LAS COSAS COMO SON

Pedro Sánchez se vuelve un equilibrista para acercarse a China sin incomodar a EE UU

“España ve a China como socio de la UE”, dice el presidente español en su acercamiento a Pekín en plena crisis de Europa con Donald Trump.
Pedro Sánchez y Xi JInping. / Mundiario
Pedro Sánchez y Xi JInping. / Mundiario

En la diplomacia, como en el circo, hay quienes prefieren la seguridad del suelo firme y quienes se arriesgan en la cuerda floja. Pedro Sánchez, en su visita a Pekín, ha demostrado una vez más que ha optado por el segundo camino. Su encuentro con Xi Jinping, cargado de gestos, palabras cuidadosamente escogidas y una puesta en escena milimetrada, lo consolida como un equilibrista de primer nivel en el tablero geopolítico global. Su reto: estrechar lazos con China sin romper el precario equilibrio con Estados Unidos.

El mensaje ha sido claro y firme: *“España ve a China como socio de la UE”*. Esta frase, pronunciada con total intencionalidad ante Xi Jinping, supone mucho más que un gesto de cortesía diplomática. Es una declaración política en toda regla, que busca alinear a España con la corriente europea que defiende un nuevo enfoque hacia Pekín, en un momento en que Washington endurece su pulso con el gigante asiático.

Sánchez no ha estado solo en este intento de redefinición. La visión oficial de la UE sobre China —como socio, competidor y rival sistémico— empieza a quedarse corta ante el giro que están promoviendo algunos de sus líderes. La creciente tensión con Estados Unidos, especialmente tras el nuevo brote de proteccionismo arancelario impulsado por Trump, ha generado una reconfiguración de prioridades que Sánchez ha sabido leer con agudeza.

No es casualidad que sea el primer líder occidental en visitar a Xi desde el estallido de la nueva guerra comercial. Tampoco lo es el cálido recibimiento del presidente chino, que agradeció la visita y subrayó que “cuanto más turbulenta sea la situación internacional, más importante será tener buenas relaciones con España”. Detrás de esta frase, aparentemente neutral, se esconde un mensaje directo a Washington: hay otras potencias dispuestas a llenar los vacíos que deja su repliegue.

Pero el equilibrio de Sánchez no se limita al simbolismo. Ha insistido en la necesidad de "unas relaciones equilibradas", recordando las trabas que sufren las empresas europeas para acceder al mercado chino y el abultado déficit comercial con ese país. No ha renunciado a la crítica, aunque la ha vestido de diplomacia. Es un juego sutil: acercarse sin perder del todo la voz propia ni el respaldo europeo.

Sánchez ha apostado además por un acercamiento más allá de lo económico: cultura, idiomas, turismo, ciencia. Un planteamiento que intenta construir una relación más densa, menos vulnerable a los vaivenes del comercio o la presión estadounidense. También ha sacado pecho de la posición de España —y de Europa— en temas como el cambio climático, frente a una administración estadounidense que se desentiende del Acuerdo de París.

Xi, por su parte, no se ha quedado atrás. Ha elogiado el compromiso multilateralista de Sánchez y lo ha alineado con otros líderes emergentes, como Lula o Ramaphosa, en una especie de contrapeso al unilateralismo de Trump. Un guiño claro al nuevo eje geopolítico que está tomando forma, con Europa tratando de conservar autonomía estratégica sin quedar atrapada entre dos gigantes.

Sánchez ha jugado sus cartas con habilidad. Se ha mostrado como un socio fiable para Pekín, sin renunciar a su identidad europeísta ni al discurso multilateralista. En tiempos de bloques, ha elegido la cuerda floja. Y, al menos por ahora, mantiene el equilibrio.

Pero ese equilibrio es frágil. A medida que se recrudezca la pugna entre China y Estados Unidos, las zonas grises desaparecerán. Y entonces, Sánchez —como Europa— tendrá que decidir si sigue caminando sobre el alambre o elige definitivamente un lado. Mientras tanto, el espectáculo continúa. Y el equilibrista avanza, con paso firme, entre aplausos y miradas desconfiadas. @mundiario

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