Políticos sin formación: cuando gobernar no exige saber ni lo que se dice

En España se expulsa a un médico falso sin contemplaciones, pero se permite que cualquiera gobierne sin preparación ni control. La política se ha convertido en refugio de torpezas, soberbias y frases irresponsables que acaban pagando siempre los mismos.
Políticos sin formación política
Políticos sin formación política

Cuando pillan a un médico falso, no hay debate, ni mesa redonda, ni comprensión humanista. A la calle. No se le inhabilita, porque para inhabilitar hay que haber estado habilitado antes. Es como expulsar a un torero que nunca pasó por la escuela taurina pero se compró el traje en Alcampo. Fuera. Porque con la salud no se juega.

Ahora bien, llegamos a la política y, ¡oh milagro!, desaparece el sentido común como desaparecen los calcetines en la lavadora. Aquí puede gobernar cualquiera. No hace falta saber nada. Ni derecho, ni economía, ni historia, ni siquiera educación básica. Basta con respirar, tener carné de identidad y un ego resistente al ridículo.

Resultado: una fauna política digna de un documental de La 2 narrado por un entomólogo deprimido. Mercenarios del acta, inútiles con despacho, soberbios de plató y analfabetos emocionales que confunden el micrófono con la barra del bar. Gente que no gobierna: ocupa. Como las palomas.

No hablo de grandes conceptos, ni de la Constitución tratada como una servilleta de chiringuito, que se mancha y se cambia. No. Hablo de lo elemental. De saber que hay cosas que no se dicen. De entender que una broma mal medida no es una broma: es una torpeza con eco.

El problema no es la intención, es la incompetencia

Porque cuando el señor Feijóo suelta una gracieta y acaba pareciendo que llama tontos a los andaluces por no saber contar, da igual lo que “quisiera decir”. El andaluz no vota intenciones, vota lo que oye. Y lo que oyó no fue precisamente un piropo. No hacía falta querer ofender: bastó con no pensar.

Y ahí está el drama nacional: políticos que hablan antes de pensar y piensan después de meter la pata. Unos viven en las nubes, convencidos de su genialidad. Otros pisan tierra, pero con botas de plomo. Ninguno mira al suelo para ver por dónde camina.

Tonto no es el que se molesta. Tonto es el que dice tonterías.
Y el más tonto de todos es el que las dice desde el poder creyendo que no pasa nada.

Pero pasa. Siempre pasa.
Y casi siempre lo pagamos los mismos.

Porque en este país se exige título para operar un corazón, pero no para manejar un país. Y así seguimos: gobernados por la ligereza, dirigidos por la ocurrencia y administrados por gente que confunde el BOE con un grupo de WhatsApp. @mundiario

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