Para los inmigrantes "lo peor aún está por venir", pronostica Jorge Ramos

Desde el regreso de Donald Trump al poder en enero de 2025, más de 600.000 personas han sido deportadas y cerca de dos millones han optado por irse por su cuenta, sostiene este popular periodista mexicano afincado en EE UU.
Jorge Ramos. / NotiCel
Jorge Ramos. / NotiCel

Durante décadas, Estados Unidos se contó a sí mismo como la tierra de las segundas oportunidades. Esa narrativa, tan poderosa como frágil, es la que Jorge Ramos da por agotada. El periodista mexicano, durante casi cuarenta años rostro del Noticiero de Univisión y una de las voces más influyentes del periodismo latino, describe hoy un país distinto: el de los perseguidos. No es una metáfora exagerada ni un recurso retórico. Es, sostiene, la consecuencia directa de una política migratoria que ha hecho del miedo su principal herramienta. Para los inmigrantes "lo peor aún está por venir", pronostica Jorge Ramos

Las escenas que relata este popular periodista mexicano afincado en EE UU –y que circulan a diario en redes y medios– son difíciles de digerir incluso para una sociedad acostumbrada a la dureza del debate migratorio. Detenciones violentas, familias separadas en edificios oficiales, niños que no saben explicar dónde está su madre porque “se la llevó la migra”, agentes federales actuando con una impunidad que parece normalizada. No se trata de episodios aislados, sino de un patrón que se repite y que encuentra su explicación en la orientación política marcada desde la Casa Blanca.

Desde el regreso de Donald Trump al poder en enero de 2025, más de 600.000 personas han sido deportadas y cerca de dos millones han optado por irse por su cuenta. El dato es clave: por primera vez en al menos cincuenta años, salen más inmigrantes de Estados Unidos de los que entran. Instituciones como Brookings Institution y el Pew Research Center confirman esta inversión histórica del flujo migratorio. No es solo una política más dura; es un cambio de era.

Más inmigrantes salen de EE UU que los que entran, algo inédito en medio siglo. El miedo cotidiano se ha convertido en una política de Estado

Jorge Ramos no oculta su alarma ante lo que viene. El presidente Donald Trump, afirma, actúa sin contrapesos efectivos. Ni el Congreso ni la Corte Suprema parecen dispuestos –o capaces– de marcar límites claros.

El mandatario estadounidense ha asumido sin complejos el papel de “deportador en jefe”, un título que durante años se asoció a Barack Obama, pero que ahora adquiere un sentido más áspero, acompañado de un discurso abiertamente deshumanizador hacia los inmigrantes de origen latino y africano.

Historias concretas

El impacto humano de esta estrategia se mide en historias concretas. Dylan López Contreras, estudiante venezolano detenido tras una cita migratoria rutinaria, sigue encarcelado meses después sin explicaciones claras. Jóvenes como Yocari Villagómez, criada desde niña en California, optan por la autodeportación tras pasar por centros de detención y comprobar que no hay un camino legal viable para quedarse. Regresar a un país que ya no sienten como propio, advierten, es otra forma de exilio.

Desde organizaciones defensoras de derechos civiles, como las que representa Adelys Ferro, el diagnóstico es claro: los venezolanos son solo la punta del iceberg de una campaña más amplia que busca reducir drásticamente la presencia latina en Estados Unidos. El mensaje cala. Según UnidosUS, una parte significativa de los latinos que votaron a Trump en 2024 ya no lo harían hoy. Pero el arrepentimiento llega tarde para quienes viven con la amenaza diaria de una detención arbitraria.

Las deportaciones masivas y la autodeportación marcan un giro histórico en la política migratoria estadounidense, con consecuencias humanas y democráticas difíciles de ignorar

Un enfoque equilibrado obliga a reconocer que la inmigración es un asunto complejo y que los Estados tienen derecho a regular sus fronteras. También que existe una demanda social de orden y de cumplimiento de la ley. Lo que Ramos cuestiona –y con razón– es el precio que se está pagando por convertir ese debate en una cruzada identitaria. Cuando el color de la piel, el acento o el simple hecho de acudir a una cita oficial pueden desencadenar una expulsión, el problema deja de ser solo migratorio y pasa a ser democrático.

Estados Unidos no ha dejado de ser una potencia económica ni un actor central en el mundo. Pero, como sugiere Jorge Ramos en las páginas de El País, sí corre el riesgo de dejar de ser un referente moral. El país de las segundas oportunidades se parece cada vez más a un territorio donde millones viven escondiéndose. Y esa transformación, más allá de cifras y estadísticas, es la que explica por qué 2026 “viene mal” y por qué lo peor, quizá, aún esté por venir. @mundiario

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