La inteligencia artificial en la justicia: una aliada necesaria, pero nunca el juez
La inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser una promesa futurista para convertirse en una herramienta cotidiana también en el ámbito judicial. Su irrupción plantea una pregunta de fondo que ya no admite evasivas: cómo aprovechar su capacidad tecnológica sin erosionar los principios básicos del Estado de derecho. El enfoque dominante entre juristas y magistrados es claro: la IA puede ser una aliada valiosa, siempre que se mantenga dentro de límites bien definidos.
Ese es el eje del seminario que se celebrará en París, en la École Nationale de la Magistrature, y en el que participará el magistrado español Alfonso Villagómez, seleccionado por el Consejo General del Poder Judicial. El mensaje que se quiere trasladar desde este foro es tan prudente como necesario: la IA debe ocupar un papel de apoyo técnico, nunca de sustitución del criterio humano.
Las aplicaciones más útiles y menos controvertidas están bien identificadas. La transcripción automática de vistas, el análisis de grandes volúmenes documentales o la asistencia en la búsqueda de información jurídica permiten ahorrar tiempo y reducir cargas administrativas. Son tareas donde la máquina puede aportar eficiencia sin invadir el núcleo de la función jurisdiccional. El problema surge cuando se pretende ir más allá.
La IA puede agilizar la justicia, pero no sustituir la valoración jurídica ni la decisión del juez. El nuevo Reglamento europeo refuerza la supervisión humana y fija fronteras claras al uso de sistemas de alto riesgo
Ninguna herramienta algorítmica puede reemplazar la valoración jurídica, la ponderación de derechos en conflicto o la responsabilidad última del juez. La reciente investigación acordada por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña a un abogado por citar sentencias inexistentes del Supremo generadas con IA es una advertencia elocuente. Si se normaliza el uso acrítico de sistemas que pueden inventar resoluciones, se abre la puerta a que los algoritmos reescriban la realidad según sus propios sesgos o errores.
Por eso, el debate ya no es si la IA debe entrar en la justicia, sino cómo y con qué salvaguardas. Todavía queda un largo camino por recorrer. Es imprescindible desarrollar mecanismos de seguridad adicionales que impidan que estos sistemas tomen decisiones autónomas o presenten resultados sin control humano efectivo.
En esa dirección avanza el Reglamento de Inteligencia Artificial de la Unión Europea, que verá la luz en febrero. El texto refuerza un enfoque basado en evaluaciones de impacto, supervisión humana obligatoria y una clasificación estricta de los sistemas de alto riesgo. La lógica es sencilla: cuanto mayor sea el potencial impacto sobre los derechos fundamentales, mayor debe ser el control.
Pese a las cautelas, el horizonte no es pesimista. Cada paso bien regulado acerca a los ciudadanos europeos a un acceso más ágil y remoto a la justicia, con menos tiempos de espera y mayores garantías. La clave está en no confundir velocidad con justicia ni innovación con delegación irresponsable. La IA puede ayudar a los jueces; decidir seguirá siendo, y debe seguir siendo, una tarea humana. @mundiario