La obscenidad de los insultos en la política

¡Qué grotesca escena! El insulto convertido en doctrina, la descalificación en argumento, la burla en programa electoral. El verbo, antes herramienta de clarificación, yace ahora reducido a estiércol retórico, a mueca de feria, a chiste de mala muerte.
Un hemiciclo vacío. / Mundiario.
Un hemiciclo vacío. / Mundiario.

La política, casa común que debería ser templo de la palabra y taller de la concordia, se ha convertido en un circo de escombros verbales, un anfiteatro donde no combaten las ideas, sino las babas de quienes creen que hablar a gritos equivale a hablar bien. Y allí, entre los cascotes de lo que alguna vez fue un arte noble, emergen los políticos que no se encomiendan ni a Dios ni al Diablo, porque no tienen a quién encomendarse salvo a su propio espejo. Narcisos, sin estanque, lanzan improperios como quien escupe pepitas de fruta amarga, convencidos de que la acritud da brillo, de que la injuria confiere prestigio.

¡Qué grotesca escena! El insulto convertido en doctrina, la descalificación en argumento, la burla en programa electoral. El verbo, antes herramienta de clarificación, yace ahora reducido a estiércol retórico, a mueca de feria, a chiste de mala muerte. Y así, con las venas hinchadas del cuello, se arrojan “pirómano” unos a otros, “parásito”, “criminal”, “traidor”, “inepto”, como si cada insulto fuera un trofeo arrancado a la carne del enemigo. No saben —o quizás lo saben demasiado bien— que lo único que provocan es vergüenza ajena, esa náusea civil que se esparce por los pasillos del pueblo cuando escucha a sus representantes ladrarse como perros famélicos alrededor de un hueso roído.

Hubo un tiempo en que la palabra política tenía algo de música, de cadencia, de armonía. Los sofistas, los tribunos, los parlamentarios clásicos se batían en duelo con razones y metáforas, con ironías finas, con el filo de un argumento. Hoy asistimos, sin embargo, al entierro de la retórica. No hay ritmo, no hay idea, no hay metáfora: solo hay exabrupto, que es la metáfora degradada; solo hay grito, que es la música rota.

Creen estos políticos —tan ufanos en su mediocridad— que el insulto eleva la voz, cuando apenas la degrada; que la descalificación hace más ingenioso el discurso, cuando lo convierte en fango. Son, al fin y al cabo, prestidigitadores de feria, vendedores de humo con léxico de cloaca. La palabra “pirómano”, lanzada como arma arrojadiza contra un adversario ideológico, no habla del adversario, sino del miedo, la pobreza y la indigencia moral de quien la pronuncia.

Porque ya lo dijo la sabiduría popular: dime de qué presumes y te diré de qué careces. Quien llama pirómano, a menudo es quien prende fuego a la convivencia con sus propios fósforos. Quien llama ladrón es quien ha puesto la mano en la caja sin que nadie lo vea. Quien llama traidor es quien, en la penumbra, negocia con el enemigo para salvar su sillón.

La política como teatro de lo grotesco

No son debates lo que contemplamos, sino peleas de gallos sin plumas. No son discursos, sino vómitos ornamentados. El insulto, que en boca de un cómico puede ser arte, en boca de un político, es patología. Es la confesión de que no hay nada detrás: ni proyecto, ni visión, ni idea de futuro. Solo ruido, ruido, ruido.

Los vemos, sentados en sus bancas parlamentarias, con el rostro rojo, con las manos agitadas, con la saliva colgando del labio inferior, creyéndose tribunos romanos cuando apenas son bufones de taberna. Y cada insulto que lanzan no cae sobre el adversario, sino sobre el pueblo que representan. Cada injuria pública es un azote en la espalda de los ciudadanos que aún, ingenuamente, esperan dignidad en la política.

La vergüenza ajena como herencia ciudadana

El pueblo, mientras tanto, escucha. Escucha porque no le queda otra, porque los micrófonos son potentes, porque las televisiones repiten hasta la náusea. Y en ese escuchar se instala la vergüenza ajena, esa sensación viscosa que no es ira ni tristeza, sino un hastío profundo, una repulsión intestinal.

Vergüenza de que quienes deberían discutir presupuestos discutan apodos. Vergüenza de que quienes deberían proponer leyes propongan chistes. Vergüenza de que los representantes se comporten como alumnos pendencieros en un patio de escuela.

La política se ha degradado en espectáculo de tercera categoría, y nosotros, los ciudadanos, somos el público cautivo, obligados a soportar la comedia obscena. Como espectadores cansados, aplaudimos por inercia o bostezamos, sabiendo que al final de la función no habrá ni catarsis ni revelación, solo la certeza de que el insulto se ha instalado como lengua oficial.

