León XIV: tras Juan XXIII vino Pablo VI…
Casi siempre funciona la ley del péndulo. Y esta vez puede hacerlo, tal vez de un modo mitigado. Es casi obligado hacer el paralelismo que sugiere el titular del artículo. Juan XXIII jugó muy fuerte las bazas de una adaptación de la Iglesia Católica a los nuevos tiempos, donde el propio capitalismo había aceptados algunas alternativas de la Socialdemocracia (algo que permitió el establecimiento del Estado del Bienestar en Europa), la contraposición de los derechos sociales a las dictaduras mismas, una extendida conciencia social contra las guerras, la descolonización en cadena en la India y en África, y los primeros inicios de los diálogos entre cristianos y marxistas…
Para muchos, el atrevimiento de Giuseppe Roncalli había ido muy lejos, de forma que la segunda parte del Concilio Vaticano II, tras la muerte del Papa transcurrió de forma más “atemperada”, que logró que se recuperara un tono más conservador. Montini (Pablo VI) fue un cardenal que podría considerarse progresista: en Milán fue el Cardenal de los pobres y el amigo de los trabajadores. Amigo de Juan XXIII, tenía menos audacia, era más dubitativo. Cuando Roncalli convocó el Concilio Vaticano II, se le atribuye a Montini una frase que “si non é vera é bene trovata”: “Este muchacho (dicen que dijo) no sabe el avispero que se le viene encima”. Y en buena parte tenía razón. Aunque Juan XXIII posiblemente sí conocía el avispero, y por eso se lanzó al Concilio. Y por eso mismo, tras su muerte, el Concilio atemperó su afán renovador, para lograr que las avispas se calmaran.
Se está señalando la cercanía de Prevost con las posiciones de Bergoglio. Motivos tiene, no sólo porque Francisco “le ha dado cancha” durante su papado, sino porque conoce la dura realidad de Latinoamérica y, dadas las tareas que ha desempeñado, debe de conocer la realidad del mundo entero. Y sería deseable que continuara su camino de poner en valor a los desfavorecidos, de profundizar en la ruptura de una Iglesia de género, como aún es la católica, en continuar por el camino de eliminar los fastos vaticanos y de dar más importancia a la autenticidad y rotundidad de determinados mensajes de igualdad y de justicia, y de primar la práctica directa del mensaje cristiano sobre los equilibrios diplomáticos.
No conozco mucho de Prevost, y quisiera concederle el beneficio de la duda. Pero hay tres gestos de hoy en el propio balcón del Vaticano, que me ponen en guardia sobre lo que puede significar su papado, que por su edad puede ser duradero:
Rompe la línea iniciada por Francisco, al recuperar el boato vaticano al presentarse como Papa electo ante sus fieles. Es muy importante tratar de interpretar la “finezza” de la simbología vaticana. Y eso supone una cierta, si no ruptura, variación sobre la línea de Francisco. Al menos podría haber buscado un camino intermedio, en lugar de un desmarque tan claro.
Lanza el mensaje de “ayudadme a tender puentes”. Un lema muy loable, porque el diálogo es importante y necesario para la convivencia. Pero tal y como está el mundo, puede ser un mensaje ambiguo (sigamos tratando de interpretar los matices vaticanos de “decir sin decir”…), cuyo significado tendremos que ir descifrando por el camino de su pontificado: primero, estar muy atentos al tipo de personas de las que se rodee, y después seguir con mucha atención y con un muy elaborado diccionario de interpretación de signos, los pasos que vaya dando. Que sospecho que no serán tan directos y tan evidentes como los de Bergoglio. Si esos puentes se tienden hacia los sectores de los desheredados o rechazados de la Tierra; si se tienden de manera ecuménica hacia la gente de otras creencias y otras civilizaciones; o si se tienden a los sectores descontentos con los derroteros claros y rotundos, pero medidamente recorridos por el Papa Francisco. Habrá que estar atentos.
El tercer signo es muy importante: el mensaje del nombre. Bergoglio nos lo dijo todo, con su vocación franciscana de sencillez, de austeridad de vida, de cercanía con los desfavorecidos, al querer llamarse como el “Poverello de Asís”. León XIV parece querer heredar al León XIII de la Rerum Novarum. Una encíclica que afrontaba la problemática de la lucha de clases que se había ido extendiendo a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. Una encíclica que da la razón a muchas de las reivindicaciones del movimiento obrero, pero que sitúa la causa de esas luchas de clases en un punto un tanto desajustado: en la falta de fe; y no precisamente en la explotación generada por los poderosos y defendida por las instituciones públicas. Una encíclica que -no hay que desdeñarlo- supuso un cambio en la complaciente doctrina católica con los poderosos de la Tierra, pero que de alguna manera trata de “bautizar” al movimiento obrero, al intenta dar juego a los trabajadores católicos para crear unos sindicatos diferentes (en 1955 Pío XII bautizó la Fiesta Internacional del Trabajo del 1º de Mayo como la “Fiesta de San José Obrero”). Y que subraya la importancia de la propiedad privada. Hay quienes han visto en esa encíclica como una cierta invitación a lo que después fue la posición partidista de la Democracia Cristiana.
Espero que el nuevo León XIV no siga al pie de la letra lo que está escrito entre líneas en la Rerum Novarum, y que en su afrontamiento de las realidades nuevas de nuestros tiempos, sepa abordar los derechos cívicos y sociales, la solidaridad, la igualdad, el papel de la mujer, y la terrible amenaza del cambio climático; así como la paz entre los pueblos, y una posición clara y rotunda de la Iglesia Católica ante la Paz y contra la agresividad entre los Estados, y de algunos Estados contra los Pueblos: esperemos que los puentes del nuevo León XIV no pasen por encima de la masacre de Israel contra el Pueblo Palestino, ni por encima de la guerra ideológica y física de Trump contra los derechos civiles y sociales y su agresión contra los inmigrantes.
Me gustaría equivocarme en este análisis que a algunos le parecerá negativo o tendencioso. Y no: no es negativo. Nace de ese rescoldo que queda después de haber pasado desde la fe a la convicción de la justicia social, y de un deseo de que una organización tan poderosa y que entre sus adeptos más fieles tiene precisamente a los desposeídos de la Tierra, pueda ser determinante para elevar unos cuantos peldaños la dignidad colectiva de los humanos, y haga de la convivencia un factor profundo de igualdad.
Que el buen tino y la audacia de Francisco te acompañen, León XIV. @mundiario