Milei consolida su poder, pero necesita política para sostener la economía

El presidente argentino emerge fortalecido de las legislativas y se aproxima a su objetivo de blindar su programa económico. Pero la falta de mayorías propias lo obliga a pactar y moderar el tono para gobernar.
Caricatura de Javier Milei. / Mundiario
Caricatura de Javier Milei. / Mundiario

Javier Milei salió de las urnas triunfal y sonriente, y eso ya es muchísimo en un país acostumbrado a devorar a sus presidentes antes de tiempo. Orilló el 41% de los votos a nivel nacional, aventajó ampliamente al peronismo y consolidó un tercio de bloqueo en el Congreso, suficiente para garantizar su gobernabilidad y blindar buena parte de su programa económico. Las legislativas de medio término, celebradas el 26 de octubre, fueron más que una prueba de respaldo: un plebiscito sobre su primer año de gestión. Y lo aprobó con nota.

Pero, cuando las aguas se aquieten, Milei deberá encarar una tarea más compleja que ganar elecciones: gobernar. Tendrá que renovar su gabinete, recomponer lazos con aliados a los que despreció desde que asumió en diciembre de 2023, y, sobre todo, tejer acuerdos con los gobernadores y los bloques parlamentarios que determinarán el destino de sus reformas. Si quiere consolidar su poder, tendrá que recalibrarse él mismo: alejarse de los gritos, de la motosierra y del dogma.

El nuevo Congreso que asumirá el 10 de diciembre marcará el tono de la segunda mitad del mandato. Con alrededor de 110 diputados y 20 senadores entre propios y afines, el oficialismo se garantiza una minoría robusta, pero no autosuficiente. Milei aspira a construir, con esos números, “el Congreso más reformista de la historia argentina”. Para ello necesita alianzas estables con sectores del PRO, con algunos gobernadores del interior y con parte del radicalismo. Su desafío es político antes que económico: lograr que la libertad avance, pero sin quedar aislado.

La política, sin embargo, no es su terreno natural. Durante meses, Milei gobernó como si el Congreso no existiera, mediante decretos y vetos, mientras acumulaba fricciones con sus propios ministros. En los últimos días, cinco figuras clave anunciaron su salida o su traslado al Parlamento: los titulares de Seguridad, Defensa, Justicia y Cancillería, además del portavoz presidencial. A ello se suma la tensión en el entorno íntimo del presidente, donde su hermana Karina Milei y el asesor Santiago Caputo compiten por su influencia. Se trata de un gobierno en movimiento, con más incertidumbre que cohesión.

Un salvavidas inédito

El otro frente, más estructural, es el económico. El presidente logró reducir la inflación mensual a un dígito, estabilizar el tipo de cambio y recomponer parcialmente las reservas gracias a un paquete financiero extraordinario de Estados Unidos: 40.000 millones de dólares en líneas combinadas entre el Tesoro, el FMI y la banca privada. Ese salvavidas, inédito para Argentina, puede evitar una nueva devaluación y mantener a raya el dólar, pero al precio de un fuerte endeudamiento y una dependencia política delicada.

Milei interpreta ese respaldo externo como un aval a su plan. Su discurso de victoria fue inequívoco: prometió profundizar el ajuste, mantener el equilibrio fiscal y acelerar las reformas de “segunda generación” —laborales, tributarias y previsionales— que considera esenciales para liberar las fuerzas del mercado. Pero en los pasillos del Ministerio de Economía crece la inquietud. Algunos de sus propios asesores y aliados le advierten de que sin consenso político y sin alivio social, el programa corre riesgo de fatiga. “No alcanza con el Nobel de Economía: hace falta gobernar”, deslizó un funcionario con ironía.

El mercado, mientras tanto, celebra con prudencia. Subió la Bolsa como la espuma y el riesgo país bajó tras las elecciones, pero no lo suficiente como para reabrir el crédito. La inversión privada sigue contenida y el consumo interno, golpeado por la recesión, se mantiene en mínimos. El FMI pide acumular reservas y moderar la ortodoxia; Milei responde con convicción libertaria. Pero la economía argentina no es solo una ecuación: es un campo de fuerzas. Sin estabilidad política, ninguna fórmula aguanta.

El peronismo, pese a la derrota, tampoco ha sido enterrado. Axel Kicillof, gobernador de Buenos Aires, perdió su pulseada local por apenas medio punto y mantiene el control de la provincia más poblada del país. Desde allí aspira a reconstruir el espacio progresista de cara a 2027. La oposición, fragmentada, buscará en el Congreso lo que no consiguió en las urnas: limitar el poder presidencial y reintroducir proyectos sociales en la agenda pública.

La elección legislativa de 2025 fue, en suma, un reequilibrio de poder. Milei tiene ahora la oportunidad de convertir su legitimidad electoral en gobernabilidad real. Su victoria le otorga margen, pero no un cheque en blanco. El riesgo sería confundir la aritmética parlamentaria con un mandato ilimitado para desmantelar el Estado o para prescindir del diálogo. La historia argentina es pródiga en presidentes que confundieron apoyo con impunidad, y triunfo con omnipotencia.

El país, exhausto tras décadas de crisis, corrupción y promesas incumplidas, busca una normalidad que no sea anestesia. Milei fue elegido para clausurar un ciclo, no para clausurar la democracia. El éxito o fracaso de su proyecto no se jugará en la abolición retórica del Estado, sino en su capacidad de hacerlo funcionar con reglas simples, estables y previsibles. La paradoja es que un presidente que llegó con el discurso de eliminar la política necesita, más que nunca, aprender a hacer política. Porque el viento de las urnas sopla a su favor. Pero incluso el mejor viento no sirve si el capitán confunde la brújula con el espejismo. @mundiario

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