Nunca pensé que un tupamaro sería ejemplo de ética y política
Mientras nacían los tupamaros uruguayos, en España, también en lucha contra una dictadura, andábamos construyendo Comisiones Obreras. Porque a pesar de las afirmaciones de bastantes indocumentados sobre y contra los comunistas, los partidos comunistas del mundo estaban contra la violencia y la lucha armada. Exceptuando, lógicamente, aquellos sitios donde se veían obligados a hacer frente a una guerra de invasión o de opresión extrema.
El movimiento tupamaro – aunque blandieran el famoso lema de “Tupamaros no transamos”- tenía, no obstante, un cierto regusto justiciero y solidario: hasta el punto de que The New York Times llegó a calificarlo como “el Robin Hood de la guerrilla”. Y es que actuaban con la pasión y la hartura de unos Pueblos que vivían (como definiría muy justamente el gran y lúcido Eduardo Galeano) con las venas abiertas: esa era la situación de la América Latina, golpeada por las dictaduras y la prepotencia de unos señores y unos ejércitos brutalmente asesorados por la CIA, y dirigidos por los intereses de los EE UU, gobernara quien gobernara.
Un movimiento que llevó a Pepe Mujica (quien posteriormente llegó a ser el mejor presidente de Uruguay, y tal vez de toda Latinoamérica) a pasar doce años en la cárcel (de 1973 a 1985), sufriendo las más crueles vejaciones y torturas. Un movimiento que más tarde -a partir de 1989- fue desembarcando en la acción política, y que terminó regalándonos un político filósofo, que descubrió y demostró algo tan elemental, y tan difícil de encontrar, como que la acción política ha de realizarse con la máxima naturalidad, desde la cercanía con los ciudadanos, identificándose con el corazón y la cabeza del pueblo, pero sin el menor atisbo de populismo, y con la sencillez de la ética y la honradez más distendidamente rigurosa.
Y ahora engrandecemos y admiramos la figura de un Pepe Mujica que, con cada frase, nos estuvo dando una lección insólita de vida, de comportamiento humano, cívico y político; de una moral tan al alcance de la mano, que no entendemos cómo no se pone en práctica de modo generalizado. A él mismo le extrañaba la admiración que despertaba, porque entendía que lo que hacía, lo que decía y lo que vivía era lo obvio. Y hasta le preocupaba lo insólito que nos parecía su ejemplo de vida y de pensamiento.
Políticos del mundo -podíamos proclamar a los cuatro vientos- ¿por qué no sois capaces de transformar las recurridas “razones de Estado” en razones de vida, de justicia, de comprensión, de solidaridad y de sentido común? ¿Por qué no sois capaces de separar vuestros quehaceres como gobernantes de los intereses desmedidos de los señores de la Tierra? Dejándoles, sí, lo justo por sus aportaciones, pero recortando en favor de quienes con su trabajo generan las riquezas, esos inmensos beneficios de los que presumen obscenamente año tras año.
No quisiera convertir este recuerdo, creo que objetivo, de un gran gobernante de un pequeño Estado, de un gran hombre de pequeña estatura física, en una especie de panegírico con tintes puramente moralistas. Porque el recuerdo y la lección que nos deja Pepe Mujica -que merecen perdurar y ser un ejemplo de vida y de gobierno- no se pueden resumir en un epitafio para unos días de luto, más o menos sentido, sino que constituyen todo un compendio de gobernanza, y hasta una réplica a Maquiavelo, que podría rescatar del ámbito de la astucia y la ambición de poder el tratamiento justo y respetuoso a y con los ciudadanos, que con su afán y su trabajo diario hacen prosperar la Tierra.
Jamás pensé que uno de aquellos tupamaros, que en su momento mirábamos con una mezcla de rechazo y simpatía, iba a convertirse en un ejemplo tan claro de ética y política. Tanto, que en la educación cívica de las escuelas y universidades del mundo debería estudiarse desde ahora su legado y su figura, para contribuir a humanizar la convivencia entre las personas y entre los Pueblos, y las relaciones laborales, profesionales, comerciales y políticas. @mundiario



