Pedro Sánchez, en el alambre: ¿hasta dónde llegará su resistencia?
La política española tiene un peculiar sentido del déjà vu. Felipe González acabó derrotado por un reguero de escándalos que erosionaron su crédito. Mariano Rajoy cayó por una moción de censura alimentada por la corrupción incubada bajo su propio techo. Y ahora muchos miran a Pedro Sánchez como el siguiente en esa lista no escrita de presidentes abrasados por su entorno. Puede parecer exagerado, pero tampoco es una idea descabellada si se observa el panorama con cierta frialdad.
El caso Ábalos-Cerdán no es una anécdota ni un marrón aislado. Es una bomba que está todavía en fase de combustión, y que el PSOE intenta desactivar a golpe de gestos y distancias públicas. Pero cuesta creer que la toxicidad de dos dirigentes tan incrustados durante años en la maquinaria socialista no acabe salpicando al partido y, sobre todo, erosionando la confianza en sus finanzas, en sus métodos y en sus silencios. El olor a pólvora política está ahí.
Eso no significa que Sánchez tenga ya la partida perdida. Al contrario: si algo ha demostrado es su capacidad para sobrevivir a pronósticos funestos. Pero para seguir haciéndolo necesitará algo más que reflejos. Debe lograr que una parte de la opinión pública acepte que la reciente condena del Tribunal Supremo al fiscal general del Estado se sostiene sobre una estructura probatoria tan ligera que genera dudas razonables incluso entre juristas sin afinidad política. No es fácil, pero forma parte del terreno en el que él pretende librar la batalla: el del relato.
La misma tensión se da en torno a las causas que rozan a su familia. La judicialización de la actividad privada de su mujer, Begoña Gómez, ha generado un clima abrasivo, sobre todo porque no se trata de un caso que la haya convertido en multimillonaria ni en pieza clave de ninguna trama. Aun así, la oposición ha aprovechado el asunto hasta el último milímetro, igual que magnifica la citación de su hermano —que llega a los juzgados por un puesto de trabajo no precisamente brillante, pero tampoco decisivo en nada relevante para la vida pública—. El PP no deja pasar ni una: ni siquiera las supuestas saunas del suegro fallecido, un episodio que bordea la política de cloaca y que dice más de quien acusa que de quien recibe el golpe.
El problema principal
En este contexto, el relato sí importa. Importa mucho. Pero hay límites que ni la mejor construcción narrativa puede maquillar. Y el caso Ábalos-Cerdán pertenece de lleno a esa categoría: ahí no valen atajos, ni excusas, ni consolarse con la idea —cierta, pero insuficiente— de que la politización de la justicia avanza a la vez que la judicialización de la pelea partidista. Hay responsabilidades políticas que no se evaporan mediante discursos.
Dicho todo esto, conviene no enterrar políticamente a nadie antes de tiempo. Pedro Sánchez ha demostrado ser un superviviente capaz de remontar escenarios que parecían irreversibles. Lo que ocurra ahora dependerá de su habilidad para gestionar el incendio sin quemarse él también, de cuánto desgaste genere cada nuevo capítulo y de si la ciudadanía percibe estos casos como errores ajenos o como síntomas de un ecosistema que él debería haber controlado.
España ya ha visto a presidentes caer por culpa de su entorno. Falta por ver si este será otro episodio de la misma serie o si Sánchez logrará, una vez más, esquivar el destino que muchos —dentro y fuera de su partido— empiezan a dar por hecho. También puede beneficiarle el temor de mucha gente a la extrema derecha, si ve que ésta es necesaria para que gobierne Alberto Núñez Feijóo. A ver qué pasa. @mundiario



