El mundo (el de todas y todos) está loco, loco, loco…
Mi infancia son recuerdos de calles de Barcelona. Las suelas de mis zapatos iniciaron mi adolescencia gastadas de recorrer, de aquí para allá, de allá para aquí, Travesera de Gracia, Aribau, Muntaner, la Diagonal, Las Ramblas que desembocaban ante un señor, subido a un alto pedestal, que señalaba con un dedo hacia no sabia yo donde, hasta que en las Escuelas Pías me desvelaron el misterio: se llamaba Colón y nos indicaba un punto muy lejano llamado América. Mis amigos de entonces eran bilingües, y tenían la amabilidad de dirigirse a mí, en castellano, segundos después de haber utilizado su lengua matera con sus progenitores. Todo era normal. Yo salía y entraba todos los día por un portal de un edificio en el que, en su cuarta planta, estaba mi casa, por cuyas ventanas contemplaba mi ciudad, mi pedazo de planeta situado en un país al que me fui acostumbrando a llamar España.
No me preguntéis en qué día, mes y año de mi corto período de existencia en Cataluña me revelaron que yo, en realidad, había venido al mundo en Vigo, provincia de Pontevedra, ciudad de un pedazo de territorio de un todo, en forma de piel de toro, que figuraba perfectamente delimitado en los mapas de geografía. Mi mundo, entonces, se me hizo más grande; mis otoños, inviernos y primaveras los bañaba el Mediterráneo, al que llamaban Mare Nostrum y que, en mi ingenuidad, creía de verdad que era un mar de todos, y los veranos cruzaba España de este a oeste y dejaba de ver, durante tres meses, salir el sol del mar y pasaba a contemplar sus exóticos ponientes en el horizonte Atlántico.
Con estos antecedentes biográficos, comprenderán ustedes que una senyera, una bandera gallega, una Ikurriña, me parezcan talmente dos retales de arqueología sociológica, meros indicativos de un primitivo tribalismo que no se deberían exhibir en los Palaus de Generalitats o en las sedes de Xuntas, Juntas y Ajuria Eneas, sino en museos de esos que permiten comprender tal como fuimos, tal como éramos, en el principio de los tiempos, cuando reducíamos el universo infinito a unos cuantos metros cuadrados de tierra y una cueva rodeada de desconocido enemigos íntimos.
Me sé de buena tinta que, un catalán, un vasco, un gallego, un andaluz, tienen dos piernas, dos brazos, una cabeza y una lengua, como instrumento parlante para decir las misas cosas que van germinando en sus neuronas. Miramos para arriba, donde empieza y nunca acaba el cosmos, iluminado en las noches por estrellas que relucen en diferido procedentes de un club de planetas muertos, desintegrados, pero no acabamos de comprender lo poco que seríamos ocho mil millones de terrícolas juntos, y la nada que significamos por separado, cada tribu con su bandera, con su gobierno, con su himno, con su idioma, con sus constituciones, cono sus estatutos, con sus fronteras, con sus banderas, con sus cupos, con sus financiaciones singulares, con los diversos complejos de Balcanización, con la estupidez humanoide que le hace a uno inclinarse por la inverosímil teoría de que no haya vida, montones de vidas en el inabarcable universo, más que nada por mantener la esperanza de que no se estén escarallando de risa con nosotros, ¡oh, esos aliens terrícolas con permanente síndrome de abstinencia de problemas.
¿Quiénes somos, en realidad, de dónde venimos, a dónde vamos…? @mundiario


