El mundo está tan desconcertado que ni siquiera hay un consenso sobre lo que quiere Trump

China anuncia aranceles del 34% a productos estadounidenses a partir del 10 de abril. La decisión de Pekín responde como represalia a los gravámenes impuestos previamente por la Administración Trump.
Ilustración sobre la guerra de los aranceles protagonizada por Donald Trump. / Mundiario
Ilustración sobre la guerra de los aranceles protagonizada por Donald Trump. / Mundiario

Hay días que marcan un antes y un después. El 2 de abril de 2025 será recordado como el día en que los Estados Unidos de Donald Trump declararon, sin ambages, la guerra comercial del siglo XXI. Una guerra sin reglas claras, sin objetivos confesos y sin un plan que no sea el instinto de un hombre convencido de que el mundo se le debe someter a golpe de arancel, a veces como arma de negociación. La pregunta que se repite en los despachos europeos y en los mercados financieros de medio mundo no es si habrá una escalada: es ¿a qué está jugando exactamente Trump?. Y la respuesta más inquietante es esta: nadie lo sabe con seguridad. Pero hay algo que está a la vista: la guerra comercial iniciada por este presidente republicano en su segundo mandato amenaza con desmantelar el legado multilateral construido tras la Segunda Guerra Mundial. Casi nada.

Washington ha emprendido una deriva aislacionista que castiga más a sus aliados que a sus rivales. Mientras los tratados internacionales tiemblan y las Bolsas se tambalean, Trump impone un arancel universal del 10% a todos los productos que entren en EE UU a partir del sábado, con la excepción de Canadá y México. Pero no se detiene ahí: a los países con los que mantiene déficit comercial —China y la UE, principalmente— les añade recargos adicionales del 34% y 20%, respectivamente. Es un torpedo en la línea de flotación del orden económico global construido desde Bretton Woods. Con reacciones, claro: China anuncia aranceles del 34% a productos estadounidenses a partir del 10 de abril. La decisión de Pekín responde como represalia a los gravámenes impuestos previamente por la Administración Trump.

Hay algo casi teatral en la manera en la que Trump justifica esta ruptura radical: está dispuesto a rebajar los aranceles, sí, pero solo si recibe a cambio algo “fenomenal”. Como si se tratara de una subasta de oportunidades, no de relaciones multilaterales. Como si el comercio internacional fuera un episodio de The Apprentice, y los países tuvieran que ganarse su favor. Ni siquiera sus propios asesores parecen tener claro el guion: Elon Musk, a quien el presidente ha colocado en un extraño rol gubernamental informal, “lo dejará en unos meses”, según sus propias palabras. Caos y desconcierto como método.

Pero esto no es solo teatro. Es una jugada de consecuencias muy reales. Los mercados lo entendieron enseguida: caídas abruptas en las Bolsas europeas, con el Ibex cediendo un 4% este viernes, arrastrado por un sector bancario ya frágil. Los gestores de fondos españoles no lo dudan: “Trump es un chanchullero, pero no es tonto”. Y eso lo hace aún más peligroso. Porque bajo su fachada de improvisación puede esconderse una agenda tan agresiva como deliberada: desmantelar la globalización desde su núcleo.

Un problema estructural y geopolítico

El problema no es solo económico: es estructural y geopolítico. Trump ha decidido que el sistema que EE UU ayudó a construir ya no le sirve. Ha dejado atrás la lógica de interdependencia para abrazar una suerte de autarquía posmoderna: penaliza productos extranjeros, fuerza a las multinacionales a relocalizar fábricas y sueña con reindustrializar su país. Pero lo hace rompiendo sin miramientos con la Organización Mundial del Comercio, torpedeando acuerdos que han garantizado estabilidad y prosperidad durante décadas. El daño no se limita a su economía: es una autolesión con onda expansiva global.

La OMC ya ha puesto cifras a este terremoto: la medida provocará un retroceso del 1% en el comercio mundial de mercancías solo este año. Es un desplome de cuatro puntos respecto a las previsiones de hace tres meses. Y no es un accidente. Es el resultado directo de una política que combina populismo económico, nacionalismo comercial y desprecio por las reglas.

En este contexto, Europa se enfrenta a un dilema existencial. Porque la Unión no solo tiene que responder al golpe arancelario (que impactará de lleno en sectores clave como la maquinaria, la industria farmacéutica, el aluminio o el agroalimentario), sino también mantener la cohesión interna. Si cada país opta por una respuesta nacional, Trump no solo habrá fracturado el sistema multilateral: habrá sembrado la discordia en el corazón de Europa. Y lo habrá hecho sin disparar un solo misil.

La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, lo dejó claro: Europa no se quedará quieta. Pero su margen de maniobra es complejo. La UE parte de un superávit comercial con EE UU que complica las represalias simétricas. Su baza más fuerte puede estar en el sector servicios —donde los estadounidenses dominan con sus tecnológicas y financieras—, y ahí entra en juego el instrumento anticoerción. No es una carta fácil de jugar, pero podría ser la única forma de hacer que Trump escuche.

España, por su parte, ha querido marcar perfil propio: el Gobierno de Pedro Sánchez ha anunciado un plan de ayudas de 14.100 millones para proteger a los sectores más expuestos. Es una respuesta rápida, aunque todavía sin concreción. Pero también es una señal política: Madrid se alinea con Bruselas y deja claro que esta no es una pelea que se pueda ganar en solitario.

Mientras tanto, el riesgo de una avalancha de productos asiáticos —los que no puedan venderse en EE UU— amenaza con saturar el mercado europeo. China, Vietnam y otros países duramente golpeados por los aranceles ya buscan salidas alternativas para sus exportaciones. Es la ley de los vasos comunicantes: lo que Trump cierra, alguien lo tiene que absorber. Y Europa, como bloque comercial más abierto del mundo, es el destino natural. Pero, ¿está preparada?

El objetivo a largo plazo es rebajar su déficit comercial

La sensación generalizada es que no hay ganadores a la vista en esta guerra comercial. Solo perdedores. Pero algunos perderán más que otros. EE UU se arriesga a una crisis de crecimiento, a una subida inflacionaria y a una devaluación del dólar que ya empieza a tomar forma. El objetivo a largo plazo es rebajar su déficit comercial y ganar músculo industrial, pero el precio a corto plazo puede ser brutal. Y nadie garantiza que ese músculo se llegue a desarrollar.

Europa, en cambio, podría convertir este desafío en una oportunidad. Si responde con unidad, si explota su poder de compra, si refuerza sus lazos con Asia y América Latina, si aprovecha para reequilibrar su dependencia tecnológica y energética. Pero para eso necesita liderazgo, agilidad institucional y algo que, por momentos, escasea: visión estratégica.

Porque lo que está en juego no es solo el comercio. Es el modelo de convivencia internacional, basado en reglas compartidas, que ha evitado conflictos mayores durante 80 años. Y lo que propone Trump, en última instancia, es dinamitar ese modelo. Con un estilo caótico, con retórica incendiaria y con medidas que parecen diseñadas para castigar más que para construir.

No sabemos a qué está jugando. Pero sí sabemos que no es un juego. Y que el mundo, si no reacciona a tiempo, puede perder mucho más que unas cuantas partidas. Puede perder el tablero entero. @mundiario

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