, por su parte, explota esa retórica para legitimarse internamente, sin ofrecer alternativas reales al colapso de su economía ni a la erosión de sus libertades. Cada vez más lejos de la democracia, el régimen es percibido en el Occidente democrático como una dictadura.
El Caribe, tradicionalmente un espacio de tránsito y mestizaje, corre ahora el riesgo de convertirse otra vez en escenario de rivalidades geopolíticas. Lo que hoy se presenta como una operación contra el narcotráfico podría derivar en una nueva línea de fractura entre Estados Unidos y América Latina. Y en ese juego, como tantas veces en la historia, los mayores perdedores serían los países de la región. @mundiario