El insulto como espejo del vacío

Hay que decirlo claro: el insulto no es fuerza, es carencia. El insulto no es ingenio, es ausencia de ideas. Quien insulta no convence: encubre. Quien insulta no debate: oculta. Quien insulta no construye: tapa con barro la propia falta de cimientos.

Los grandes oradores de la historia lo sabían. Cicerón, Demóstenes, Burke, Castelar: todos ellos podían ironizar, podían morder con elegancia, pero jamás reducían la política a simple injuria. Porque entendían que la palabra no es látigo, sino puente; no es fango, sino piedra de construcción. Hoy, sin embargo, nuestros políticos han olvidado esa lección, y arrastran la palabra por el lodo de sus pequeñas guerras.

Un insulto en boca de un político es un espejo que refleja la nulidad de quien lo lanza. El que acusa de pirómano quizá sea el verdadero incendiario del pacto social. El que acusa de traidor quizá sea el que ha vendido más veces la lealtad. El que acusa de ignorante quizá sea el que nunca abrió un libro sin que se lo dictara su asesor.

Una oratoria convertida en cloaca

La oratoria, que debería ser un ejercicio de grandeza, se ha transformado en cloaca abierta. Allí donde debería haber claridad, hay turbiedad. Allí donde debería haber razones, hay chillidos. Allí donde debería haber respeto, hay zancadillas verbales. Y lo peor de todo: han conseguido que el ciudadano ya no espere más, que acepte como normal la desvergüenza, que se habitúe a la podredumbre.

Ese es el verdadero incendio: no el que provoca un insulto aislado, sino el que enciende en la conciencia colectiva la resignación. Nos acostumbramos a la bajeza, y ese acostumbrarse es más corrosivo que el propio insulto.

Dime de qué presumes…

No hay refrán más certero que el que nos acompaña: dime de qué presumes y te diré de qué careces. Presumen de firmeza, y carecen de serenidad. Presumen de patriotismo, y carecen de nobleza. Presumen de ingenio, y carecen de educación. Presumen de moralidad, y carecen de ética.

El insulto público es una confesión involuntaria: quien insulta se desnuda, se muestra, se exhibe en su pequeñez. Y lo que vemos no es grandeza, no es carácter, no es coraje, sino fragilidad, inmadurez, puerilidad. El insulto no es un arma contra el adversario: es un espejo que refleja las grietas del propio insultador.

El ciudadano como víctima invisible

Mientras tanto, el ciudadano que paga impuestos, que madruga, que busca dignidad en lo cotidiano, es la víctima invisible de este teatro grotesco. Porque los insultos no solo degradan la política: degradan el clima social, degradan el aire común, degradan la convivencia.

La política debería ser arquitectura, y la palabra debería ser piedra noble. Pero hoy la palabra política es ladrillo hueco, es escombro mal apilado. Y sobre esos escombros quieren levantar gobiernos, reformas, proyectos de nación. Es imposible. De un insulto no nace una ley. De una injuria no brota un pacto. De una descalificación no florece la justicia.

El desprecio como respuesta

¿Qué nos queda a los ciudadanos? Nos queda el desprecio, la repulsión, la distancia. Nos queda apartar la vista como quien no quiere mancharse al ver a dos mendigos disputándose un mendrugo podrido. Nos queda la ironía amarga, el sarcasmo resignado. Y nos queda… ¡La maldita normalización! Que es la norma,

No hay mayor castigo para el insultador que el silencio de su audiencia. No hay mayor condena que la indiferencia. Si ellos creen que con cada insulto conquistan terreno, nosotros podemos responder con la muralla del desprecio, con la repulsa serena de quien ya no espera nada de ellos.

La palabra como ruina

Así hemos llegado al tiempo en que la palabra, antes majestuosa, yace arruinada. El insulto es su epitafio. La vergüenza ajena es nuestro legado. Los políticos, esos aprendices de bufones, creen que insultando ganan. Pero lo único que logran es recordarnos su indigencia.

Y quizá algún día —cuando la historia los devore como devora siempre a los mediocres— alguien volverá a rescatar la palabra, a limpiarla de barro, a devolverle su brillo. Quizá vuelva la política a ser diálogo, a ser nobleza, a ser construcción.

Hasta entonces, seguiremos soportando este circo de gritos, estas cloacas parlamentarias, estos insultadores profesionales. Y cada vez que escuchemos a uno de ellos llamar “pirómano” a su adversario, recordaremos, con amarga sonrisa, que no hablan del otro, sino de sí mismos.

Siempre, siempre, la injuria pública es un espejo que refleja la miseria de quien la pronuncia.

Parafraseando a D. Francisco Tadeo Calamarde:

“Manos mugrientas, zahieren”

@mundiario

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